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Opinión

Director Técnico, el peor oficio del mundo

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“Los entrenadores –dijo el italiano Giovanni Trapattoni- son como el pescado: pasado un tiempo, empiezan a oler mal”. No importa si el campeonato es corto, largo o superliga: los directores técnicos son los fusibles que saltan cuando el equipo pierde. En cuatro meses, trece DT de Primera dejaron su cargo. Alejandro Wall habló con entrenadores de todas las categorías para entender cómo es vivir sometido al estrés permanente de ser despedido.

Hay un día que es el día del director técnico. Se festeja el 13 de noviembre. Chacarita saludó para esa fecha a Walter Coyette con un tuit. “¡Feliz día, Gastón!”, le escribieron desde la cuenta del club en un flyer sobre su figura. Quince días después, Coyette anunció que dejaba el cargo desde sus redes sociales. Chacarita había perdido el séptimo partido del torneo, en el que sólo ganó uno y empató tres. Los dirigentes habían dicho que lo apoyaban, querían que siguiera. Coyette les agradeció, pero dijo que se iba. Sin saberlo, es probable que su decisión haya sido un homenaje a un aforismo de Alfredo Davicce, el ex presidente de River: “Mi obligación es respaldar al técnico hasta cinco minutos antes de echarlo”.

 

Los entrenadores de fútbol manejan el joystick de nuestro humor. Son los administradores de la angustia ajena. Una vez, durante una cena, un grupo de amigos le reprochó a un periodista deportivo que reclamara con tanta vehemencia la renuncia de un técnico de la selección: que jugaba con el trabajo del otro, que no estaba bien, hay familias que viven de eso, le decían. Lo trataron de buchón. “¿Saben qué pasa? –frenó el periodista a sus inquisidores- Que no es un trabajador como cualquiera, tiene que armar un equipo, laburar para la felicidad de los demás. Si no puede hacerlo, se tiene que ir por el bien de todos”.

 

Esa respuesta vive en la base del imaginario social sobre los técnicos; es la razón por la que se trata del oficio con más reclamos colectivos de renuncia, quizá después de los funcionarios públicos, bajo la noción tribunera de que con algunas cosas no se jode y el fútbol es una de ellas. Un andate permanente. Hay que sacar a los árbitros, que cumplen el rol del villano necesario. Los técnicos, a diferencia de esos hombres, también construyen cariño, pueden convertirse en ídolos, son llevados en andas, les hacen monumentos, y les dedican cantitos y banderas. Pero todo pasa. “Los entrenadores –dijo una vez el italiano Giovanni Trapattoni- son como el pescado: pasado un tiempo, empiezan a oler mal”.

 

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En el fútbol, no hay tarea más inestable que la de dirigir a un equipo. En 2015, el canal DeporTV publicó un informe sobre la duración de los técnicos en el fútbol argentino. Se analizó lo que había ocurrido durante los cinco años previos en los equipos de Primera División: en promedio, un entrenador dura 45 partidos en un equipo. Como toda estadística despersonalizada, no refleja los absurdos. Sólo en la primera parte de lo que se llama Superliga, se fueron trece técnicos, uno por fecha. Nelson Vivas renunció a Defensa y Justicia a los cinco partidos –cuatro por torneo y uno por Copa Sudamericana- después de una pelea con los dirigentes. El uruguayo Gustavo Matosas se fue de Estudiantes después de siete partidos. Sebastián Méndez duró seis meses en Belgrano de Córdoba. El torneo que llegaba para formar a los Alex Ferguson del futuro también escupió a Diego Aguirre de San Lorenzo, a Mario Sciaqua de Olimpo, a Diego Cocca de Racing, a Paolo Montero de Rosario Central, a Omar De Felippe de Vélez, a Gustavo Álvarez de Temperley y a Mauricio Larriera de Godoy Cruz. A Coyette de Chacarita. Y al mismísimo Humbertito Grondona de su casa, Arsenal de Sarandí. Sumemos a Ricardo Caruso Lombardi, que presupuestó su huída de Tigre dos fechas antes. El caso de Jorge Almirón podría ser el decimotercero si no fuera porque tuvo una salida ordenada, después de dos años, con un título de Primera, una Supercopa y una Copa Bicentenario, además de haber llegado a la final de la Copa Libertadores.

 

—El entrenador —dice Ángel Cappa— es el más vulnerable. Y lo curioso es que no depende ni de su capacidad, ni de su trabajo, ni de lo que aporte en el mejoramiento de los jugadores. Sólo del resultado del próximo partido, cosa que no depende sólo de él sino de todo el grupo, aunque sea el principal responsable.

 

El técnico es lo que sobresale. Es el que arma el equipo, el que hace los cambios, el que enfrenta a la prensa antes y después de los partidos, el que se para en el corralito de cal, el que enfoca la cámara cuando hay un gol rival, el que tiene a un periodista a un costado para decir cuándo grita, cuándo está tranquilo, cuándo da una indicación, cuándo mira a sus suplentes. El nombre del entrenador está resaltado con fibrón fluorescente, es lo primero que detecta la ira del resto.

 

—Tenés que tener la piel muy dura para ser técnico —dice Roberto Saporiti, que a los 78 años, después de una carrera de cuatro décadas como entrenador, dirige a la UAI Urquiza en la Primera B Metropolitana—. Porque el técnico siempre queda solo. Está en medio de un círculo. Quiere salir para un lado y están los dirigentes, quiere salir para el otro y está el periodismo, los jugadores, la hinchada.

