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Sociedad

A 20 AÑOS DEL ESTALLIDO: UN PASADO QUE SE ANCLA AL PRESENTE EN CADA ESQUINA

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La crisis del 2001 ya se venía sintiendo años antes del estallido del 20 de diciembre. La pobreza, el desempleo y las dificultades en todas las esferas de la vida se transformaron en el hilo conductor compartido por miles de familias. La mía, entre ellas.

Las secuencias aparecen vívidas en mi mente si intento volver la memoria veinte años. No solo porque es difícil borrar el agite que provocaba saber que en la puerta del supermercado más cercano a mi casa la tensión crecía y los vecinos estaban con miedo. “Parece que han saqueado los dos súper chiquitos de acá cerca porque no hay para comer. Mucha gente ha salido con cacerolas y tarros para hacer ruido y en Buenos Aires la cosa está terrible”, había escuchado el comentario por la mañana.

Hacía un tiempo que el único televisor que teníamos en casa se había roto. Y no había dinero para comprar uno ni para arreglar ese viejo Sony. Por eso, cada relato que íbamos escuchando de lo que sucedía en el país, era a través de una pequeña radiecito a pilas con forma de jabón que había en casa.

Que el presidente, en medio de los reclamos populares se tomó un helicóptero y salió de la Casa Rosada mientras gendarmería sacaba a la gente con golpes, balas de goma y gas pimienta. Que cinco personas fueron asesinadas ahí, en ese momento y en medio de un reclamo absolutamente genuino. Que en cada rincón del país el grito sonaba al unísono: “Que se vayan todos”. El hambre, el desempleo y la imposibilidad de rescatar esos pocos ahorros logrados en toda una vida, marcaron el punto de quiebre.

El dolor y la impotencia por no poder avanzar a pesar de todos los esfuerzos generaron una bomba de ira social, mientras los capitales que había se fugaban en manos de grandes empresas. Todo, era captable desde esa pequeñez de radio que cada tanto perdía la señal.

Ese día no fui a la Facultad. También quedó suspendido el festejo de cumpleaños de mi mejor amiga, que casualmente, los cumple el 20 de diciembre. El saldo de personas asesinadas en pleno reclamo democrático, incluyendo a niños, trepó en cuestión de horas a 39. Una herida sin reparo ni consuelo alguno.

Las escenas no solo permanecen en el recuerdo de manera nítida por esa profunda crisis económica, social e institucional que tantas veces se aborda y analiza al hablar de historia Argentina reciente.

Desde hacía ya varios años, las necesidades materiales se habían vuelto cotidianas. Con la década del ’90, años de ajustes, desempleo y privatizaciones, mi madre, mis ocho hermanos y yo pasábamos el día a día resolviendo la urgencia del hambre, creciendo entre el dolor de haber perdido a un padre que a causa de un derrame cerebral, no pudo sostener y ni ver crecer a sus nueve hijos. La conciencia de aprender a base de sacrificios, cada uno con la idea firme de estudiar, trabajar y colaborar en la economía familiar, nos hizo, quizás, pegar un salto de gracia hacia el puente que une la niñez con la adultez.

Pasaron los años; las políticas del gobierno de Carlos Menem (ajuste estructural, privatizaciones, “achique” del Estado en todas las áreas sociales y flexibilización laboral) habían llevado ya a millones al costado de la marginalidad; allí, donde el abandono tiene la cara de un niño mirando desde una acequia, con el vientre hinchado de aire y el pelo descolorido por la mala nutrición. La desocupación había hecho estragos en aquellos años de contar monedas y dividir el pan entre diez. Casi rozando el año 2000, la realidad no se había modificado demasiado; más bien, se complejizó. La buena noticia siempre venía de la mano de personas de buen corazón que deseaban ayudarnos. Distinto era el trato (o destrato) que el Estado tenía por entonces con las familias más desprotegidas, mientras que en los barrios, los gestos de ayuda mutua y trabajo colectivo iba ganado terreno.

