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Cultura

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Liliana Chiavetta Bodoc 1958 – 2018

La escritora sufrió un infarto en su casa de San Luis. Había regresado anoche desde Cuba, donde participó junto a una delegación mendocina en la Feria del Libro

La escritora Liliana Bodoc, una de las figuras más reconocidas de las letras mendocinas, falleció este martes en San Luis. Se consagró como escritora y poeta argentina especializada en literatura juvenil.
La escritora había llegado anoche a Mendoza luego de participar junto a una comitiva local en Cuba, dentro de la edición 2018 de la Feria del Libro. Bodoc no tuvo ningún inconveniente de salud en ese viaje. Se mostró de muy buen humor y participó de todas las actividades.

Según trascendió arribó al aeropuerto durante la madrugada acompañada por Gareca y otros funcionarios del área. Allí la esperaba su marido con quien emprendió viaje hacia Trapiche (San Luis), donde residía hacía varios años.

En la mañana de este martes familiares comunicaron que la escritora de 59 años había sufrido un infarto.

La mujer abrió los ojos para llorar. Entonces, vio a través de sus lágrimas. Y aprendió por el llanto que la memoria sólo perdura si se reinventa.

Acerca de Bodoc
Nació en Santa Fe el 21 de julio de 1958 como Liliana Chiavetta pero se hizo famosa como mendocina y con otro apellido: Bodoc.

La escritora que falleció este martes en San Luis vivió desde los cinco años en Mendoza. Llegó a la provincia por motivos laborales de su padre y estudió Licenciatura en Letras en la Universidad Nacional de Cuyo. También ejerció como docente de Literatura Española y Argentina en diversos colegios de la misma universidad.

A los 39 años, escribió la Saga de los Confines, una trilogía épica y fantástica, a la que, según ella, le debía toda su carrera. Además escribió otros como Memorias impuras, Presagio de carnaval, Sucedió en colores y El espejo africano.

Con “La saga…” se mostró como la revelación argentina en el género de la épica y la literatura fantástica; y sus libros fueron publicados en otros idiomas (alemán, francés, holandés, japonés, polaco, inglés e italiano).

Yo no puedo creer esto. Se me parte el corazón. Pensé todo el día en ella porque hace años se había convertido al islamismo y la vi en cada mezquita que entré hoy. No sabía de esta noticia. Liliana Bodoc era además de una gran escritora un ser extraordinario. Qué tristeza. https://twitter.com/garecagc/status/960895403469176832 

“Fui una voraz soñadora”

Por: Mariana Guzzante
Detrás se escucha el bullicio de la previa. Liliana está en Córdoba, donde se lanza por primera vez “Elisa. La rosa inesperada”, su última novela. ¿Y por qué ahí? Pues porque en tierras cordobesas vive Micaela Verón, la hija de Marita, la nieta de Susana Trimarco.

Micaela tiene ahora dieciocho años y es estudiante de Antropología. Cuando apenas tenía tres, su mamá, María de los Ángeles, desapareció de golpe. Fue raptada por una red de trata en Tucumán. Desde entonces, junto a su abuela, la infatigable Susana Trimarco, no sólo la buscan sino que luchan sin descanso contra la trata.

Liliana supo que a Micaela le había encantado la Saga de los Confines. Que al crecer, criada por esa abuela resiliente, se había convertido en una intensa lectora. Por eso Bodoc la está esperando ahora, para iniciar la presentación de este libro cuya protagonista adolescente se enfrenta con un mundo hostil. Micaela va a hablar.

Las historias se cruzan porque “Elisa”, al lanzarse al camino, se topa con la mano oscura de la trata. “El mal, como planta que es, no se está quieta. Crece”, dice el misterioso personaje-guía en estas páginas.

Diablitos y demonios
Liliana se aparta un poco del bullicio del salón donde será presentada “Elisa”. Busca el rinconcito para poder ser ella: íntima. Cuenta que su protagonista es una adolescente como la que ella fue: crecida en una villa de emergencia en Santa Fe, inquieta, disconforme. Conoce por experiencia propia el impulso que agita su sangre. “En mi adolescencia fui una voraz soñadora de viajes. Imaginé los caminos como coartadas que me salvarían de la pena”.

Pero la forma definitiva de esta novela no llegó sino después de un proceso largo y complejo para la autora.

Después de entregar “Tiempo de Dragones I y II”, la idea de Liliana era escribir una novela de viaje. El punto de vista -supo de entrada- sería el de una chica de provincia. En eso iba pensando cuando decidió emprender el pasado invierno un recorrido por el noroeste argentino.