 

—Marcelo Marquez, el psicólogo deportivo con el que trabajamos muchos años, realizó un estudio y determinó que la del entrenador es una de las tres profesiones más estresantes del mundo —cuenta Mariano Soso, entrenador de Gimnasia—. Pero no quiero ser dramático, porque también está el privilegio de hacer lo que nos gusta y no quiero ser injusto con el laburante que pone el cuerpo y sus manos para un dueño, que luego se lleva lo que el hace. Es una profesión compleja, pertenecemos a un medio donde el entrenador en cuanto gana es reconocido y puede cotizarse, y en cuanto a sus equipos no alcanzan el triunfo se devalua y pierde reconocmiento. Es la lógica que impera en un fútbol mercantilizado, pero hay una contracultura dentro del mismo medio y cada vez son más los entrenadores que intentar batallar y dar pelea reinvidicando otros valores que no están asociados al exitismo.

 

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—Mucha gente trabaja de lo que puede y yo trabajo de lo quiero, no todos tienen el privilegio de hacerlo —dice Gustavo Alfaro, entrenador de Huracán—. Me moviliza una pasion y una profesion que elegí habiendo dejado de lado otra. Mi vida tomó otro camino.

 

Alfaro jugó sólo tres años como profesional en Atlético Rafaela. Estudiaba ingeniería química cuando decidió dejar la carrera para ser entrenador de fútbol. Le faltaban diez materias para recibirse. Tenía treinta años cuando debutó en el banco del mismo equipo en el que había sido futbolista.

 

—Quise ser como entrenador lo que no había podido ser como jugador. Fue una decisión difícil, pero la tomé porque seguí lo que quería. Y desde hace veinte años, mi lucha es por la dignificación del jugador y del entrenador.

 

Para Cappa, se trata de un oficio más que de una profesión. Y se dice “entrenador” más que “director técnico”.

 

—El entrenador —explica— prepara a un equipo para juegue. O sea, lo entrena. Por eso, es más preciso llamarse entrenador que director técnico. A la vez, yo siempre viví el fútbol con un sentimiento amateur, por lo que me resulta más apropiado decir que es un oficio más que una profesión.

 

—Somos entrenadores —coincide Soso—. Tenemos el ejercicio de entrenar un equipo, de conducirlo, de liderarlo.

***

La asociación que los reúne, creada el 12 noviembre de 1963, se llama Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino (AFTA). De esa organización gremial nació en 1971 el Convenio Colectivo. Pero las discusiones, en su inicio, eran otras. “Este Consejo Directivo –dice un acta de 1964- destaca y aplaude los gestos de los asociados Luis Ferreyra, Néstor Rossi y Antonio Faldutti, quienes han preferido renunciar a sus cargos en las respectivas instituciones antes que permitir cualquier interferencia de terceros en sus tareas específicas, hechos que concuerdan y robustecen los principios de la  ATFA en cuanto a jerarquizar y dignificar nuestra profesión”. La AFTA es la única institución que entrega el título oficial, el requisito para salir a la cancha con un equipo además de que te contrate un club. El curso dura dos años y se puede hacer online.

 

Uno de los que puso el nombre de AFTA sobre la mesa fue Ricardo Caruso Lombardi, el año pasado, cuando le reprochó en un programa de polémicas al secretario general, Victorio Cocco, que no lo hubiera defendido al intentar cobrar un contrato con Arsenal. Cocco hace más de veinte años que ocupa ese cargo. Ahora, según contó el periodista Matías Muzio, un grupo de entrenadores entre los que está Julio Falcioni, Omar De Felippe y Caruso Lombardi quiere desbancarlo o armar un sindicato paralelo.

 

—Lo hablamos con un grupo de entrenadores cuando estalló la crisis un tiempo atrás y no teníamos una representación gremial como la que tienen los jugadores con Agremiados —dice Alfaro.

 

El ejemplo es siempre el mismo: cuando un jugador tiene deudas, Agremiados presenta una inhibición contra el club, que no puede contratar refuerzos ni vender jugadores. Esa herramienta le permite presionar a los dirigentes en épocas de mercado de pases, además de tomar medidas de fuerzas, como el paro que retrasó el inicio del torneo a principios de año. La única herramienta del entrenador es el juicio laboral.

 

—El entrenador está totalmente desamparado —sostiene Cappa—. Inclusive aunque lo respalden y apoyen todos sus jugadores, hay muchos intereses a su alrededor que esperan su caída. Más todavía si se trata de un entrenador honesto que no entra en corruptelas desgraciadamente habituales.

 

—El periodismo juega un papel fundamental —dice Saporiti—, no sólo en la Argentina, pero no creo que haya en el mundo un país con tantos programas de fútbol. Me pone contento porque son fuentes de trabajo, acompaño eso, pero el mensaje que mandan tiene incidencia en el día a día de los técnicos.

 

—La prensa, salvo excepciones, que las hay, manipula el pensamiento del hincha para convertirlo en un consumidor. Y lamentablemente en ese sentido tiene mucho éxito —agrega Cappa.

 

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A algunos los llaman defensivos y a otros líricos, a unos les hicieron fama de sacapuntos y otros se ganaron que los llamen vendehumo; están los tacticistas, los obsesivos, los motivadores, los ultraofensivos, los jugadoristas, los gritones, los reflexivos, los tecnológicos y los bohemios; están los que admiran la escuela holandesa y los que crecieron bajo el sistema de riego bielsista, en general rosarinos. Aunque ningún muro en el fútbol argentino se levantó tan grande como el que separó a las repúblicas menottistas y bilardistas, una nomenclatura que todavía se utiliza para establecer estilos. Pero cuando se barren esas diferencias, lo que queda es lo mismo, casi un consenso: un sistema que sube y baja entrenadores sin otra variable más que la del resultado, y siempre inmediato, nunca de largo aliento.

