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Natalia Zuazo: “Facebook nos organiza la información pero nosotros no sabemos con qué criterio lo hace, entonces es difícil confiar”

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Así lo aseguró la autora de “Los dueños de internet”, un libro donde analiza el rol de los gigantes tecnológicos en la educación, la comunicación y la economía. En diálogo con Infobae habló sobre “el club de los cinco” y cómo construyeron poder a lo largo de los años
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“En este preciso instante, la mitad de las personas del mundo están conectadas a Google, Microsoft, Facebook, Apple y Amazon. En los últimos años, las plataformas tecnológicas se convirtieron en las empresas más ricas del planeta sin usar la violencia. Su poder se consolidó gracias a los millones de usuario como nosotros que les confían su atención y datos a través de teléfonos móviles y algoritmos”.

El texto pertenece a Los dueños de internet, un libro escrito por Natalia Zuazo, que es licenciada en Ciencias Políticas y magíster en Periodismo. Allí, la autora analiza en detalle cómo fueron construyendo poder los gigantes tecnológicos a lo largo de los años. Pone la lupa sobre algunos conceptos que se suelen usar para legitimar el avance de estas compañías e invita a reflexionar sobre la necesidad de politizar la tecnología para lograr una distribución más equitativa de los beneficios que vienen de la mano de la economía digital.

-¿Por quién está formado “el club de los cinco”?

-Yo los llamo “el club de los cinco”, algunos los llaman GAFAM, o de distintas maneras. Yo parto de una idea, que es que cada una de estas compañías, las plataformas tecnológicas, son a la vez productoras de sus propios mercados. Google domina el mercado de la big data pero a la vez es quien más capacidad predictiva tiene de nuestros consumos a futuro. Lo que hoy Google tiene de datos y la eficiencia de su tecnología ha hecho que se apropie de ese mercado porque tiene un producto muy bueno y a la vez un gran poder. Facebook se adueñó del mercado de las noticias y también genera roces con otros actores anteriores como es el periodismo, las compañías de comunicaciones y con la política, porque tiene un rol muy importante en cómo la gente se informa hoy en día. Microsoft tiene un rol muy importante en educación. Se ha posicionado como el gran líder de tecnología educativa, lo cual a veces hace que tome decisiones sobre política educativa y esas decisiones dejen de tomarlas quienes deben tomarlas, que son los funcionarios encargados de hacer la política. Empieza a pasar eso, que al ser tan importantes, la política terceriza en las empresas de tecnología las decisiones y los países dejan de ser dueños de esas decisiones. En el caso de Uber pasa lo mismo, lo tomo como un caso de una empresa que va a todos los países a ofrecer lo mismo, es una empresa de tecnología que se queda con los recursos, que se queda con el 25%, 30% de todos los viajes y sin embargo se vende para afuera como una economía colaborativa, sin embargo lo que yo cuento en ese capítulo es que utilizan recursos de bienes públicos en una ciudad, no pagan impuestos, cómo vamos a trabajar con esas contradicciones y cómo así se apropian de un mercado que quizás debería estar más distribuido.

-La idea de que con internet o estos negocios crece la democracia y las posibilidades de generar emprendimientos y de que haya una distribución de riqueza, ¿para usted no es cierto?

-Recurro a mi rol de politóloga, es decir, la democracia en realidad es un sistema de consenso que lleva mucho tiempo y lleva trabajo, lo acabamos de ver con la media sanción de la ley de legalización del aborto: fue un proceso que llevó muchas negociaciones, y que genera conflicto y que hay que negociar. La tecnología no es diferente. Y la democracia no necesariamente progresa porque haya tecnología en el medio. De hecho en la votación por el aborto, un diputado usó una plataforma tecnológica pero finalmente votó en contra de lo que decía esa plataforma. O sea que la tecnología no tiene nada que ver con la democracia per se. Y lo que yo digo, hacia el final del libro, es que lo que está pasando ahora en las iniciativas más innovadoras respecto de la tecnología en Barcelona o en Rosario son procesos que llevan mucho tiempo. Digo que la tecnología esté involucrada en la toma de decisiones, que pueda ayudar y que se pueda hacer política con la tecnología, pero que eso no nos evita un proceso de toma de decisiones que es largo, porque si hay intereses en conflicto va a haber que negociarlos. Y muchas veces, la tecnología parece que hace magia y resuelve esos conflictos y en realidad siguen estando y lo que hay que hacer es negociar.

-¿Entonces hay un costado político o nosotros debemos añadirle ese costado y permitir que los estados controlen para que se mejoren las condiciones?

-Digo que hay que politizar la tecnología y ¿qué es politizar la tecnología? Es preguntarnos para qué la queremos. En el capítulo de big data yo hablo mucho de los algoritmos y cómo las fórmulas algorítmicas, matemáticas, los códigos de la computación están tomando decisiones para darle un crédito a una persona en un banco, para darle una vacante en la escuela, para un sistema de salud, etc y por ahora esas decisiones son, en general, decisiones llevadas adelante por la eficiencia económica y en realidad tenemos que poder utilizar esa misma tecnología para tomar decisiones con un criterio que sea de beneficio social para los ciudadanos. Hay que lograr un equilibrio entre ese beneficio económico que obviamente va estar, y también decisiones que equilibren el poder entre los ciudadanos. Pongo un ejemplo de la ciudad de Barcelona, que fui allá, hice una investigación, y es que internet además de proveerse por grandes compañías, ellos también están promoviendo compañias de telefonía, de comunicaciones que tienen un criterio más cooperativo, que van más allá del gran mercado y que ofrecen, en ciertos barrios, sistemas más pequeños pero más justos en términos de precio, calidad, de no cortarle el servicio de una a una persona que no puede pagarlo. Esas son negociaciones. Parecen ejemplos pequeños pero hacen la diferencia. No es lo mismo un algoritmo que evita darle un crédito a personas que no lo puede pagar. La pregunta es qué pasa con esa persona que quiere pedir un crédito, no lo puede pagar y también necesitan un crédito y cuyas decisiones de vida van a involucrar cada vez más algoritmos. Lo que yo digo es ojo que estas fórmulas toman decisiones sobre nuestras vidas y muchas veces no lo sabemos.