“Una tarde, me fui a conocer el cementerio de Tilcara, que es tan particular. Vi una cruz tirada y la levanté, la acomodé, hasta le saqué una foto con el celular.

El muertito se llamaba ‘Juan Cabrera’, comprobé”. Hasta ahí, Liliana cuenta la anécdota con liviandad. De pronto, le cambia la voz, ensombrece el tono, ralentiza: “Esa noche, tuve una pesadilla terrible. Y te juro, pero te juro, que al otro día amanecí muy enferma. Pero no era sólo que me dolía todo el cuerpo y me estallaban los ojos y tenía fiebre. Una enfermedad me había tomado el cuerpo y, sobre todo, el espíritu. Me agarró una angustia, una tristeza”.

Quiso salir de ahí rápido. Dejó todo tirado, desprogramó el tour y llamó a su marido para volver a casa. Olvidó cosas en el hotel. Quizá algunas anotaciones del proyecto.

Meses después, empezó a trabajar en ella la imagen de los diablitos de Tilcara. “Y de los otros diablos”, agrega.

Tras varias tribulaciones decidió volver, narrativamente, a ese pueblo norteño. “Hay varias Tilcaras. Yo me metí en la Tilcara más oscura. No la que ven los europeos que se ponen un poncho con 40 grados. Creo que la condición de turista es la peor que se puede tener en el mundo. Yo la tuve con la cruz de Juan Cabrera. La falta de respeto, la estupidez, la superficialidad. Y me lo hizo saber”.

En el norte Liliana conoció a Abel Moreno. Habla de él en el prólogo: “Abel Moreno vive en Tilcara. Es viejo, y escasamente abandona su silla de paja, con un hueco en el medio a punto de ceder. Usa gorro de lana, tose y se rasca el dorso de la mano izquierda”.

Él narrará lo que ella no vio, aclara. Abel habla del mal, habla de que crece como hierba mala. Liliana abraza su voz para indagar en el misterio y en las sombras. “Parecía lo de siempre… Contrabandearles a los gringos, emborracharlos, hacerles creer que habían fornicado con la Pachamama. ¡Cosas bien sabidas! Pero estos que llegaron y se pararon enfrente mismo de nosotros, y miraron a Miguelito, fueron de más en más”.

Elisa parte de su tierra natal y recala en Tilcara. Va penetrando en esa región oculta donde encuentra -y siente en el cuerpo- la amenaza.

¿Y cómo resolviste la trama? Porque meterte con ese tema tan real y vigente te conduce a…
Estuve muy tentada de caer en el final desolador. Parecía ir hacia allí. Pero me rebelé a eso. No quise. Busco cierta reconciliación con el mundo a través de las palabras.

Elisa está pintada en la sinopsis del libro. “Su primera canción de cuna fue una cumbia. Después, cuando Naranja Dulce salió de gira a buscarse un futuro, Elisa -entre la plancha y el rociador- eligió otra música.

Sin grandes anhelos, aceptó una invitación que prometía un paisaje diferente y algunas palabras en inglés. Pero el diablo se interpuso y empujó su destino hacia el norte. Allí, una voz de niña de piedra y el silbido de un viejo la alertaron del peligro.

Elisa siente la amenaza en el cuerpo y sólo aliviará su pena cuando encuentre sus propias palabras”.

Un mapa de signos
Como fue gestada como novela de viajes, la edición está acompañada por un diario de bitácora que se puede leer en esta dirección: elviajedelilianabodoc.blogspot.com.ar. Allí se pueden ver anotaciones, manuscritos, notas de la viajera, entrevistas y oír la música que la acompañó en eso que ella llama “un naufragio”. La música, también, acompaña cada capítulo.

Al principio de ese mapa textual, escribe: “Siempre estuvo Santa Fe como punto de partida y de regreso. Es fácil adivinar que se trata de mi propia infancia.

En la ciudad de Santa Fe, en algunos lugares particularmente, mi infancia aún no se entera de que yo crecí y la dejé vacía. Volver a Santa Fe es para mí, casi literalmente, volver al seno materno.

¿Y el otro extremo del viaje?
El norte, Jujuy, los sitios que no pude recorrer a mi tiempo y que, en cambio y felizmente, recorrieron mis hijos: Tilcara, Purmamarca, Andalgalá. Ése era el mapa.

¿Por qué?
Porque no hay sitio en que resida con mayor profundidad el misterio de nuestra cultura. La maravilla y el dolor andan por esas calles como si tal cosa.

La trata no está planteada en la novela como denuncia explícita. “Es más bien la amenaza lo que sobrevuela”. Sin embargo, en el Diario de Bitácora hay un enlace directo sobre “trata de personas”. Es un texto que difunde la Fundación María de los Ángeles, creada en nombre de la mamá de Micaela.