 

—Es muy delgada la línea divisoria entre el éxito y el fracaso, pero tenés que trabajar no pensando en la inmediatez —dice Alfaro—. Siempre es más sencillo prescindir de un entrenador. Arrancamos con el cien por ciento de apoyo y morimos enterrados sin crédito en el medio de la cancha. Lo vas viviendo en carne propia, pero hay algo importante: no tenés que sentirte mal cuando las cosas no salen.

 

—Nunca le presté atención a esas presiones –apunta Cappa-. Siempre trabajé con vistas al partido venidero, tratando de que el equipo pueda jugar lo mejor posible. Como si me fuera a quedar toda la vida en ese club, aunque supiera, lógicamente, que dependía exclusivamente de los resultados inmediatos. Pero mis decisiones nunca estuvieron contaminadas por esas presiones.

 

—Forma parte de una lógica y de una dinámica que está planteada de esa manera —agrega Soso—. Por otro lado, refuerza una cultura de la inmediatez. Hay mucha intolerancia al tiempo como una plataforma que permita la construcción. Como sujetos, estamos muy atravesados por esto de que hay que conseguirlo ya sino no sirve, no vale.

 

Ser entrenador implica ser echado muchas veces y ser echado, incluso, después de unos pocos partidos.

 

—La única vez que me pasó algo así fue en Boca —recuerda Saporiti—. Duré seis fechas. Pero tuve la suerte de encontrarme con dos caballeros como Antonio Alegre y Carlos Heller, grandes personas. Me quisieron pagar parte del contrato y no se lo acepté. Cobré hasta el último día en que trabajé.

 

No todos los técnicos que se quedan sin trabajo pueden volver a sus casas sin cobrar todo el contrato, con la tranquilidad de esperar a lo que vendrá. Sin irse tan abajo en la escala social, en el proletariado del Ascenso, por ejemplo, hay historias más relacionadas con llegar a fin de mes.

 

—Siempre tuve un trabajo aparte —cuenta Néstor Ferraresi, con una larga carrera como jugador en el Ascenso y que trabaja como entrenador desde hace veinte años—. Pero hay momentos en que es complicado. En la B Nacional viajás mucho. En la B Metropolitana también se te complica.

 

Ferraresi trabajaba como tornero en el taller de su padre, en Caseros, cuando en 2006 consiguió el ascenso con Deportivo Merlo, un equipo que además era elogiado por su buen juego. Era entrenador por la mañana y obrero por la tarde. Ese trabajo extra le permitió, muchas veces, que la posibilidad de perder el sueldo del fútbol no fuera un condicionante si consideraba que tenía que dejar un club o, como les pasa a tantos, ser despedidos.

 

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—Quedarse sin trabajo es parte del oficio del entrenador. Está naturalizado, lamentablemente. Uno aprende a convivir con eso. Yo me he ido un montón de veces de clubes. Otras me echaron. Pero nunca tuve que bancarme cosas que no me gustaran para no quedarme sin trabajo. Uno tiene que tener dignidad y dignificar lo que uno hace. Yo amo el fútbol y nunca traicioné mis principios.

 

Alguna vez, Ferraresi tuvo que pedirle a los jugadores que llevaran pelotas para un entrenamiento. Con esas limitaciones se lidia en el Ascenso.

 

—Si terminara todo en un 4-4-2 o un 4-3-3 sería todo más fácil. Pero es un trabajo más profundo. Hay días en los que vas en el auto al entrenamiento y no sabés con qué te vas a encontrar: problemas con la infraestructura, jugadores que trabajan, que tienen problemas en la casa, que no cobran. Siempre te falta algo. Y tu tarea es también hacer un poco de contención a muchos chicos, casi como si fuera unas maestro, porque la realidad social está brava. En el Ascenso se ven cosas que no se ven en la Primera División.

***

En la otra punta de la estructura del fútbol está el entrenador de la Selección, que tuvo su récord cuando Edgardo Bauza se fue 252 días de haber asumido, el período más breve de un técnico en ese cargo durante los últimos 43 años. Bauza también es un caso antólogico, un freelance del fútbol que dirigió tres selecciones en 2017: Argentina, Emiratos Árabes y Arabia Saudita, a la que sólo comandó en cinco amistosos. En algún momento, dentro de los últimos cuarenta años, ser técnico de la selección fue una tarea estable que podía durar hasta ocho años. Pasó con César Luis Menotti, pasó con Carlos Bilardo, ambos campeones del mundo, pero también pudo pasar con Marcelo Bielsa, que renovó su contrato después de haber quedado afuera en primera ronda de Corea-Japón 2002, aunque renunció dos años antes de terminar su segundo mandato. A Julio Grondona le gustaba administrar ese juguete sin sacudones.

 

Dirigir a una selección –ser seleccionador- tiene características particulares. Hasta parece otro oficio, acaso menos vertiginoso y más análitico, con una abundancia de recursos que en estos tiempos implica, por ejemplo, tener a Lionel Messi. Sin embargo, hay un trabajo cotidiano que no se ve, un backstage que, salvo para el técnico y sus colaboradores, para el resto de los humanos es una espera. Jorge Sampaoli llega todos los días a Ezeiza a las 7.30. Se va a las 16. ¿Qué hace un técnico de la selección cuando no hay partidos? Hace análisis y diplomacia. Los colaboradores de Sampaoli reúnen material de estudio. Sampoli busca en ese material aspectos más concretos. Un lateral que tenga ataque interno, otro que vaya mejor por afuera, que se asocie a los wines. Y mira fútbol, mucho fútbol, incluso a equipos a los que podría copiarle ideas. Alguna vez lo dijo Pep Guardiola: “Las ideas son de todo el mundo, yo he robado lo máximo posible”.