-¿Habría que entrenar a los algoritmos de forma diferente?

-Sí, digo que hay que entrenar a los algoritmos de forma diferente, que no siempre necesariamente tienen que ser las empresas o los programadores los que tienen que estar en la construcción de esos algoritmos, sino que tienen que estar involucradas otras personas. O que esos mismos programadores tienen que tener más consciencia de que esos algoritmos van a tomar decisiones sobre las vidas de las personas, entonces tienen que llevarlos a tomar decisiones que involucren un interés social o que las personas que contratan a esas fórmulas, algoritmos, empresas para tomar decisiones políticas se tienen que asegurar de que las decisiones sean justas. La tecnología no tiene que llevarnos a más desigualdad digo yo, sino que tienen que servirnos para volver a un sistema que genere más igualdad porque lo que vemos hoy es que hay mucha desigualdad. Y si la gran mayoría de los millonarios del mundo tienen que ver con empresas de tecnología algo tendrán que ver con la desigualdad.

-Y usted piensa que no son inocentes…

-Por su puesto que no son inocentes. Uno de los casos donde comprobamos la no inocencia de uno de ellos es en el caso de Mark Zuckerberg y Cambridge Analytica.Es interesante que hayamos titulado “fue un escándalo y fue una filtración” cuando en realidad sabíamos que las empresa, que es Facebook, venía compartiendo datos con terceros, con otras empresas, ahora no lo hace más, pero sabíamos que lo venía haciendo hace un tiempo y que las consecuencias podían llegar, por ejemplo, a la manipulación de una campaña política. Tal vez no lo queríamos ver o estábamos un poco fascinados con el poder de Facebook en otras cuestiones, por ser un modelo donde se podía generar un contenido distinto, nuevo y de repente dijimos: “Ahí está pasando algo, estos poderosos o Mark Zuckerberg ya tiene demasiado poder”. Porque en realidad es una regla de la política. El poder no es un absoluto, es una relación y en este momento de la relación la tecnología tiene mucho poder y la política perdió el poder entonces, yo creo que ahí lo que está pasando es que tenemos que recuperar un poco el equilibrio en esa relación entre la tecnología y la política.

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-Usted describe a Facebook como “el guardián oscuro de la información”. Hoy leí un informe que decía que la red social está perdiendo credibilidad como un espacio para informarse con noticias y que los usuarios están volcándose cada vez más a los medios que consideran más confiables. ¿Qué piensa de esta tendencia?

-Me parece interesante que esté pasando esto por lo que veníamos hablando. Tienen tanto poder y nos acostumbramos tanto a informarnos por ese medio que si de repente nos dicen ese medio no es tan transparente como pensamos, sobre todo cuando no podemos…Yo digo que el punto principal con Facebook es que nos organiza la información pero nosotros no sabemos con qué criterio organiza esa información porque la empresa no lo dice, entonces es difícil confiar. Nosotros, en los medios tradicionales sabíamos cómo estaba organizada una portada, o en los medios digitales sabemos que hay un editor pero ¿cuál es el editor de Facebook? Y Facebook que, al mismo tiempo, dice “soy un intermediario”. El gran problema, y me parece que por eso puede estar sucediendo esta retracción de los usuarios e informarse por otros lados, es que si no nos dicen cómo eligen la información por nosotros, nosotros vamos a querer retomar la elección y elegir un poco más, ¿no?. Y con la tecnología, cuando yo estudio estas historias, porque en realidad son historias de empresas y nuestra relación con las empresas, siempre hay un momento en que les damos mucho, en un momento de estar maravillados con lo nuevo y después decimos: “Bueno, ya le di mucho puedo volver a hacer otra cosa o ¿qué más puedo hacer para protegerme?”. Hay un ida y vuelta entre la libertad y el miedo, que son otros dos sentimientos que yo creo que siempre están en juego con la tecnología, que son contradictorios, pero que están todo el tiempo, chocando.

-¿Cómo es ese juego entre la libertad y el miedo a las nuevas tecnologías?

-Todas las tecnologías siempre, al principio, generan un miedo, el miedo inicial a lo nuevo: ¿qué va a pasar con esto?, ¿cómo nos va a afectar como sociedad?, ¿nos va a quitar el trabajo?, entonces la rechazamos. Después la aceptamos porque si se masifican es porque efectivamente esas tecnologías nos resuelven problemas, nos hacen más fáciles las cosas, etc. Después, lo que está pasando en este momento es que las aceptamos. Tienen tanta buena llegada, son eficiente y le damos demasiado y entonces ahí nos damos cuenta de que quizás les dimos demasiado y que cuando las usamos también tenemos que comenzar a pensar, ser más conscientes de cómo las usamos. Y ese ida y vuelta está presente en todas las tecnológicas. Y pasa mucho con la automatización y el futuro del trabajo que es un tema del que se escriben pilas de cosas y en realidad es un poco más relativo y gris de los dos extremos entre “la tecnología va a hacer que trabajemos muy poco y tengamos una vida más libre” o “la tecnología nos va a quitar el trabajo”. En el medio pasan cosas.