Todavía siento el dolor en mi pie derecho de tanto recorrer las calles del centro con los clasificados del diario en la mano, la desazón al llegar a casa sin haber podido encontrar un trabajo estable y que me permitiera contar con un sueldo para ayudar a mi mamá y mis hermanos. Las posibilidades laborales para los jóvenes de Argentina sobre el final del siglo pasado eran precarizadas al extremo. Para postularse a atender, por ejemplo, una estación de servicio, se podía encontrar al menos 600 personas que eran entrevistadas en un lapso de al menos 12 horas de espera. Recuerdo la situación porque la viví. Eran solo cuatro vacantes y antes de pasar la etapa de la entrevista, era necesario asistir y aprobar un curso de atención al público y funcionamiento de las estaciones de servicios. Allí aprendí sobre “octanaje”, “packaging” y otros conceptos. Rendí sí, junto a decenas de personas. Aprobé. Pero la estación nunca abrió debido a la crisis general del país.

Miro al 2001 y recuerdo a mi hermana volviendo del trabajo con bonos para pagar la comida en algún almacén que los recibiera, a mi madre amasando y haciendo rendir cada ingrediente al máximo para que la olla alcanzara entre nueve. Nueve y no diez, porque ella misma no contaba su plato. “Me tomo un yerbeado y listo; no hay problema”, decía para que comiéramos. En el alma llevé el dolor por despedir a mi hermano (el mayor de los tres varones), que tomó un avión hacia un rumbo que tan solo con esfuerzo, amor y dedicación, logró establecer a miles de kilómetros de aquí.

Así como miles de familias; de padres, madres y hermanos que lloraron la partida de su ser querido que emigró. Así, como los millones de argentinos que sufrieron la crisis y con mil historias que hablan de resiliencia y solidaridad podrán decir que en el camino, algo aprendieron. Ya pasaron 20 años; por aquél entonces tenía 23. La historia, de alguna forma parece repetirse en manos de un país que no logró revertir aquél crudo remezón. Que aún extraña a aquellos que partieron, que llora infancias quebradas por el abandono. La historia cada tanto, se parece mucho al presente.

 

 

Zulema Usach

ZULEMA USACH

FUENTE : MDZ.COM

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Salud

“Generación sándwich”: cuidan a sus padres y a sus hijos y son cada vez más

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“Generación sándwich” es la etiqueta literal que los demógrafos les ponen a quienes quedaron en el medio de la doble tarea de criar hijos y cuidar padres al mismo tiempo.

Aunque no es una camada popular -opacada en la sociología y la psicología por las crisis de los millennials y los cuestionamientos de los centennials- este grupo cuarentón y con mayoría de mujeres, crece en el país bajo un estrés igual de galopante.

Y, sí. Toda tarea de cuidado culturalmente aún recae más sobre las mujeres que los hombres. De todas formas, el costo emocional y financiero de ese nivel de responsabilidad en doblete puede ser aplastante para una sola persona, más allá del género. Y se profundizó en pandemia, con el cierre de escuelas y asilos.

Hace décadas que los datos duros indican que en Argentina se tiene hijos cada vez más lejos de los 30 y más cerca de los 40. Así, los padres y madres de estas nuevas madres y padres son cada vez más mayores y pierden autonomía.

La traducción fiel del inglés sería “apretada” y según el Pew Research Center más de la mitad de los estadounidenses de 40 años están “ensanguchados” entre un padre anciano y sus propios hijos. Tanto allá como acá, muchas personas de esta generación “aplastada” tuvieron que cambiar de horario y hasta de trabajo para vivir más cerca un padre o madre con problemas de salud o de sustento económico.

Es que también hace décadas que las familias cada vez son menos numerosas y no abundan hermanos y hermanas con quien dividir la responsabilidad adulta de ser hijo.

A eso hay que sumarle la flexibilidad que demandan las propias necesidades de la crianza. Y una complejidad extra si no hay bolsillo para niñeras y actividades extracurriculares. Ni para las cuotas de residencias para adultos mayores.

Historias “apretadas”

“Yo soy de la generación sándwich”, dice S., una mujer de 52 años que contará su historia a Clarín de forma anónima. Es periodista y politóloga.

“Estudié la primera carrera en el Instituto Grafotécnico y la segunda en la UBA mientras trabajaba y acompañaba a mi viejo en su comercio familiar de electrodomésticos. Recién después de recibirme de la segunda y mientras estudiaba Inglés, a los 38 años decidí tener mi primer y único hijo. Nació un día antes de mi cumple 39″, arranca.