 

Pero la otra parte del trabajo de Sampaoli es más política, una diplomacia interna, la administración de las relaciones de fuerza con los dirigentes y también con los empresarios. Hay que lidiar con la AFA, hablar todos los días con su presidente, Chiqui Tapia, pero también cada tanto con los hombres de negocios, los que arman amistosos, sea Torneos o Word Eleven, la compañía de Guillermo Tofoni. Y están los medios de comunicación, la prensa que te requiere pero también que juega su partido para esos dirigentes y esos empresarios.

 

—La AFA es un Ministerio —dice un conocedor de ese país a escala—. El predio de Ezeiza es como una pequeña Municipalidad. Hay encargados en cada área. Hay personajes en cada recoveco. Todos tienen información. Todos producen información. Todos dan información. Tener de tu lado a toda la Municipalidad o elegir a quién tenés cerca y a quién no, es un arte.

 

En ese equilibrio, el entrenador en Primera, en el Ascenso o en la Selección, no está solo. A su alrededor hay una estructura sostenida de su trabajo, de su nombre. Una especie de PyME del fútbol en la que hay ayudantes de campo, preparadores físicos, psicólogos, a veces entrenadores de arqueros y ahora visualizadores y analistas de videos.

 

—Yo sé que tengo que mantener a cinco familias más además de la mía. Lo tengo claro —dice Alfaro—. Cuando decido irme, a ellos los dejo sin trabajo. Y a mi se me pueden abrir otras puertas, pero a ellos no.

 

El lado B del oficio es también que un técnico que acumula derrotas, que hilvana experiencia sin resultados, es capaz de volver conseguir trabajo.

 

—No todos —aclara Cappa—. Si responde al pensamiento dominante, si habla de esfuerzo, de trabajar, de luchar, de que lo único que vale es ganar, seguro que tiene mas posibilidades de trabajo que otros, que los que apuestan por el buen juego y tienen la osadía de proclamarlo.

 

Hay también ahí un juego de representantes, de marketing y lobby mediático. No son pocas las veces en las que un entrenador tiene reemplazante antes de dejar el puesto. Es una carrera sin reglas en las que en ocasiones lo que impera es el individualismo, una lucha sin cuartel para ocupar el cargo del otro, casi mirando con el rabillo del ojo el lugar de ese técnico que está a punto de caer.

 

—Cada entrenador cesado es una posibilidad de trabajo para muchos que esperan. Es el gremio menos solidario que se pueda pedir —dice Cappa.

 

—Es más complicado el tema, vos sabés que cuando estás dirigiendo hay gente afuera esperando que te vaya mal para tener posibilidades de trabajar. Más que con tu cuerpo técnico, estás solo —explica Ferraresi.

 

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—Ese individualismo te lo va forjando el medio —agrega Alfaro—. No es que apostás al fracaso del otro pero te vas encerrando más. No lo veo con una visión conspirativa. Yo dirijo hace veinticuatro años, calculá la cantidad de entrenadores que se recibieron en ese tiempo, y hace trece años que estoy en una de las ligas más importantes del mundo. No estoy pensando en que alguien espera que me vaya mal. Pero el medio nos ha transformado en individualistas y en hombres solitarios.

***

Los entrenadores adquirieron un protagonismo desmesurado en las últimas décadas. Si se hurga en la historia del fútbol, el primer equipo identificado con un técnico quizá haya sido el Racing del ‘66 y ‘67, que llevaba la marca de Juan José Pizutti, el “Racing de José”. Antes de eso, el entrenador se mantenía casi en el anonimato. No era un personaje de tapas de diarios y revistas, vivía bajo la sombra de los jugadores.

 

—Si me pongo el casette, te digo que lo más importante son los jugadores. Pero la verdad es que un cuerpo técnico es fundamental, es la base. Que me digan que los jugadores se van a dirigir solos. Entonces el técnico tiene una tarea fundamental, siempre respetando a los que juegan —dice Saporiti.

 

—Los comportamientos de los equipos —agrega Soso, el técnico de Gimnasia— están vinculados y asociados a la capacidad del entrenador de verter sus argumentos, de que su personablidad se vea reflejada y derramada en sus futbolistas. El entrenador ofrece una idea, un modelo, lo va construyendo, y debe contar con virtudes para que el jugador pueda llevar a cabo la idea. Somos generadores de contextos para que ese futbolista pueda expresarse con argumentos, y también somos responsables de las interacciones que se dan en el juego. El papel preponderante lo tiene el futbolista para poner de manifiesto la idea del entrenador, pero nosotros somos responsables de diseñar esa idea.

 

—El entrenador prepara al jugador, pero es el jugador el que decide en los partidos —dice Cappa—. Por lo tanto, es tan responsable el entrenador como el jugador. Si la idea no es la apropiada y la preparación tampoco, los jugadores no podrán rendir. Y si los jugadores no tienen la capacidad adecuada, el equipo difícilmente conseguirá los objetivos. Ahora los entrenadores son mucho más necesarios que hace años. Porque antes había mas jugadores que sabían jugar y ahora la mayoría de los jugadores no saben jugar y se acomodan al esfuerzo físico porque saben que por ahí no serán criticados. Tienen poco interés en entender el juego y en aprender. Son seducidos más por la fama y el dinero que pueden ganar, que por el juego. Por supuesto, siempre hay algunos que mantienen el gusto y el placer de jugar y se preocupan por aprender y mejorar.

 

Alfaro dice que estos son sus últimos años como entrenador. ¿Cuándo debe retirarse un entrenador? Está claro en un jugador, no en un técnico. Angel Zof dirigió hasta los 78 años. Carlos Griguol lo hizo hasta los 70. Saporiti, con 78, conduce la UAI Urquiza.