Más del 50% de la población del mundo está conectada a internet (Getty Images)

Más del 50% de la población del mundo está conectada a internet (Getty Images)

-¿Hay que darle un aspecto moral al algoritmo?

-Sí, hay que agregarle ética a los algoritmos. Es una frase que debe estar en el libro y que yo lo digo todo el tiempo y que lo charlo con la gente que está metida en esto. Si las futuras generaciones que programan no se preguntan por la ética de los algoritmos, en el futuro va a ser un problema.

-¿Estamos más libres o más controlados?

-Las dos cosas al mismo tiempo. Es difícil dar esa respuesta porque es una respuesta que dice que vivimos en contradicción y yo creo una de las cosas que nos muestra la tecnología es que vivimos en contradicción, como en muchos aspectos de nuestra vida, no se escapa de eso. La tecnología, por un lado, nos da más libertad para trabajar en un lugar lejos de nuestra casa si queremos, o no tenemos que acercarnos a un lugar para hablar por teléfono, hay cosas que hoy son distintas Y al mismo tiempo nos controla más de una manera que no percibimos pero que está ocurriendo, por eso yo digo que hablar de esto, contar estas historias, escribir “Los dueños de internet” o el anterior, “La guerra de internet” lo que ayuda es a crear consciencia y la consciencia siempre es algo valioso per se; después cada uno individualmente o socialmente tomaremos decisiones distintas, pero yo siempre digo que la conciencia en estos temas es importante.

Infobae

Foto La Nacion

 

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Tecnologia

Por qué tu móvil se vuelve cada vez más lento

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Independientemente de que uses la lentitud para convencerte de que necesitas un nuevo móvil, es innegable que los teléfonos se ralentizan con el uso. ¿Por qué sucede esto? ¿Forma parte de una conspiración internacional para que renueves tu teléfono con frecuencia?

El móvil se ha llenado de “cosas”

Storage

Cualquier móvil nuevo funciona más rápido por el mero hecho de ser nuevo y, por ende, venir casi vacío de fábrica. Hay pocas aplicaciones instaladas, mucho espacio libre y apenas archivos en su interior. Es normal que recuerdes que tu teléfono era rapidísimo recién salido de la caja: lo raro habría sido lo contrario.

Por ejemplo, para la aplicación de Galería no es lo mismo leer las vistas previas de cuatro fotos que has hecho de prueba que de miles de fotos, y no es lo mismo para el móvil moverse con unos pocos procesos de fondo que tras haber instalado e iniciado sesión en un montón de redes sociales y aplicaciones de chat.

La propia memoria interna del teléfono necesita de suficiente espacio libre para funcionar a pleno rendimiento. Un teléfono sin apenas espacio libre es un teléfono lento, donde el sistema emplea valiosos recursos en pelearse para encontrar bloques disponibles.

Es por esto que un modo clásico de “rejuvenecer” a un móvil pasa por restaurarlo de fábrica. Borrón y cuenta nueva, y una técnica que es eficaz hasta cierto punto, porque si reinstalas todo tal cual estaba, irá más o menos igual.

Las aplicaciones son más pesadas que antaño

Las aplicaciones para el móvil se encuentran en una eterna batalla consigo mismas y su competencia por captar la atención de los usuarios. Es una tarea nada fácil cuando hay 3,3 millones de aplicaciones a un toque de distancia. En consecuencia, deben actualizarse constantemente bajo la premisa de más y mejor.

Si hace unos años era suficiente para la aplicación de Facebook que mostrara la cronología de publicaciones, fotos, perfiles y poco más, hoy necesita vídeo en directo, efectos en tiempo real en la cámara, stickers, fotos en 360 y un millón de cosas más. De aquí a unos años la lista sin duda seguirá aumentando, lo cual sumado a la conocida inhabilidad (o falta de interés) en optimizar la aplicación, resultará en un monstruito de 200 o 300 MB.

Esta cantidad no será demasiado para los móviles de entonces, que probablemente hayan doblado o cuadriplicado la capacidad de memoria, pero sí para los que vienen de atrás. El APK de Facebook ocupaba 35 MB en 2015, 60 MB en 2016 y ahora anda por los 66 MB. No hay motivo para pensar que se vaya a invertir la tendencia.

Estamos ya en 2018 y el APK de Facebook sigue pesando lo mismo, 66,97 MB para ser exactos.

Para combatir esto siempre podrías instalar versiones más antiguas de las aplicaciones, aunque no todos los desarrolladores te lo ponen fácil. Aplicaciones como WhatsApp dejan de funcionar si tienes una versión demasiado antigua.

No hace falta irse tampoco al extremo de Facebook. Algunos desarrolladores optarán por diseñar sus aplicaciones pensando en los móviles presentes en el mercado y no en los que tienen ya unos años de recorrido. Igual que Pokémon GO iba un poco a rastras en móviles de gama media, los juegos del futuro irán a duras penas en los flagships de hoy en día.