Allí se lee que la trata es “la captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de individuos con fines de explotación, tanto sexual como laboral”.

Que los tratantes suelen usar estos métodos de captación o reclutamiento: “Ofrecer engañosas ofertas de trabajo, participar en falsas agencias de modelos, ofrecer matrimonio o convivencia”. La mejor manera de prevenir este delito es la información. “Ojalá sembremos algo más de conciencia”, cierra Liliana, mientras ve llegar a Micaela y tomar a “Elisa” entre sus manos.

Alrededor del sol
Por: Liliana Bodoc

Imagen: REP
Gracias a Bertolt Brecht

El hombre corpulento y lleno de estrellas tropezó con un niño que jugaba en los pasillos oscuros de la casa.

–¿Quién eres? –preguntó

–Soy Andrea Sarti, el hijo de su casera.

–¿Qué haces aquí?

–Aquí vivo.

–¿En mi casa?

–Sí, señor Galilei.

–¿Desde cuándo vives en mi casa?

–Desde que nací. Hace siete años.

Esa fue la mañana que me conoció, después de verme casi a diario durante siete años.

Nunca entendí bien por qué puso atención en mí, cuando tenía una multitud de buenos estudiantes esperando que los admitiera como discípulos. Por mi parte, le pagué con impertinencia.

Pero aquel día yo admiraba a Galileo Galilei como solo admiran los niños: en los aciertos y en los errores, en la genialidad y en la torpeza. Fue mi madre quien me dijo que el maestro deseaba que yo fuese, alguna que otra tarde, a su laboratorio…

–A mi Andrea, ¿qué les parece? Es que ese niño salió con la inteligencia de un búho. Por algo el señor Galilei lo tomó a su cargo y está, dale que dale, enseñándole sobre el cielo y la tierra. Andrea aquí, Andrea allá, Andrea mira esto, Andrea presta atención… Más les digo: cuando el señor Galilei se va a sus clases, mi Andrea queda a cargo.

Galileo Galilei le sonreía a los astros más que a cualquier ser humano.

–Aquí hay demasiado polvo– le dijo a su casera, pasando la mano sobre una mesa de madera.

La mujer, que llegaba con la bandeja del almuerzo, no tenía pelos en la lengua.

–¿Cómo quiere que friegue, si apenas toco alguna cosa grita como un endemoniado?

–He visto a tu hijo –Galileo Galilei seguía su propio hilo.

–¿Hizo algo indebido? –Esta vez sí, la casera miró a su señor con alarma evidente.

–Nada… El chico no ha hecho nada. Solo pensé que podrías enviarlo aquí para que me ayude con el orden –Y el maestro agregó –Le daré un pequeño pago extra.

–Mi Andrea estará muy feliz –respondió la mujer.

–Eso es, ¡Andrea! –Galileo Galilei recordó el nombre del niño que había visto unos días atrás en el pasillo de su casa.

Así comenzaron las visitas de Andrea Sarti al laboratorio más renombrado de Florencia.

Me gustaba verlo mirar. Yo aprendía solo con ver los ojos de mi maestro cuando estudiaba, cuando intentaba entender, cuando se decepcionaba. Lo vi buscar la verdad en los haces de luz que entraban por la ventana, lo escuché pelear con las constelaciones, me tocó ser testigo de sus dudas y sus enojos… Al principio, apenas me hablaba. Algunos meses más tarde, empezó a dirigirme la palabra. A veces, según la lógica lo indicaba, intentaba hacerme entender sus ideas con palabras sencillas. Entonces Andrea era Andrea. Otras veces, me refutaba con tono burlón cosas que yo jamás había dicho. Seguramente veía en mí alguno de sus múltiples adversarios. Pero nada le gustaba tanto a mi maestro como discutir consigo mismo. Galileo Galilei decía, Galileo Galilei negaba, Galileo Galilei afirmaba esto, Galileo Galilei lo ponía en duda. En una ocasión, durante una disputa respecto de las manchas del sol, llegaron a insultarse. Uno de ellos se quedó en un extremo del laboratorio, puliendo un cristal mientras el otro se sumergió en la lectura. Así eran ellos…

Según recuerdo, empezó a reparar seriamente en mí cuando cumplí trece años y las cosas, en Roma, se complicaron. Para entonces yo comía en su laboratorio. Y él se empeñaba en sacarle lustre a mi entendimiento.

–Entiendes por qué flota el hielo, ¿no es así, Andrea?

Yo entendía eso y mucho más.

–Ya ves. Lo entiendes tú pero no lo entienden los profesores de Pisa.