 

—Estoy hace dos años, me gusta ser curioso, estar aggiornado, me metí en las redes sociales, mis hijas y mi nieto me ayudaron, y les entró por ahí también a los muchachos —dice Saporiti.

 

—Te tenés que ir adaptando a los cambios que hay. Yo tengo la suerte de tener un hijo joven, estoy todo el tiempo con los amigos de mi hijo, y trato con jugadores que tienen la edad de mi hijo. Pero la teconología cambia, la crianza no es la misma, todos esos cambios se ven, se notan —agrega Ferraresi, que está a punto de cumplir 55 años.

 

Alfaro tiene 55 años. Marcelo Gallardo, su colega de River, 41. Guillermo Barros Schelotto dirige Boca con 44. Diego Cocca, el último técnico de Racing, tiene 45. Por encima de Alfaro, Ariel Holan tiene 57. Y está Claudio Biaggio, con 50. Pero lo que se impone, dicen, son los entrenadores más jóvenes. Una modernidad del oficio.

 

—La Argentina futbolística es espasmódica, vamos por modas, por costumbres, por hábitos, se instaló que con los jugadores hay una diferencia generacional, pero tenemos demasiados prejuicios. Los jóvenes también cometen errores, a veces por falta de experiencia. Pero siempre vamos de banquina a banquina, ahora con el tema de la edad —dice Alfaro.

 

Soso tiene 36 años, una edad en la que todavía podría ser futbolista. Y sabe que el oficio implica un compromiso que a veces no conoce de tiempos libres. Sin que eso, aclara, se convierta en un fundamentalismo. Hay otros espacios donde aprender. El cine, la música y el teatro son algunos.

 

—Una vez, en Sporting Cristal, el psicólogo con el que trabajábamos me preguntó qué estaba haciendo para ser mejor entrenador —cuenta Soso—. Me preguntó, entonces, cuál había sido el último libro que había leído, el último disco que había escuchado, la última película que había visto. Estábamos en medio del campo de juego por empezar el entrenamiento. Eso me puso en el ejercicio de pensarme. Ahora en la máquina tengo para ver Newell’s-Racing, pero también sé que podemos aprender de una película o un libro.

 

Ser entrenador también es eso. Sampaoli, cuentan, se enganchó con Merlí, una serie catalana sobre un profesor de filosofía y un particular método de enseñanza. Pero no todo es tan idílico en ese oficio tan deseado. “Entrenador hoy en día es ir a la guerra nuclear, no hay ganadores sino supervivientes”, dijo una vez el técnico escocés Tommy Docherty. Fue en 1992. ¿Hoy será peor? “Los pintores no ganan dinero hasta que están muertos, y lo mismo ocurre con los entrenadores. Nadie reconoce su trabajo hasta que dejan este mundo”, dijo el inglés Bobby Robson.

 

Cuando José Pekerman manejaba su taxi en ese paréntesis con el fútbol, Ricardo Trigilli, que dirigía a Estudiantes de Buenos Aires, le pedía que dejara el auto. Pekerman era su espía en los ratos libres. Trigilli insistía con que se dedicara al fútbol. Pero Pekerman le respondía que no. “El fútbol es medio traicionero –le decía- y a veces se cobra tarde”. El tiempo pasó. Trigilli llegó a Argentinos Juniors. Pekerman lo acompañó. Hasta que un día, como siempre en la vida de los técnicos, todo se terminó. A Trigilli lo despidieron y Pekerman quiso irse con él. Si echaban al técnico, él no podía seguir. Pero Trigilli lo paró: “Vos no te vas ¿Querés volver al taxi?”. Y ya se sabe cómo siguió esa historia.

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EL ÚLTIMO QUE APAGUE LA LUZ

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Martín Guzmán fue la nueva víctima de una larga cadena de funcionarios que ya se ha cobrado la relación patológica entre el presidente y su vice. Sin embargo, la cabeza que más le interesa a Cristina Kirchner aún no ha rodado.

La renuncia de Martín Guzmán al Ministerio de Economía coloca al presidente Alberto Fernández en una encrucijada terrible cuya salida es muy difícil de predecir, pero que incluye como una de las variantes posibles su propia renuncia anticipada y la eventual asunción de Cristina Kirchner como presidenta de la Nación.

Por más que haya sido Guzmán quien sorprendió ayer con su renuncia, el ministro saliente es la nueva víctima de una larga cadena de funcionarios que ya se ha cobrado la relación patológica entre el presidente y su vice. Esas víctimas ya han sido tantas que nadie podría asegurar que esta sea la última, sobre todo porque la cabeza que más le interesa a Cristina aún no ha rodado. Todo esto se produce, además, en medio de un proceso inflacionario y de inestabilidad cambiaria y financiera que puede precipitarse hacia una crisis terminal. “Si las cosas no se manejan correctamente, es difícil que no se produzca una crisis hiperinflacionaria antes del cambio de Gobierno”, advirtió hace un par de semanas el prestigioso economista Roberto Frenkel. Tal vez los tiempos sean más cortos.

El problema de Fernández es urgente. La nueva crisis se produjo en un marco de inquietante inestabilidad financiera. Los últimos quince días fueron agitados por dos amenazas serias: aumentó la demanda de dólares de todo tipo ante la evidencia de que no habían crecido las reservas en el momento de mayor liquidación, y vencía una cantidad enorme de deuda en pesos, en un marco creciente de desconfianza sobre la capacidad del Gobierno para honrarla. Esos dos elementos produjeron una nueva corrida que aumentó el precio de los dólares paralelos alrededor de un 20 por ciento en menos de un mes. Mientras tanto, en los supermercados faltaban productos y se aceleraban las remarcaciones. En ese contexto difícil, Cristina golpeó y golpeó sin piedad. Sobre el final de la semana, las gestiones del propio Guzmán y del presidente del Banco Central, Miguel Pesce, habían logrado un poco de calma. O, al menos, un poco de tiempo. A un alto costo, el BCRA había logrado aumentar las reservas y renegociado una porción significativa de la deuda. Pero ninguna persona seria podía asegurar que el tema estuviera terminado.