Ya no recibe actualizaciones o soporte

Update

Si eres de los que abogan por la obsolescencia programada como una de las causas por las cuales nuestros móviles se vuelven cada vez más lentos, esto es probablemente lo que más cuadra con la descripción. Los fabricantes de móviles nos tienen acostumbrados a un año o dos como mucho de soporte. Desde ahí, el móvil es viejo y más o menos estás por tu cuenta.

Eso supone que no recibes más actualizaciones de seguridad, correcciones o de rendimiento que, siendo sinceros, tampoco es que recibas todos los días durante el periodo de soporte. Aquí la verdad es que Google y los fabricantes no paran de pasarse la bola y quien sale perjudicado es el usuario. Salvo contadas excepciones, el móvil está preparado y optimizado para su salida a la venta. Después predomina la ley del mínimo esfuerzo, con correcciones y mejoras, las mínimas.

Por ejemplo, es normal que las nuevas versiones de Android incluyan mejoras de rendimiento como Doze o avances como el Proyecto Treble, pero tardarán mucho en llegar a tu smartphone, y eso si tienes suerte.

Eso sí, las actualizaciones de Android son también un arma de doble filo, pues a veces una nueva versión puede ir más lenta que la versión anterior. Es algo que ha pasado con anterioridad y que sin lugar a dudas volverá a pasar.

Una solución para mejorar el rendimiento de un móvil maduro es instalar una ROM. Con frecuencia, las mejores ROM suponen un brote de aire fresco para el terminal al tener bastante menos bloatware que la versión oficial, aunque a veces llegan con compromisos.

Los componentes han envejecido

Magic

El tiempo no pasa en balde para nadie: personas o smartphones. Aunque es cierto que probablemente cambies tu móvil antes de que la degradación de los componentes de tu móvil sean evidentes: el desgaste, haberlo, haylo.

La constante operación de lectura y escritura en la memoria del teléfono acarrea cierto desgaste, aunque lo cierto es que es mínimo. El único componente cuyo desgaste se hace evidente es la batería, cuya capacidad va decreciendo poco a poco desde su primer uso. Así, esas 24 horas de autonomía que tenía tu móvil recién comprado han pasado a ser 15 y más tarde te acabarás conformando con 10.

Por supuesto, puedes cambiar la batería, por ti mismo si es extraíble -que es raro- o mediante un servicio técnico profesional. En caso contrario, tendrás que cargar el móvil con más frecuencia, lo cual lo sobrecalentará más de la cuenta, que afectará a su rendimiento.

www.xatakandroid.com

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WhatsApp eliminará chats, fotos y videos a partir del 12 de noviembre: cómo evitarlo

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En esa fecha, la plataforma borrará las copias de respaldo en Google Drive que no hayan sido actualizadas en el último año

WhatsApp comenzará a subir publicidad a partir de los primeros meses de 2019.

WhatsApp comenzará a subir publicidad a partir de los primeros meses de 2019.

A partir del 12 de noviembre, WhatsApp eliminará todos los mensajes y archivos multimedia que estén almacenados en Google Drive y no se hayan actualizado en un año.

El servicio de mensajería ofrece la opción de hacer copias de seguridad para que la información quede guardada en la nube y no se pierda, por ejemplo, al cambiar de móvil.

Ahora bien, quienes hayan omitido actualizar esa copia de seguridad en el último año las perderán por completo ya que la plataforma las borrará de Drive.

Para evitar esto, hay que actualizar el back up. ¿Cómo hacerlo? Aquí, los pasos a seguir:

Hay que ingresar a WhatsApp y allí presionar en el menú de configuración.

Luego seleccionar Ajustes/Chats

Y luego ingresar a Copia de Seguridad

Dentro de Copia de seguridad hay que presionar donde dice Guardar en Google Drive y elegir alguna de las opciones mencionadas allí.

En caso de que nunca se haya hecho una copia de seguridad, entonces hay que ir donde dice cuenta y seleccionar el correo que se quiere vincular a WhatsApp.

Otra novedad que llega a partir del 12 de noviembre es que esas copias de respaldo de WhatsApp ya no ocupará espacio en la nube de Google Drive, según informó la compañía a través de un comunicado.

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Las tecnologías digitales están a punto de derrotar a la democracia y el orden social

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Las plataformas de redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial, que dominan cada vez más la vida económica, política y social, amenazan el sistema de gobierno occidental. El experto Jamie Bartlett detalla cómo avanza ese peligro en “The People vs. Tech”, su nuevo libro
Alexander Nix, en el centro del escándalo de Cambridge Analytica, muestra el uso de las redes sociales como Facebook para crear perfiles de votantes y manipular los mensajes.

Jamie Bartlett lleva diez años trabajando en la relación entre nuevas tecnologías y democracia. Cuando comenzó escribía “panfletos sobre cómo la tecnología digital instilaría nueva vida en nuestro sistema político fatigado más allá de la esperanza”. Pero con el tiempo su optimismo se convirtió en realismo, y luego en nerviosismo. “Ahora está llegando a un pánico moderado”, escribió en su nuevo libro, The People Vs Tech: How the Internet Is Killing Democracy (and How We Save It).

El pueblo versus la tecnología: Cómo internet está matando la democracia (y cómo la salvamos) abre con una advertencia: “En los próximos años o bien la tecnología destruirá la democracia y el orden social tal como los conocemos, o la política impondrá su autoridad sobre el mundo digital. Se vuelve cada vez más claro que la tecnología está ganando esta batalla”.