Recuerdo a mi maestro limpiándose la boca con rudeza antes de levantarse de la mesa para volver, horas después, al almuerzo frío. No sé si tenía voluntad de enseñarme, pero lo hacía.

Cuando la idea de vivir en un planeta que giraba dejó de atemorizarme, me dediqué a socavar los nervios de mi madre.

–¡No me vengas con eso, Andrea! Sé lo que te digo, esas historias no van a traer nada bueno. Yo soy quien va al mercado. Allá muchos me lo dicen: Tu señor tiene más enemigos que dientes la cabeza de ajo. ¿Y eso por qué? Por andar diciendo que el mundo anda alrededor del sol como un perrito abandonado alrededor de las sobras. ¡Que Dios nos ampare!

Muchas veces, confiado en sus buenos contactos, mi maestro se reía enumerando la lista de enemigos.

–Profesores, cardenales, la propia duquesa de Lorena… Ahora Roma me manda a llamar. Eso me obliga a abandonar mis trabajos con el microscopio y viajar en pleno frío de febrero.

Galileo Galilei debía presentarse ante el Santo Oficio de Roma el 16 de febrero de 1616. Llevó consigo sus saberes, sus pruebas. Y su mala salud. No recibió malos tratos ni humillaciones. Más bien le rogaron que ya no hablara de teoría sino de hipótesis. Con eso sería suficiente. Las comprobaciones que presentaba no eran suficientes para sostener con firmeza que el sol estaba en el centro y que la Tierra orbitaba a su alrededor.

–Una hipótesis, señor Galilei. ¡Usted solo tiene una hipótesis!

Parecía poca cosa, pero mi maestro se entristeció. Su pena empeoró su salud. Como siempre, solo su afán de conocer fue capaz de devolverle el ánimo. Con los años, fui a la universidad y traté con hombres de ciencia. Sin embargo nunca vi una cosa semejante: alguien que atravesara los días y las noches con el único fin de comprender el mundo que habitaba.

Mi madre se lamentaba por eso.

–Y explícame tú, que eres un sabelotodo, para qué le sirve tanto estudio al señor Galilei… Ya le han levantado el índice, ya le han hecho ¡shhh! Ahora que se quede bien quieto, y que se ocupe de mejorar su salud. Conozco bien el color de la enfermedad. Y lo suyo… ¡No hay caldo que lo levante!

Durante algunos años, Galileo Galilei se dedicó a la escritura. Y pareció divertirse con las pequeñas rencillas que, por una causa o por otra, entablaba con sus colegas. Pero Roma, como Dios, no dormía. Roma leía entrelíneas, Roma se inflamaba cada vez que los sarcasmos de Galilei llegaban a sus oídos. Un día, Roma perdió la paciencia y lo convocó otra vez.

La salud de Galileo Galilei era un traje que le quedaba demasiado grande. Por esa razón, sus médicos lo eximieron de viajar.

–Quédese tranquila, señora Sarti. Voy a enviar estos certificados a Roma, y me quedaré en casa.

–¡Suerte! Así lo que deba pasar, pasará aquí –fue el desafortunado comentario de la casera.

–¡Cierre esa boca, mujer! Todos los días me augura la muerte.

La mirada de la señora Sarti se metió entre sus pies.

–Es pura preocupación, señor Galilei.

–Entonces ya no te preocupes. Y dile a Andrea que venga ahora mismo. Lo necesito.

A partir de entonces todo empeoró: mi maestro, el olor de Florencia, mi ánimo. Hasta la verdad misma pareció empeorar.

Enfermo o no, con certificaciones médicas o sin ellas, mi maestro fue obligado a ir a Roma para un interrogatorio. Y yo, que había pasado más de diez años aprendiendo a su lado, estaba seguro de que jamás iba a retractarse. Mi maestro aceptaría cualquier destino antes que decir que la verdad no era la verdad. Mi maestro era indoblegable. Llegué a pensar, con ese coraje cruel de la juventud, que era preferible que él mismo, y no la verdad, ardiera en la llamas. El, y no su gloria. Esperé intranquilo las noticias que los amigos de mi maestro nos traerían llegado el momento. Cuando supe lo ocurrido, pensé que nada peor podría haber pasado. Era joven, era impertinente. Y a esas alturas, también estaba ciegamente enamorado de la verdad.

Ante las amenazadoras exigencias de la Inquisición, Galileo Galilei aceptó abjurar de sus ideas. No era cierto que la Tierra orbitara alrededor del sol. No era cierto. Gracias a su abjuración, se le conmutó la prisión por arresto domiciliario. Galileo Galilei fue condenado a encierro perpetuo. Y la Tierra se transformó en un planeta inmóvil.