En este clima tan inestable, renunció el ministro de Economía. Eso coloca al Presidente frente a una opción dramática entre dos caminos. El problema es que cualquiera de esas alternativas tiene altas chances de terminar muy mal. Por un lado, Fernández podría ratificar el rumbo trazado por el ministro saliente: acuerdo con el Fondo, reducción del déficit, aumento de tarifas por eliminación de subsidios y ensayar algún plan de estabilización. A última hora del sábado, esa parecía ser la primera preferencia del Presidente. El objetivo sería serenar la ansiedad que produjo la salida de Guzmán en inversores, ahorristas y acreedores, pero eso mismo enojaría a la Vicepresidenta, cuyo poder de demolición es muy evidente.

Alberto Fernández y Martin Guzmán (Crédito: Telam)Alberto Fernández y Martin Guzmán (Crédito: Telam)

El segundo camino sería entregarle el Ministerio de Economía a Cristina Kirchner. Eso alteraría a los mercados y los formadores de precios que, a su manera, también tienen una gran capacidad de daño. La estampida podría ser estremecedora. En cualquiera de los dos casos, la primera pregunta es qué pasará con todos los precios de la economía a partir de mañana lunes: el dólar, los alimentos, y todo lo demás, y cuáles serán las consecuencias sociales del descalabro. Antes de la renuncia de Guzmán, la precaria estabilidad económica -por llamarla de alguna manera- se deslizaba por un camino de cornisa. Ahora, hay un riesgo mucho más serio de que se espiralicen todos los problemas.

Al cierre de esta nota, en los ámbitos oficiales crecía la versión de que Sergio Massa sería el nuevo jefe de Gabinete, Marco Lavagna el nuevo ministro de Economía y Martín Redrado el presidente del Banco Central. Sea ese el esquema, o cualquier otro, los nuevos funcionarios se enfrentarán al desafío de poner en marcha algún tipo de plan de estabilización, en el medio de aguas muy tormentosas donde la hiperinflación estará siempre como amenaza inminente.

¿Puede existir semejante plan cuando el que conduce es un Gobierno derrotado, quebrado por dentro, cuando la poderosa vicepresidenta impulsa sin pudor un proceso destituyente contra el primer mandatario? Para ningún Gobierno es fácil enfrentar una inflación desbocada. Pero es mucho peor si ese Gobierno se conduce como la Armada Brancaleone. No parece una cuestión de nombres. Se trata de un contexto que, en principios, tiene impreso el desastre en su propia dinámica.

La alternativa más razonable consistiría en que el Presidente y la Vicepresidenta fueran conscientes de los riesgos que existen, pudieran saldar sus diferencias puertas adentro y establecieran una estrategia conjunta. Pero no hay ninguna posibilidad de que eso ocurra, si es que alguna vez la posibilidad existió. Durante el acto que encabezó ayer en Ensenada, Fernández de Kirchner utilizó su histrionismo para burlarse del presidente. Solo en los últimos días, seguidores de la Vicepresidenta le han dicho a Fernández que es un “borracho”, que no tiene “pelotas”.

Una de las personas que más lo ha insultado fue Hebe de Bonafini, la presidenta de Madres de Plaza de Mayo que protagonizó un hecho de corrupción escandaloso durante la gestión cristinista. Cristina la sentó ayer en primera fila: un signo ominoso de que la ofensiva, el destrato, los insultos humillantes, continuarán. Se trata de una de las conspiraciones más evidentes contra un presidente desde 1983. Cada gesto de la vice les da la razón a los funcionarios que le han implorado al Presidente que reaccione porque su debilidad lo ponía al borde del abismo y, al mismo tiempo, no calmaba a su enemiga. Fernández no reaccionó.

Cristina Kirchner en EnsenadaCristina Kirchner en Ensenada

La discusión sobre qué hacer con la economía sobrevivirá, naturalmente, a Guzmán. En el mismo acto de ayer, Cristina Kirchner deslizó una idea fuerte. “Tenemos que encontrar los argentinos un instrumento que vuelva a colocar una unidad de cuenta, una moneda de reserva y una moneda de transacción en la Argentina. Si no hacemos esto, estamos sonados. Venga quien venga”. Es una definición demasiado general y técnica, pero por momentos pareciera que estaba sugiriendo algún tipo de dolarización de la economía argentina.

Sin embargo, unos segundos antes de su discurso, los asistentes pudieron escuchar fragmentos cuidadosamente seleccionados de discursos del general Perón: “Si los precios suben, justificadamente, no queda otra que aumentar los salarios. Pero si suben los precios injustificadamente, el remedio consiste en bajar los precios. Lo primero ha de encararse, para resolverlo, en forma absolutamente racional y, por lo tanto, con medidas racionales. Lo segundo, es decir la especulación, deberá combatirse con medidas drásticas de la mayor energía”. Las imágenes recordaban cómo, en los años cincuenta, se clausuraban con fajas pequeños comercios.

Unos días antes, además, La Cámpora difundió un video de homenaje a Perón que arrancaba con la tapa que el día de su muerte publicó el diario Noticias, que pertenecía a los Montoneros, la organización armada a la que, justamente, Perón expulsó de la plaza de Mayo antes de su muerte.