Bartlett, director del Centro para el Análisis de las Redes Sociales del think tank británico Demos en conjunto con la Universidad de Sussex, se refiere específicamente a las “tecnologías digitales asociadas con Silicon Valley: plataformas de redes sociales, datos masivos, tecnología móvil e inteligencia artificial, que dominan cada vez más a vida económica, política y social”. Como experto en el área las valora: cree que tienden a expandir las capacidades humanas y hasta a crear más felicidad. “Pero eso no significa que sean buenas para la democracia”.

Las redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial afectan a la democracia, que es analógica.

Las redes sociales, los datos masivos, la tecnología móvil y la inteligencia artificial afectan a la democracia, que es analógica.

En realidad, reconoce, son universos opuestos. A cambio de los beneficios de una revolución –que, además, está apenas en sus comienzos–, las democracias occidentales han permitido que se socavaran componentes centrales del sistema: control, soberanía parlamentaria, igualdad económica, sociedad civil, ciudadanía informada.

“En un nivel profundo, estos dos grandes sistemas —tecnología y democracia— están trabados en una lucha encarnizada. Son los productos de épocas completamente diferentes y funcionan según distintas reglas y principios. El engranaje de la democracia se construyó en la era de los estados nacionales, las jerarquías, la sumisión y las economías industrializadas. Las características fundamentales de la tecnología digital van en contra de este modelo: es no-geográfica, descentralizada, impulsada por datos, sujeta a los efectos de red y el crecimiento exponencial“.

En pocas palabras: “la democracia no fue creada para esto”. Apenas debajo de la devoción de Silicon Valley por la conectividad, las redes y las comunidades globales asoma el autoritarismo.

Jamie Bartlett, autor de un análisis integral sobre cómo la tecnología digital amenaza la democracia occidental y el orden social que la acompaña. (Penguin Australia)

Jamie Bartlett, autor de un análisis integral sobre cómo la tecnología digital amenaza la democracia occidental y el orden social que la acompaña. (Penguin Australia)

Pero no al estilo de la década de 1930: “Creo que la democracia va a fracasar de maneras nuevas e inesperadas. La distopía amenazante a temer es una democracia vacía dirigida por máquinas inteligentes y una nueva élite de tecnócratas ‘progresistas’ pero autoritarios. Y lo peor es que mucha gente la va a preferir, dado que probablemente les ofrezca más prosperidad y seguridad que lo que tenemos hoy”.

Aunque concede a los empresarios de Silicon Valley una fe honesta en el poder emancipador de la tecnología digital, Bartlett la ve peligrosa. “La democracia es analógica, no digital”, escribió.

Seis pilares hacen que la democracia funcione, sintetizó: ciudadanos activos, una cultura común, elecciones libres, igualdad entre las partes interesadas, competencia económica con libertad civil y confianza en la autoridad. Los seis son vulnerables a las tecnologías y alrededor de esos problemas organizó el libro.

Los ciudadanos dejan de ser activos por la adicción a los dispositivos y las plataformas. “Vivimos en un panóptico publicitario gigante”, definió. “El sistema de recolección de datos y predicción es apenas la manifestación más reciente en una larga historia de esfuerzos para controlarnos“. Aunque Facebook haya elegido como domicilio 1 Hacker Way, que asocia la marca con la rebeldía, su linaje es otro, menos romántico: la publicidad, el uso de la psicología para influir en la decisión de compra de las personas. “Google, Snapchat, Twitter, Instagram, Facebook y demás hace rato que han dejado de ser empresas tecnológicas: son también firmas publicitarias. Aproximadamente el 90% de los ingresos de Facebook y Google provienen de vender avisos“.

Bartlett midió su propia conducta y descubrió que, excepto cuando duerme, mira el teléfono una vez cada 12 minutos. Citó a Adam Alter, quien advirtió que la adicción al alcohol y el tabaco están dejando espacio a la dependencia digital: no es que la gente —en especial, los jóvenes— rechacen esas y otras sustancias para vivir más sanamente, sino que sus cerebros reciben las descargas de dopamina de otras fuentes, como el “me gusta” o el click.

“En 2004 Facebook era divertido”, escribió Alter. “En 2016 es adictivo”. En el camino, surgió la “economía de la atención”.

Las redes sociales crean ciudadanos pasivos, adictos a la pantalla en busca del “me gusta” o el click.

Las redes sociales crean ciudadanos pasivos, adictos a la pantalla en busca del “me gusta” o el click.

Sean Parker, co-fundador y ex presidente de Facebook, reconoció que él y Mark Zuckerberg explotaron “una vulnerabilidad en la psicología humana” al diseñar las plataformas para “consumir la mayor cantidad de tiempo y atención consciente” del usuario. “Es un circuito cerrado de retroalimentación de validación social”.

Los datos están en el centro del asunto: permiten a las empresas conocer al usuario más de lo que él se conoce a sí mismo, y dirigirle avisos a medida. Actualmente los datos existentes superan la capacidad humana de procesamiento, pero en 2020 habrá cuatro veces más dispositivos que los recojan: 50.000 millones de aspiradoras de información en teléfonos, automóviles, electrodomésticos, ropa, libros, juguetes… De allí el valor de los algoritmos que sí pueden procesar esos volúmenes enormes de datos, y más: “Lo aterrador de los algoritmos de datos masivos es cómo pueden averiguar cosas sobre nosotros”, según el autor.