Ese preadolescente hoy tiene 13, y S. se siente una “madre grande, pero joven de pensamiento”. Su pareja tiene 57 y su madre murió a los 82 después de haberla cuidado en su enfermedad durante mucho tiempo.

Relata cómo es ese bis de cuidados.

“Tenemos mucha comunicación con nuestro hijo, nos adaptamos a la tecnología, lo acompañamos en las redes sociales, con sus amigos, y apoyamos su evolución en salidas. Como periodista he recorrido entre balas o protestas de gases lacrimógenos, pero a medida que tu hijo crece, la ley de la vida te muestra que todo es transitorio. Se va tu mamá y tu viejo se jubila a los 86 porque está cansado y lo tenés que acompañar”.

Lo ve como todo un desafío. “De repente te ves triunfando en lo mejor de tu carrera pero con tu hijo y tu padre a cargo sólo de vos”. Y también ve el lado del disfrute. “Verlos juntos, nieto y abuelo, compartiendo a su madre e hija, es lo más”.

Según datos exclusivos del Registro Civil de la Provincia de Buenos Aires a los que accedió Clarín, en 2020 el porcentaje de mujeres con 38 años al momento de parto era del 2,26%, con 4.003 inscripciones en referencia al total de las concretadas ese año. En menos de tres años, el porcentaje de madres de esa edad no para de crecer: en 2021 fue el 2,35%, en 2022 subió a 2,36% y en lo que va de este año ya es del 2,43%.

Y hay más datos de esta madurez de parturientas. Las mujeres que en 2020 tenían 40 años al momento de parir alcanzaron el 1,47%. Al año siguiente la cifra llegó a 1,50%; en 2022 escaló hasta el 1,66% (2.610 partos) y en lo que va de 2023 ya parieron en territorio bonaerense 176 con esa edad: el 1,64% del total de inscripciones del año.

Las mujeres de la generación sándwich “se anulan a sí mismas”. Así lo dice Violeta Gorodischer, autora de Desmadres. De la experiencia personal a la aventura colectiva: la decisión de maternar hoy (Planeta). Y marca que sucede en la clase media, donde la maternidad ocurre cada vez a edades más tardías.

La escritora citó otro caso puntual y extremo. “Una madre que tiene una hija con una cardiopatía congénita y un retraso madurativo con lo cual en su caso esta sobrecarga de cuidados simultáneos de padres e hijos se duplica“.

El tema también invoca para hablar de hombres en la crianza y el cuidado de adultos mayores.

“Las encuestas siguen mostrando que el doble de las tareas de cuidado recae en las mujeres. Eso tiene que ver no tanto con que se haya redistribuido sino con que se han tercerizado también a mujeres (personal doméstico, niñeras, guarderías). También con como los hombres en los sectores populares ven al cuidado en otras tareas, como la construcción de viviendas o la protección física en zonas peligrosas”, apunta.

Andrea Giroldi tiene 51 y casi gritó “¡Es mi historia!” cuando Clarín le propuso ser uno de los testimonios de esta nota sobre una generación bastante anónima.

“Somos una generación bisagra. Mujeres que deben triunfar: ser buenas madres e hijas (NdR: lo dice por ese mandato limitante)Estamos criadas con una mentalidad anterior pero inmersas en un mundo joven. Desde el colegio me hicieron bullying por ser ‘la pobre becada’. Me recibí de abogada, trabajé en el Poder Judicial, viajé mucho y recién a los 39 años quise ser madre. Me vi enfrentando una crianza sola. Y también sola estoy en el cuidado de mi madre”, cuenta Andrea.

El padre ausente de Camila (11) vive en el interior y Andrea divide el día en mil horas. Entre la nena y su madre de 92 años, que está en un hogar pero que lleva a su casa en la semana y visita casi todos los domingos. Pero hay alguien más.

“Tengo otra mamá y el trato es con las dos. Nací de una niña madre (que hoy tiene 67) y fui adoptada. Mi mamá de 92 tiene poca movilidad y cuento con uno solo de mis hermanos. Pero como soy mujer casi todo recae sobre mí“.