Vi por la ventana cuando lo ayudaban a bajar del carruaje. Había perdido peso. Y las pocas fuerzas que le quedaban no le permitían sostener en alto la cabeza. Vi a mi madre correr a su encuentro. Después entró a la casa para siempre.

Durante muchos días solo escuché su tos y su silencio. Mi madre, mucho más sensata que yo a pesar de ser analfabeta, me insistió para que fuese a verlo.

–¿Cuándo piensas dejar de lado tu estupidez? Tan fácil para el jovencito andar orgulloso… Total, no eras tú quien pasaría la vida en un calabozo. O algo peor. Cuando no se trata de nuestro propio pellejo es muy fácil ser valiente. ¡Muy fácil, Andrea!

Al final de ese invierno, Galileo Galilei supo que su joven discípulo estaba parado detrás del sillón que ocupaba.

–Si viniste a escuchar que estoy avergonzado de mi abjuración, estarás parado ahí muchos años. Vergüenza no. Vergüenza no tengo. Soy un científico, no un héroe. Soy un viejo. ¿Estás pensando en otros que no abjuraron? ¿Otros que aceptaron morir por la verdad? Pues yo no pude hacerlo. Tuve miedo, y volvería a tenerlo. ¿No fue bastante dedicar mi vida entera? ¿También debía dedicar mi muerte? Además, mi buen Andrea, hagan lo que hagan, digan lo que digan, abjure quien abjure, la Tierra hará lo suyo.

Galileo Galilei dibujó una órbita con la mano.

–Lo que pienses tú de mi abjuración no importa demasiado. La Tierra seguirá girando…

Revista y Editorial Sudestada
Nuestro adiós a Liliana Bodoc

La noticia llegó de improviso. Desde los confines de un mundo imaginado, seguramente narrado con esa belleza con la que ella solía nutrir sus relatos, parece que perdimos la voz de Liliana. Era, es, escritora, autora de aquella inolvidable “La saga de los Confines”, un proyecto que le demandó siete años y en el que creó un universo mágico, inspirado libremente en los mayas, los aztecas y los mapuches. “La saga de los Confines” pertenece al género épico fantástico. Su eterno tema, la batalla del bien contra el mal, deviene conciencia colectiva contra la desintegración de la memoria de los pueblos. Recuperar desde lo ficcional las voces negadas, opuestas a las dominantes. Con la idea de Eduardo Galeano del horizonte -que se corre para que uno avance-, Liliana abrió una puerta hacia lo mágico. Las influencias que atesora son ancestrales: Bodoc rastreó en la oralidad de los relatos mapuches, el olor a maíz caliente de la escritura ideográfica azteca y lo que quedó traducido -“traducir significa algo”, aclaraba- de la literatura quiché, el Popol Vuh, del que tomó su cadencia y musicalidad como ideas madre. Luego abrevó en los cronistas de Indias, los Diarios de Cristóbal Colón y las Cartas de Hernán Cortés a Carlos V, que testimonian en un castellano colonial, llano y triunfal, la devastación de un imperio a manos de otro.

La entrevistamos hace ya muchos años. La leímos hace tiempo, la leerán nuestro hijos e hijas, seguramente. Será el mejor regalo de Liliana: abrirle la ventana a la magia, a la belleza y a la fantasía a todos y todas, como hizo con nosotros, como hizo con tantos lectores en el país y en el mundo…

“No importa cuánto nos esforcemos en contar. La memoria tiene infinitas puertas y por eso nunca estará completa. Es solo dar cuenta de algo para que se abran cien vacíos, cien preguntas. ¿Qué ocurrió con Muesca-Cinco, el hijo más débil del guerrero? ¿Y cómo continuó la resistencia en las Tierras Antiguas? ¿Nacieron nuevos Brujos de la Tierra? ¿Cómo nació el sagrado juego del yocoy?¿Por cuál de los dos ríos de su sangre se inclinó Yocoya-Tzin, heredero del trono del País del Sol?¿Y la Destrenzada? ¿Y antes? ¿Y el Brujo Halcón en su metamorfosis? La Sombra y Vieja Kush están sentadas a la vera del tiempo, enhebrando un collar sin sentido. Cien respuestas para que se abran cien nuevos vacíos, cien nuevas preguntas. Los relatos son el modo más humano del tiempo. Y solo narrando, de tarde en tarde, de boca en boca, nos hacemos eternos.”
Liliana Bodoc, Relatos de los Confines: Oficio de búhos

Fotos: Tinkuy Libros y Fernando Calzada
Fuentes: El Sol, Los Andes, Sudestada y PáginaI12

Cultura

ES HIPOACÚSICA Y TUVO QUE ABANDONAR SUS ESTUDIOS POR NO TENER INTÉRPRETE DE LENGUA DE SEÑAS

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Tras haber iniciado sus estudios como contadora pública, la joven platense tuvo que abandonar la carrera porque la UNLP no le brindó los intérpretes que había prometido.