Dio el ejemplo de los estudios de Michal Kosinksi, de la Universidad de Stanford, sobre perfiles de usuarios armados a partir de sus “me gusta” en Facebook. Los algoritmos “pueden tomar sus preferencias musicales o literarias y extraer de esta información aparentemente inocente predicciones muy exactas sobre tu religiosidad, potencial de liderazgo, opiniones políticas, personalidad”, lo citó.

La campaña presidencial de EEUU en 2016 fue un fuerte ejemplo de la “datificación” de las elecciones, como llamó Jamie Bartlett al fenómeno. (AP)

La campaña presidencial de EEUU en 2016 fue un fuerte ejemplo de la “datificación” de las elecciones, como llamó Jamie Bartlett al fenómeno. (AP)

¿El objetivo? Publicidad. De comida para perros. De seguros de salud. De candidatos políticos.

Y más: el panóptico moderno, “esta clase de visibilidad y monitoreo permanente, es una manera de imponer conformidad y docilidad. Estar siempre bajo vigilancia y saber que las cosas que uno dice se juntan y se comparten crea una autocensura moderada pero constante“. Eso daña la capacidad de desarrollar un juicio propio como ciudadano. Porque para pensar por uno mismo, es necesario cometer errores y aprender. “Pero las redes sociales crean una forma extraña de actuación política, en la que todos representamos ciertos papeles y existen respuestas aceptables“. ¿Hizo alguien un comentario idiota en Twitter a los 14 años? Existirá para siempre y se podrá volver a publicar tal como está, fuera de contexto, cuando esa persona tenga 64 años. “Más y más gente concluirá que es más seguro simplemente no decir nada”.

Un problema adicional es la manipulación. Si el objetivo es que una persona pase más tiempo en una plataforma para mostrarle más publicidad, “¿qué pasa si a los antisemitas se les dirige cada vez más contenido violento personalizado simplemente porque un modelo sugiere que pasarán más tiempo mirándolo? O quizás se puede vender un 20% más de antidepresivos si se contacta a la gente en cierto momento de la semana y se le dirigen mensajes que bajan la autoestima”.

Cambridge Analytica también usó datos de Facebook para influir a los votantes a favor del Brexit.

Cambridge Analytica también usó datos de Facebook para influir a los votantes a favor del Brexit.

Delegar las decisiones en la inteligencia artificial (porque no sólo una máquina hará mejores diagnósticos que un médico, sino que se podrán tercerizar en algoritmos el voto y la educación de los hijos) no sólo eliminaría la dimensión moral del ser humano, también erosionaría su capacidad de pensar libremente. “Dado lo malos que a veces somos al tomar decisiones difíciles, el resultado podría ser una sociedad más sabia y más humana. Pero difícilmente se podría llamar democracia a un lugar así“.

Una cultura común, curiosamente, es algo que se pierde con la plena conectividad y el exceso informativo, que en realidad alientan las pequeñas tribus, donde las reacciones emocionales y la lealtad superan a la razón y la comprensión. “Los líderes políticos evolucionan con el nuevo medio de información: de ahí el ascenso de populistas que prometen respuestas emotivas, inmediatas y totales“, interpretó Bartlett. “Pero las tribus beligerantes de ciudadanos sin eje, confundidos, son las precursoras del totalitarismo”.

Expresiones como burbuja de filtros, noticias falsas y posverdad se han popularizado a medida que las noticias circularon por las plataformas y la desinformación hizo que las personas recortaran sus fuentes a la medida de sus creencias. “Con la conexión infinita, encontramos gente similar y con ideas similares, y nos apiñamos”. La fragmentación no tiene límite: “En internet cualquier puede encontrar cualquier clase de comunidad que desee (o inventar la propia)”, señaló el autor. “Cualquiera que esté molesto puede ahora, automáticamente, a veces algorítmicamente, encontrar a otra gente que está molesta de manera similar”.

El fenómeno de la re-tribalización que producen las redes sociales fue explotado por Internet Research Agency, grupo cercano al Kremlin, durante las elecciones presidenciales de EEUU.

El fenómeno de la re-tribalización que producen las redes sociales fue explotado por Internet Research Agency, grupo cercano al Kremlin, durante las elecciones presidenciales de EEUU.

Así la re-tribalización puede conducir a la alt-right o al veganismo radical, y la cámara de resonancia de la red convierte cualquier grupo en una horda. “El tribalismo es comprensible, pero en definitiva daña la democracia, porque tiene el efecto de agrandar las pequeñas diferencias entre nosotros y transformarlas en golfos enormes, insuperables“.

Internet, como medio ante todo emocional, exacerba la tendencia humana al tribalismo y la reacción sin reflexión. Pero, advirtió el especialista, “si el partidismo se impone a todo, la democracia deja de funcionar porque el acuerdo se vuelve imposible“.

La red también permite el acceso a las tribus enemigas. “Veo perspectivas opuestas a la mía todo el tiempo; rara vez me cambian la opinión, y con más frecuencia simplemente confirman mi creencia en que soy la única persona cuerda en un mar de idiotas“, ironizó.

La característica es de los humanos, no de la tecnología. Sin embargo, las tecnológicas “convirtieron estas debilidades psicológicas en rasgos estructurales del consumo de noticias y las explotaron para ganar dinero”, observó el texto. “Sus incentivos financieros algunas veces van en contra de la necesidad democrática que la gente tiene de estar informada y nutrirse de un arco amplio de fuentes e ideas ciertas“.