Era más sencillo en la primaria, cuando su hija iba a un colegio bilingüe gran parte del día.

“Cuando terminó la cambié a un colegio de turno simple, porque está federada en gimnasia artística y compite. Vivo una lucha interna entre lo que debe ser y lo que la hace feliz. Tengo los mandatos maternos de una mujer de 92, conviviendo con madres del colegio de mi hija que tienen 30 años”.

Entre dos vínculos

La trabajadora social Dorothy Miller publicó por primera vez en 1981 un artículo sobre la “generación sándwich”. Desde ese momento habló de todo género pero se enfocó en las mujeres para inventar un término que, literalmente, refería a las mujeres de entre 30 y 40 años que se encontraban atrapadas (como el jamón y el queso en el pan) entre los cuidados de sus hijos y sus padres mayores.

María Julieta Oddone es investigadora principal del CONICET y directora del Programa Envejecimiento y Sociedad de FLACSO. Autora de papers sobre el envejecer de Argentina, actualiza en profundidad este fenómeno vincular emparedado.

“El envejecimiento que se dio en el mundo en general y en Argentina en particular hizo que aumentara la expectativa de vida y haya una disminución marcada de los nacimientos. Esto implica que en las estructuras poblacionales coexisten varias generaciones. Hay personas que cada vez viven más pero hay cada vez menos descendientes. Muchas personas no tienen hijos o tan sólo tienen uno. La composición familiar disminuye. Prevalecen cada vez más los hijos sin hermanos, sin primos o sin parientes colaterales”, detalla a Clarín.

El año pasado la natalidad cayó al nivel más bajo de la historia: nacen cada vez menos argentinos. Es del 1,5%, muy por debajo de la tasa de remplazo generacional.

Esto muestra que la generación sándwich estará tan demandada en su dúo de cuidados que en la sociedad ya cambió el paradigma de que quien cuida a un adulto mayor es joven.

“Vemos en Argentina cómo cada vez más personas viejas cuidan a otras personas viejas. Gente de 80 años cuidando a hermanos, esposos y hasta hijos. Incluso a niños. No es sólo la generación de los jóvenes cuidadores. Como se tienen menos hijos o no se los tiene, se termina la solidaridad generacional vertical de cuidado. Se vuelve horizontal: se comienza a dar entre las mismas generaciones. Está marcado el autocuidado de los adultos mayores”, puntúa la investigadora.

Por eso, según Oddone, así como la generación sándwich enfrenta ese cambio que todavía no se dio en la igualdad de las tareas de crianza y cuidado de personas, “deben pensarse políticas sociales en términos de cómo van a cambiar los recursos entre los cuidados de las distintas generaciones”.

AS para Clarin

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Sociedad

Qué pasó con la Ley de Talles y por qué es importante su implementaci

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Esta norma se aprobó en el Congreso argentino en 2019 y fue reglamentada en junio de 2021; pero aún siete de cada diez personas tienen problemas para encontrar ropa de su talle

¿Qué pasó con la Ley de Talles? ¿Sabías que en nuestro país siete de cada diez personas tienen problemas para encontrar ropa de su talle? Esta poca diversidad puede generar problemas de salud, sobre todo porque muchas personas se van a exponer a realizar dietas muy restrictivas para encajar en determinados talles que impone una sociedad que es poco inclusiva.

Esta ley, que estamos esperando que se implemente, establece que la totalidad de la indumentaria destinada a la población a partir de los 12 años de edad, deberá ser fabricada, confeccionada y comercializada de acuerdo a los talles estandarizados, según las medidas corporales de la población argentina, y esto surge de un estudio antropométrico que estuvo a cargo del INTI.

Por lo tanto, ahora estamos a la espera de que la ley comience a aplicarse y vivamos en un país más inclusivo que respete las diversidades corporales, sin ningún tipo de discriminación.

Las medidas antropométricas de la población argentina fueron realizadas por expertos del INTI / GettyLas medidas antropométricas de la población argentina fueron realizadas por expertos del INTI / Getty

Lo cierto es que esta norma se aprobó en 2019 y fue reglamentada en junio de 2021; y aún no entró completamente en vigencia. De todas maneras, antes que vayas a evaluar cuál es el peso con los talles de ropa, existen herramientas que se pueden utilizar para bajar de peso. Según los datos de la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo del Ministerio de Salud de la Nación, seis de cada diez personas (61,6%) mayores de 18 años están excedidas de peso, valor que se distribuye en un 36,3% con sobrepeso y 25,3% con obesidad, tendencia que viene en permanente aumento desde la realización del primer relevamiento en 2005.