A esa ensalada de ideas, deberá rendirles cuenta el nuevo equipo económico, en medio de una tormenta financiera. No será fácil que apruebe esos exámenes entre otras razones porque esa eventual discusión está atravesada por la evidente decisión de Cristina de dañar al Presidente y, eventualmente, deshacerse de él. ¿Por qué colaboraría si eso le podría dar una vida más a Fernández?

De esa irracionalidad conoce mucho el ministro saliente. Guzmán renunció cansado de no tener el poder necesario para conducir una economía alocada. El disparador final fue la dificultad para elaborar el formulario que deberían llenar aquellos que pretendieran seguir beneficiados por los subsidios al consumo de gas y electricidad. Ese formulario era el paso previo indispensable para la segmentación tarifaria que, durante dos años y medio, el Gobierno no pudo poner en práctica por las sucesivas trabas que imponían los funcionarios que respondían a Cristina Kirchner. El cristinismo exigía cada día una nueva condición. La última era que los subsidios se mantuvieran intocables en la provincia de Santa Cruz.

Antes de eso, por ejemplo, a Guzmán le resultaba inverosímil la crisis que se produjo por el desabastecimiento de gasoil, y que generó un muerto en las rutas. Todos los estudios técnicos indican que el Gobierno impuso un precio ridículamente bajo en comparación con el internacional. Así las cosas, las empresas, entre ellas YPF, eran reacias a importar porque debían hacerlo a pérdida. La escasez más el precio vil generaron una avalancha de demanda, que provocó la crisis. Nicolás Arceo, funcionario clave de la política energética entre 2013 y 2015, acaba de difundir un informe donde sostiene que el Gobierno podría haber subido los precios, o subsidiado, o importado. La demora en tomar esas decisiones provocó los efectos que se conocen.

En el centro del proceso de toma de decisiones que fijó el precio del gasoil, no estableció políticas compensatorias, demoró el gasoducto, el formulario de segmentación, la implementación del plan Gas o la eliminación de subsidios pro ricos, hubo un grupo de funcionarios que dependen de la Vicepresidente. Aquello contra lo que protestaba Guzmán en privado, es lo mismo que Matías Kulfas dijo en público cuando renunció. Ambos se cansaron de esperar a un Presidente que no reaccionaba. O no reaccionaba con la energía suficiente. O no reaccionaba a tiempo. La economía se deterioraba, la inflación aumentaba, y todo seguía como siempre. Así las cosas, hay un alto riesgo de que el nuevo ministro de Economía sea el próximo punching ball de CFK. ¿Por qué alguien querría asumir el cargo en esas condiciones?

Hay una enorme responsabilidad presidencial en este deterioro grave e innecesario. Una y otra vez, en estos dos años y medio, Fernández decidió sacrificar la gestión económica del Gobierno en función de la necesidad de mantener su alianza con Kirchner. Al final de la historia, ambos objetivos fueron dañados. Ni hay unidad ni hay gestión. Desde el comienzo, Fernández sintió que era un presidente débil porque representaba a un sector minoritario del Frente de Todos. Era cierto. Pero también eso podría haber pensado Nestor Kirchner en 2003. Sin embargo, para mal o para bien, ejerció su autoridad.

Hace exactos treinta días, el día de la renuncia de Matías Kulfas, esta columna terminó con el siguiente párrafo: “¿Será Kulfas el último en irse? ¿Cómo leerá Martín Guzmán la decisión que tomó hace unas horas el Presidente? ¿Se sentirá respaldado? En el caso que Guzmán se vaya, ¿será el último en irse? ¿Cómo influirá toda esta maravilla en la demanda de dólares? ¿De qué manera contribuirá para frenar la inflación? Cada día, todo se pone peor”.

Guzmán ya se fue.

¿A quién intentará ahora voltear la vice?

¿No es demasiado evidente?

 

 

 

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Opinión

EL DURO INFORME QUE MUESTRA CÓMO LOS ALIMENTOS SUBIERON MÁS QUE EL BLUE

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La escalada del dólar blue de las últimas semanas pone en zona crítica a la economía. Pese a que el Gobierno nacional minimiza la cotización de este tipo de cambio, un informe muestra que los precios de alimentos básicos subieron igual o más que el dólar libre y aceleran la inflación

Mientras que desde el Gobierno nacional se insiste en que el comportamiento del dólar blue no afecta a la economía porque se trata de una mercado pequeño y marginal -así lo definió el jefe de Gabinete, Juan Manzur-, la realidad parece desmentirlo.

Tras el anuncio de nuevas medidas del Banco Central para endurecer el acceso al dólar a más empresas, los problemas se multiplican en diferentes sectores. El caso más sensible es lo que sucede con la industria de la alimentación con un impacto significativo, no solo sobre los productos del exterior, sino también sobre aquellos que utilizan insumos importados para los empaques.

Un estudio elaborado por la consultora INDECOM muestra que los precios de una serie de productos básicos acompañaron, en junio, la evolución del tipo de cambio paralelo o, incluso, lo superaron.

El trabajo señala que siguiendo la suba del dólar blue, la leche en sachet de 1 litro debería costar U$S 0,58, pero cuesta U$S 0,68, el aceite de girasol de 900 cc debería valer U$S 1,73 y cuesta U$S 1,75 y el pan de molde integral de 350 grs, que debería presentar un precio de U$S 1,34, en las góndolas se observa a U$S 1,37, entre otros.

Lo mismo sucedió con otros productos relevados como la azúcar por kilo, la harina por kilo, la docena de huevos, los fideos secos tirabuzón por 500 gramos, el queso rallado por 130 gramos y el agua mineral sin gas por litro. En todos estos casos, la suba de precios en pesos acompañó el salto del “blue”, lo que implica que las fábricas y comercios ajustan sus lista en base a esa cotización libre y no al cambio oficial que controla el Banco Central.