Zuckerberg puede insistir en que Facebook es una plataforma, donde circulan todos los contenidos —no un medio, donde se publica o se ignora según una línea editorial— pero en la realidad eso sólo tiene efectos legales. “Ser aparentemente neutral es en sí una suerte de decisión editorial. Todo en las redes sociales está editado, por lo general por algún misterioso algoritmo en lugar de un editor humano. Estos algoritmos fueron diseñados para brindarle a alguien contenido que probablemente va a clickear, puesto que eso significa el potencial de vender más publicidad”.

Aun la más leve de las confirmaciones sesgadas crea un ciclo de auto-perpetuación, una burbuja en la que no hay otro. Y sin otro no hace falta democracia.

La legitimidad de las elecciones se pone en cuestión a partir de la manipulación de la intención de voto que hacen posible los datos masivos. (Reuters)

La legitimidad de las elecciones se pone en cuestión a partir de la manipulación de la intención de voto que hacen posible los datos masivos. (Reuters)

Uno de los temas centrales del libro, la pérdida de legitimidad de las elecciones libres, muestra cómo “los datos masivos y la micro-localización pueden ganar votos”. Por ejemplo, Aunque Hillary Clinton lo superó por casi 2,9 millones de votos en los Estados Unidos, Trump obtuvo la mayoría del Colegio Electoral porque ganó en cuatro estados decisivos gracias al modo en que hizo su campaña en redes sociales allí.

Todo el trabajo de Cambridge Analytica, tanto para Ted Cruz como para el actual mandatario, se basó en la construcción de perfiles a partir de la información personal de 87 millones de usuarios de Facebook (que no lo sabían, mucho menos lo habían autorizado). Y esta competencia no va a terminar, advirtió Bartlett. “Cada elección se datifica de esta manera, realizada por una red de contratistas privados y analistas de datos que ofrecen estas técnicas a los partidos políticos en todo el mundo”.

El problema mayor que ve, si se deja estas técnicas sin control, es que su evolución “va a cambiar cómo hacemos una opción política, qué clase de gente elegimos e incluso si pensamos que nuestros comicios son realmente libres y justos“.

Cambridge Analityca trabajó con datos malversados a 87 millones de usuarios de Facebook, razón por la cual la red social debió dar explicaciones a las autoridades en EEUU y Europa.

Cambridge Analityca trabajó con datos malversados a 87 millones de usuarios de Facebook, razón por la cual la red social debió dar explicaciones a las autoridades en EEUU y Europa.

Si los partidos políticos tradicionales han girado alrededor de la construcción de programas, ideas que permitían que ciudadanos con intereses variados se organizaran colectivamente, el big data es lo opuesto: la atomización, la división en grupos de intereses específicos al punto de un modelo personalizado. “Si cada quien recibe un mensaje personalizado, no hay debate público común: sólo millones de debates privados”, ilustró el experto.

Una consecuencia es que reduce la responsabilidad de los funcionarios: “La hiperpersonalización incentiva a los políticos para hacer distintas promesas a distintos ‘universos’ de usuarios”. Inclusive contradictorios: no hay manera de exigir rendición de cuentas. Tampoco las autoridades pueden verificar la legitimidad del mensaje (si no contiene mentiras, por ejemplo) dado que son una miríada de avisos personalizados.

Y los psicográficos de Alexander Nix, el CEO de Cambridge Analytica, son pintura rupestre en comparación con el identikit del votante que podría permitir la internet de las cosas. “Dentro de una década, la heladera sabrá a que hora comemos, el auto conocerá dónde estuvimos, el asistente del hogar calculará nuestro nivel de ira por el tono de la voz”, ilustró. Al cruzar los datos, las consultoras del futuro cercano establecerán que aquel que se irrita cuando tiene hambre será más sensible a los avisos de candidatos autoritarios antes de la cena, cuando regresa del trabajo, por ejemplo.

Echo, el asistente personal de Amazon, y otros dispositivos conectados a al red poseerán una cantidad gigantesca de datos sobre los votantes del porvenir cercano.

Echo, el asistente personal de Amazon, y otros dispositivos conectados a al red poseerán una cantidad gigantesca de datos sobre los votantes del porvenir cercano.

Y como la naturaleza del mensaje digital es la deslocalización geográfica, podría llegar de las oficinas de Internet Research Agency, el centro de la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses de 2016. “En el cuadrilátero rojo: un negocio multimillonario de influencia y control que se vuelve más exacto y dirigido cada año. En el cuadrilátero azul: un puñado de reglas electorales viejas y obsoletas diseñadas para la era de los medios masivos y el proselitismo puerta a puerta“.

Bartlett también aborda el problema de la desigualdad social a partir del impacto de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo. “En lugar de especular sobre un ‘futuro sin trabajo’ deberíamos preocuparnos por la creciente desigualdad“, advirtió. Que podría ser tan aguda como para “borrar de la faz de la Tierra a la clase media”.

El paso del aprendizaje automático al aprendizaje profundo (por el cual en lugar de darles ejemplos a las máquinas se les establecería un conjunto de reglas para que resolvieran los problemas por sí mismas) puede demorar, pero afectará seriamente el tejido social. El texto pone como ejemplo a los conductores de camiones que serían innecesarios. Aunque Silicon Valley dice que los desempleados podrían recapacitarse como desarrolladores de redes, Bartlett cree que es más probable que terminen en “trabajos más precarios, temporarios, de bajos ingresos“. Tal vez puedan “limpiar las máquinas que limpian las máquinas que reparan los camiones sin conductor que alguna vez ocuparon”.