Además, más de la mitad (56,9%) admitió que ganó peso durante la cuarentena. La falta de movimiento, el comer emocional, el picoteo, el aumento de las porciones y la falta de rutina tuvieron un impacto negativo en nuestro peso. Aquí 5 herramientas para adelgazar sin tomar los talles como parámetro.

1- Balanza

Es muy importante que lleves un control de tu peso y no te guíes, por ejemplo, por el talle de un jeans, porque cuando no te entre probablemente hayas aumentado 3 ó 4 kilos. Cada cuánto pesarte, lo vas a decidir vos. Hay personas a las que le genera ansiedad pesarse todos los días, y hay otras a las que les da seguridad. Como recomendación: por lo menos hacelo una vez por semana, por la mañana y siempre con la misma balanza.

Llevar un registro de comidas es esencial, puede ser escrito o por foto / Llevar un registro de comidas es esencial, puede ser escrito o por foto /

2- Lleva un registro de comidas

Esta clase de registro puede ser escrito o con fotos, ya que está demostrado que las personas con sobrepeso declaran un 30% menos de lo que en realidad comen, que puede ser por negación o pudor. Esto te va a ayudar a tomar consciencia de qué comes, cuánto, o cuáles son los momentos de mayor hambre. Es muy fácil de hacer, tenés que anotar con la mayor cantidad de detalles posibles, qué comiste y a qué hora. Podés hacerlo antes o después de cada comida. O, si preferís el uso de la tecnología podés sacarle fotos a todo lo que comas y organizarlas por día. Vas a ver que una cosa es lo que comes y otra lo que crees que comes.

3- Contar pasos diarios

Hoy hay apps gratuitas que cuentan pasos y sabemos que el sedentarismo tiene un impacto directo en el sobrepeso y en la obesidad, e implica un aumento del riesgo cardiovascular incluso en personas delgadas. La idea no es que empieces ya a entrenar para una maratón, sino que el objetivo es movernos más, de a poco pero sostenidamente. La recomendación ideal es de 10.000 pasos al día. Yo te desafío a que cada día, a tu propio ritmo te muevas un poco más. Lo importante es que lo transformes en un hábito.

Más allá de establecer una meta en cantidad de pasos, también es importante exigirse un poquito más cada día / (Getty Images)Más allá de establecer una meta en cantidad de pasos, también es importante exigirse un poquito más cada día / (Getty Images)

4- Crear ambientes seguros para regular la comida

Es importante que no compres grandes cantidades de aquellos alimentos que te disparen el picoteo o el descontrol alimentario. Los seres humanos no estamos preparados para dejar de comer alimentos sabrosos y placenteros que tenemos delante de nuestros ojos. Planificá la compra y el menú semanal, teniendo en cuenta alimentos placenteros pero en moderada cantidad.

5- Utilizá las redes sociales o Google para explorar sobre nuevas recetas

Anímate a probar diferentes alimentos y formas de preparación. Pero olvídate de utilizarlo para buscar dietas o productos de moda, que no solo no ayudan en la pérdida de peso, sino que pueden perjudicar de muchas maneras tu salud. Siempre que tengas dudas, consulta a un profesional. Y acordate que el cuerpo ideal, es una construcción cultural. Lo que buscamos es un cuerpo cómodo.

* Romina Pereiro es licenciada en nutrición MN 7722

* Producción: Dolores Ferrer Novotný / Edición: Rocío Klipphan

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Sociedad

MDP : Elvira Ramiez de Botta sus 100 años y mas

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Docuento fílmico con la historia de vida de Elvira Ramirez de Botta , contada por ella misma .

Conocida en el ambiente del basquetbol y de toda la ciudad de Mar del Plata Partido de General Pueyrredón como Elvira Botta.

Referente de la dirigencia del deporte y del basquet femenino y de su entrañable club de barrio Cadetes de San Martin en particular.

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