Delfina es una joven de La Plata que deseaba estudiar una carrera de grado tras el fin de sus estudios secundarios y eligió estudiar para ser contadora pública en la UNLP. Eligió dicha universidad no solo por el prestigio que tiene, sino también porque contaba con la posibilidad de tener un intérprete en lenguaje de señas, requisito necesario para ella que tiene hipoacusia.

Cuando quiso inscribirse, tuvo entrevistas con representantes de la facultad que estaban vinculadas a las posibilidades de accesibilidad. Sin embargo, tiempo más tarde, continuaba sin un intérprete que la asistiera en su hipoacusia para llevar adelante sus estudios y tuvo que dejar la carrera, a pesar de sus reclamos y planteos sin respuestas de la UNLP.

“Antes de terminar la secundaria elegí la UNLP para estudiar la carrera de Contador Público. La elegí porque vi una publicación que decía que tenía una buena accesibilidad de intérpretes de Lenguaje de Señas para personas sordas”, contó Delfina Garriga Martín a El Día de La Plata. También comentó que realizó la inscripción, dando a conocer la condición y con el certificado de discapacidad adjunto.

UNLP
La Universidad de La Plata es de las más prestigiosas del país.

Luego de eso le siguieron encuentros y entrevistas con personal universitario que le aseguraron que los servicios de intérpretes le serían brindados pero las falencias de la casa de estudios, que fue alma máter de René Favaloro, se notaron desde un principio. “En febrero al querer concurrir al Taller que me correspondía debía hacerlo sola, sin intérprete, no había disponibilidad para esta etapa, me dijeron. Por ese motivo no hice el taller. Llegó marzo y comenzaron las cursada y yo no tenía intérpretes”

Cuando inició su carrera, se anotó en tres cursadas para el primer cuatrimestre pero solo en una pudo contar con la asistencia de un intérprete, tal cual ella necesita. “La verdad es que no sé si el profesor sabía que yo soy sorda, mucha información, casi toda, no la entendía y así fue que no sabía de los exámenes y trabajos prácticos hasta uno o dos días antes”, explicó Delfina.

Ya sin la motivación inicial, Delfina lidiaba con la frustración de no haber podido adquirir los conocimientos para los exámenes que se le avecinaban y tuvo que tomar la dura decisión de abandonar la carrera. La excusa de la UNLP, según contó la joven, fue que se habían inscripto más sordos y la demanda de intérpretes los excedió.

UNLP Económicas
La Facultad de Ciencias Económicas es donde se dicta la carrera de Contador Público que había iniciado Delfina.

Para lidiar con esa situación, quiso apelar a la contratación de un intérprete particular que le ayudara pero, la universidad, se lo impidió: “Me dijeron que debía ser un intérprete de la Facultad”.

“Abandoné porque siento que la Facultad no cumplió con lo que dijeron”, comenta Delfina que esperaba que, si se hubiera dado la situación de dejar sus estudios, fuera por cuestiones que dependieran de ella: “Me hubiera gustado que fuera mi decisión de seguir o no si no me gustaba la carrera, o no me sentía bien, pero siento que mi derecho a estudiar se vio perjudicado por una falla de la no soy responsable”.

“Son muchas las personas sordas que están en esa situación, pero no la cuentan. Yo decidí contarlo porque tenía muchas ilusiones de poder estudiar, de intentar ser una profesional y no pude, al menos esta vez”, agrega con frustración por la decisión que tuvo que tomar con respecto a su carrera y con el ánimo de que, al conocerse su situación, otra persona con hipoacusia tenga que pasar por los momentos tristes que le pasaron a ella en la Universidad de La Plata.

FUENTE : MDZOL.COM

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Cultura

“FÚTBOL, PURA POESÍA COLECTIVA”

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El próximo viernes 6 de mayo a las 18:00 en El Argentino Bar, Chacabuco 3627, se realizará con entrada libre y gratuita la presentación del libro del periodista Mario Giannotti “Fútbol, pura poesía colectiva”. Durante el encuentro, que tendrá la coordinación y conducción de Jorge Jaskilioff y Gustavo Galera, se llevará a cabo un homenaje recordatorio al Toro Daniel Abelén y al Turco Marcelo Sanjurjo.

Los cantautores Marcelo Sulpizio y Pitu Farias serán parte de la actividad interpretando reconocidas canciones de su repertorio, además el locutor y conductor Pablo Salgado leerá algunos de los textos que forman parte del mencionado libro.