La irrupción de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo, como los 100.000 robots que ya trabajan en los depósitos de Amazon, amenaza la existencia de la clase media.

La irrupción de la inteligencia artificial en el mercado de trabajo, como los 100.000 robots que ya trabajan en los depósitos de Amazon, amenaza la existencia de la clase media.

Los trabajos no rutinarios (los que requieren intuición, creatividad y pensamiento independiente en situaciones cambiantes), que son muy bien pagos (ingeniero de Google) o muy mal pagos (jardinero) no encabezan la lista de los reemplazables: “Son los empleos en el medio, que se podrían llamar ‘de conocimientos rutinarios’, los que estarán más en riesgo“: de operadores de trenes a consejeros de hipotecas, de liquidador de impuestos a radiólogos.

Otro problema es la tendencia de las tecnologías al privilegio: a un aumento de la productividad del 80% correspondió un aumento del salario del 10% y “como regla general, la tecnología da poder a quienes tienen el dinero o las habilidades para aprovecharla“. Los ocho hombres más ricos del mundo poseen ya más que la mitad más pobre de la población mundial, y cuatro de ellos son fundadores de compañías tecnológicas.

Lo cual lleva al punto siguiente: competencia económica con libertad civil. “La ilustración más extrema —y en los próximos años, probablemente la más urgente— sobre cómo las tecnologías digitales impulsa la desigualdad es la creación de enormes monopolios tecnológicos“. Cinco de las empresas con mayor valor de mercado del mundo son de Silicon Valley.

Las grandes empresas de Silicon Valley son también los grandes monopolios del mundo, con gran capacidad para el lobby político y para el control cultural. (iStock)

Las grandes empresas de Silicon Valley son también los grandes monopolios del mundo, con gran capacidad para el lobby político y para el control cultural. (iStock)

La tendencia es tan inesperada como fatal: la tecnología crea monopolios. Pero no sólo económicos: también políticos y culturales. Su manera de hacer lobby difiere de las grandes empresas tradicionales en varios factores, entre ellos en que las tecnológicas “poseen las plataformas en las cuales se publica el material”, con lo cual tienen, en sí mismas, una “importante influencia sobre la opinión pública y el activismo”. Así muere la idea de asociación libre en los ciudadanos.

Bartlett llega al último punto de su libro: el reclamo de la protección de la privacidad ha dado lugar al surgimiento de una “cripto-anarquía”, que aspira a socavar los grandes poderes —incluido el de los estados— mediante la encriptación. En nombre del respeto al dominio individual de los datos propios, “amenaza con debilitar al estado casi al punto de su colapso”.

La tecnología de cifrado de clave pública más popular es bitcoin, que el libro describe como “más que dinero: una nueva forma de manejar información“. La enorme base de datos donde se guarda cada transacción que se realiza en bitcoin, blockchain, “puede también guardar otra información”. Y eso podría ser “tan revolucionario como la misma internet, porque representa una manera de guardar información mucho más descentralizada“.

La tecnología blockchain permite guardar todo tipo de información, no sólo transacciones económicas, de manera descentralizada. (Getty Images)

La tecnología blockchain permite guardar todo tipo de información, no sólo transacciones económicas, de manera descentralizada. (Getty Images)

En países con gobiernos diferentes de la democracia occidental, estas tecnologías ayudan a proteger a los ciudadanos y la información pública de una manera crucial. Y en las democracias, que son un sistema donde la libertad puede ser eliminada (si uno no paga los impuestos o comete un delito, por ejemplo), “la cripto-anarquía es dinamita contra el control estatal, porque desafía la autoridad del gobierno para coercionar a la gente que se halla dentro de sus fronteras y a controlar la información”.

El ejemplo más simple es el modo en que estas tecnologías terminan con la confianza de los individuos en el sistema judicial: “¿Qué pasa cuando, por ejemplo, nuestra policía simplemente no puede eliminar material ilegal de la red? ¿O cuando no pueden perseguir cibercriminales o detener el software malicioso?”. Cuando los derechos de una persona no terminan donde comienzan los de otra, la democracia deja de funcionar.

Jamie Bartlett comenzó escribiendo panfletos optimistas sobre el modo en que la tecnología mejoraría el sistema político. Ahora avizora el fin de la democracia. (Flickr)

Jamie Bartlett comenzó escribiendo panfletos optimistas sobre el modo en que la tecnología mejoraría el sistema político. Ahora avizora el fin de la democracia. (Flickr)

“Si transportásemos a 2018 a Locke, Rousseau, Jefferson, Montesquieu, estarían deslumbrados por nuestros smartphones, aviones, bitcoins, hospitales, emojis y lanzacohetes. También estarían asombrados de descubrir que todavía nuestras democracias funcionen del mismo modo que en los días de carruajes y caballos, mosquetes y velas“, observó el autor. “Como la inteligencia artificial, la democracia es una tecnología de propósito general”, recordó: dado que puede cambiar, cada una de sus fases debería ser un producto de su época.

Su conclusión es sombría: “A menos que modifiquemos el rumbo, la democracia será arrasada por la tecnología y se unirá al feudalismo, las monarquías supremas y el comunismo como otro experimento político que funcionó por un tiempo”. Cree, sin embargo, que todavía se está a tiempo de evitarlo.

Infobae

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