“Fútbol, pura poesía colectica” es una obra literaria profundamente futbolera que amalgama, en las 250 páginas distribuidas en tres capítulos, apasionadas crónicas periodísticas donde los personajes en cuestión trascienden lo estrictamente deportivo, una de serie cuentos que narran los vínculos afectivos y emocionales que despierta el fútbol adentro y fuera de un campo de juego y una entrañable evocación maradoniana para Diego Armando Maradona. El autor describe en “11 textos para el 10”, su admiración, su amor incondicional para el Pelusa, para el superhéroe de su infancia, para el mejor futbolista de todos los tiempos.

Escribió el autor: “Este libro está dedicado a todas y a todos los que aman el fútbol, que atesoran en lo más profundo de sus corazones momentos inolvidables en una cancha, como jugadores o simples simpatizantes. Para los que batallan contra el paso del tiempo y nunca dan una pelota por pérdida, para los que todavía sueñan hacer ese gol que Diego, Mario Kempes y Lio Messi nunca pudieron marcar, para los que miran al cielo y le dedican una linda jugadita a los que alientan desde una estrella fugaz, para los que corren todo el partido, para los que piensan en los momentos difíciles, para los que afrontan las derrotas con dignidad y emprenden humildes el camino silencioso de las revanchas, para los que te abrazan el alma en cada festejo de campeonato, para los que te secan las lágrimas en un descenso lapidario”.

Marcelo Bielsa, Carlos Miori, Alejandro Giuntini, el Lobo Roberto Falcone, Luis Ávila, el Negro San Martín, Carpeta Eito, el Doctor Ernesto Castillo, los ex soldados combatientes en Malvinas Gustavo Panaggio y Darío Gleriano, Antonio Ruberto, el Toro Abelén, Hugo Carli, Fernando Cuesta, Gustavo Galera, Carlos Bilardo, César Menotti, Daniel Passarella, Osvaldo Wehbe, Marcelo Sanjurjo, El Che, Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa, Lio Messi, Víctor Hugo Morales, Mario Trucco, el Cholo Ciano, dirigentes, jugadores y simpatizantes de la Liga Marplatense de fútbol, forman parte, entre otros del libro de Mario Giannotti.

La tapa fue diseñada y creada por el dibujante humorístico Jorge Tesan y la edición fue responsabilidad del escritor y músico Javier Chiabrando para editorial Gogol.

 

FUENTE : MARTA ABACHIAN

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Cultura

DÍA INTERNACIONAL DEL BESO: HAY QUE BESARSE MÁS

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Desde que en Tailandia se festeja el día de los enamorados con un certamen que premia el beso más prolongado, se impuso el 13 de abril como el Día Internacional del Beso. ¿Cuáles fueron los besos inolvidables?

Cada 13 de abril se celebra el Día Internacional del Beso en homenaje a un beso de 46 horas, 24 minutos y 9 segundos que se dieron Ekkachai y Laksana Tiranarat una pareja de la ciudad de Bangkok, el 14 de febrero del año 2011, cuando se inauguró en Tailandia una modalidad, al menos original, de festejar San Valentín: un certamen de besos que premia la resistencia.

Ese record del año 2011 fue superado el año siguiente cuando, en el mismo certamen tailandés, dos jóvenes hombres se besaron ininterrumpidamente durante 50 horas, 25 minutos y 1 segundo.

¿Pegados con La Gotita? ¡No! Sólo querían ganar € 2.500, dos anillos de diamantes (€ 4.500) y un paquete para ir de vacaciones.

Beso 20220412
En el templo Khajuraho, en India, se encuentra el registro artístico más antiguo del beso (2.500 a.C.).

¿Hay amores que matan? Tal vez, pero en el caso tailandés, como mínimo resultan agotadores: más de dos días sin comer ni beber, en los que lo único permitido era sentarse, si los besadores lo requerían indicándolo con gestos, ya que separar sus labios los hubiera descalificado de la competencia.

¿Pasión sin límites? Claro que no, ya que el experimento tailandés, que ya se replica cada año, dejó en claro que besarse, además de significar muchas cosas, también podría ser un premio a la resistencia física.

Beso, más y más

O un gran incentivo económico. De hecho, la pareja ganadora del 2011 volvió a superar todos los records en 2013, cuando se besó nuevamente sin pausa y sin límites durante 58 horas, 35 minutos y 58 segundos. Un amor –¿o un esfuerzo?- que mereció un lugar en el libro Guinness de los Records mundiales.

Beso 20220412
La teoría más aceptada hoy es que el beso nació en la India.

Somporn Naksuetrong, organizador del certamen tailandés, asegura que su intención, lejos de ser comercial, busca “fortalecer las relaciones humanas y celebrar valores como el amor y la familia”, dijo mezclando un poco los tantos.

Besarse, ante todo

Hay muchas teorías que intentan explicar cuándo, cómo y porqué nació el beso. Algunos creen que se originó en la lactancia incluso en los arcaicos tiempos de los homínidos, cuando las familias alimentaban a sus crías pasándoles alimento a través de la boca.

El registro actual más antiguo del beso proviene de Oriente. En las paredes de los templos de Khajuraho, en India, los arqueólogos encontraron imágenes de besos esculpidas en piedras que datan del año 2500 a. C. Y a este dato deberíamos sumar el Kamasutra, libro sagrado de Vatsyayana que describe el caracter naturalmente divino del sexo,  en el siglo III después de Cristo.

Beso 20220412
Entre los animales, es más antiguo aún.

Hace más de 4.000 años, en el los antiguos pueblos semitas, el beso era un saludo habitual entre iguales: en la mejilla para la amistad, en la mano para expresar sometimiento, y en la boca para expresar devoción.

El beso en los días de la Grecia clásica

En la Antigua Grecia, nadie se besaba en la boca. Un poema de Teócrito del siglo IV a.C., permite pensar que el beso a la griega consistía en besar la cabeza, mientras se tomaban con las manos las mejillas del otro: ““Ya no quiero a Alcipe: le llevé una paloma y no me tomó las orejas al besarme”, se quejaba el poeta. Algunas líneas de la Ilíada y la Odisea permiten pensar que besar los ojos y a veces las manos también eran una variante aceptada del beso.

Después de conquistar todo el Imperio Persa (330 a. C.), Alejandro Magno llegó hasta los valles del Indo y del Ganges y de ese primer contacto con el Lejano Oriente trajo maravillas desconocidas en Occidente, como por ejemplo, el beso.

El beso en cada cultura

Además de que acerca –o tal vez aleje- a las personas, al beso se le otorgan poderes sorprendentes que superan el estadio erótico: desde una práctica más eficaz que el baile para quemar calorías hasta un “tónico” indispensable para fortalecer el sistema inmunológico, parece que el beso prolonga la vida.

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El icónico beso post bélico, Kissing the War Goodbye, fotografía de Victor Jorgensen (US archives).

El beso es la droga natural más sana que existe, ya que su práctica incrementa la secreción de oxitocina, la hormona responsable de generar cambios físicos y neurológicos vinculados al placer, el enamoramiento y el afecto

Pero el beso no significó lo mismo en cada cultura ni en cada época. En el antiguo imperio persa sobre el que se aventuró Alejandro Magno ya existía y se practicaba el beso, aunque el macedonio lo hubiera ignorado. Los hombres persas poderosos se besaban en la boca para sellar un pacto, manifestar su unión e incluso convalidar su mismo status social.

 

Beso y traición

Por culpa de Judas Iscariote, la Biblia, el libro sagrado de los católicos, convirtió al beso en un gesto de traición. Entre los celtas, en cambio, era un compromiso: si un hombre besaba a una mujer en público, asumía tácitamente que se casaría con ella; y si no lo hacía lo obligaban a hacerlo, para enmendar “esa marca”.

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Contundente beso de camaradería entre pares, Erich Honecker y Leónidas Breznev, 1979.

Muy por el contrario, los franceses que aún hoy se saludan repartiendo generosamente tres besos en ambas mejillas -incluso entre hombres-, besar a una mujer no significaba nada especial; una práctica de la que hicieron uso y abuso nobles y cortesanos de todas las generaciones.

 

Beso victoriano y correligionario

La Revolución Industrial (1760-1840) británica difundió el beso entre los pares, pero la llegada de la Reina Victoria al trono del Reino Unido la relegó a una práctica de la intimidad, censurable si se colaba en la vida pública de la sociedad.

Sin duda remite a la práctica persa, el fervoroso beso comunista que se dispensaron los líderes Erich Honecker, de Alemania Oriental, y Leónidas Breznev, de la Unión Soviética, en junio de 1979 cuando quisieron sellar con un simbólico beso los 30 años de la República Democrática Alemana.

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La última imagen de John Lennom tomada el mismo día de su asesinato. Besar y luego morir.

Pero que las culturas cambian y las prácticas también lo demuestra el sencillo hecho de que, por ejemplo, el beso entre personas del mismo sexo no está bien visto en la Rusia de hoy.

Así que en materia de besos siempre podrá haber novedades. Lo importante, es que nunca falten.

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FUENTE : PERFIL

 

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