Miguel Calvete, director de la consultora, explicó que “la imposibilidad de acceder a la compra de divisas acarrea inevitablemente una complicación para importar materias primas y productos manufacturados de origen extranjero que tienen una presencia permanente en la mesa de los argentinos”.

En ese marco, el especialista reconoció que “el sector frutihortícola aparece a priori como uno de los más complicados, al igual que el sector lácteo, las salsas, vinos en cartón y el de los enlatados en todos sus rubros”.

El informe destaca la incidencia de la medida de la entidad monetaria en la comercialización de bananas y paltas es en su mayoría importada, al igual que el atún y las sardinas, entre otras, que además utilizan el sistema importado de “abrefácil”, mismo mecanismo que comparten con muchas bebidas en lata.

En el caso de los lácteos y salsas, el sistema de tetra pak también es importado en su mayoría, lo que puede producir un faltante notorio de uno de los principales alimentos de la canasta básica alimentaria.

Calvete reconoció que muchos puntos de venta “ya están recibiendo poco más de la mitad de los productos que habían solicitado” y agregó que “eso se debe a que las industrias están segmentando las entregas ante la incertidumbre que generó la disposición oficial conocida el pasado lunes”.

El análisis sobre el total de estos nueve productos que integran la canasta básica de alimentos arrojó que en la mayoría de los casos, las subas de precios en dólares fueron superiores al incremento que sufrió esa divisa en la última semana.

El estudio se realizó durante los últimos 4 días sobre folders digitales y webs oficiales de las principales cadenas de supermercados del país.

Calvete advirtió que “si no se toman medidas urgentes, la situación se va a ir agravando cada vez más con el paso de los días” y cerró diciendo que “también se puede proyectar un crecimiento de precios aún más pronunciado en aquellos productos en los que se registren faltantes.”

 

Horacio Alonso

Horacio Alonso

FUENTE : MDZOL.COM

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Opinión

LAS ZONCERAS QUE DICE CRISTINA CUANDO HABLA DE ECONOMÍA

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Es muy difícil entender por qué una persona inteligente como la Vicepresidenta pifia tanto en un tema central. ¿Pifia o miente? ¿En qué medida cree lo que dice o dice lo que cree que le conviene?.

Cristina Kirchner (Franco Fafasuli)

El lunes por la tarde, en Avellaneda, Cristina Kirchner intentaba demostrar -con ciertas dificultades- que las ganancias de las grandes empresas son el principal motivo de la inflación. En ese contexto, la Vicepresidente empezó a juguetear con una expresión desconocida para la mayoría de las personas. “Me puse a mirar la edbita de algunas empresas…”, anticipó. “¿Qué es el edbita de algunas empresas?”, se preguntó. “Cuando voy a mirar, por ejemplo, el edbita…”, insistió. “¡224,3 por ciento de edbita!”, destacó. Tanto énfasis en esa palabrita, tenía un costado, a la vez, complicado y gracioso. Porque, en realidad, nadie en el mundo sabe qué es el “edbita”. A juzgar por el contexto, tal vez Kirchner se refería al ebitda, que es el acrónimo de la expresión “Earning before interest, taxes, depreciations and amortizations” (ganancias antes de intereses, impuestos, depreciaciones y amortizaciones).

Se trata de un desliz menor y disculpable, porque el concepto estaba bien explicado en castellano. Además, a mucha gente le sucede que cancherea y queda pagando. El problema se agravaría, en cambio, si ese pequeño error revelara que la ex presidenta presume de saber mucho de Economía, cuando no tiene idea del asunto. Y sería mucho más grave aún si en función de esa ignorancia de base emprende batallas políticas o embate violentamente contra su propio gobierno. En sus últimas intervenciones, Kirchner ha dado señales de que eso es, precisamente, lo que está ocurriendo. Por eso, seguramente, varios economistas y periodistas que la han defendido en las situaciones más difíciles, empezaron tomar distancia y a manifestar cierta perplejidad frente a sus intervenciones.

He aquí un listado, para nada exhaustivo, de las últimas incongruencias vicepresidenciales:

1. Durante el discurso del lunes, Kirchner sostuvo que ella defendió las reservas argentinas al imponerle a empresas con balance comercial negativo, que desarrollaran proyectos para exportar. El miércoles insistió con ese tema al citar una nota periodística que destacaba la experiencia supuestamente virtuosa de la empresa Newsan. Más allá de ese caso, que merece un análisis más exhaustivo y sobre el cual hay versiones contrapuestas, tal vez corresponda analizar qué pasó con las exportaciones y las importaciones durante la gestión de CFK: no fijarse en pequeños detalles sino en el cuadro general. Los datos del Banco Central indican que, a un valor 100 para 2004, las exportaciones -en cantidades- apenas treparon a 104 para el 2015. Las importaciones, en cambio, aumentaron –también en cantidades- a 242 en el 2011. Los resultados de su gestión en términos de defensa de las reservas, y por lo tanto de la soberanía nacional, fueron muy malos. Es criterioso entonces que otros funcionarios eviten repetir esa experiencia fallida. Pero CFK sostiene que, como usó la lapicera, tuvo éxito; y arma un escándalo cuando no aplican sus recetas. Hay allí un pequeño problemita para todos y todas.

2. Pero los problemas apenas comienzan. El lunes pasado, Cristina Kirchner dijo: “En el ranking de países evasores, de países donde la evasión es muy importante, Argentina ocupa el tercer puesto. En nuestro país la recaudación representa el 28 del PBI cuando debería representar el 45 del PBI. El primer país es Guyana. El segundo lugar del podio está ocupado por Malta, que no es una cerveza ni una marca ni nada… Y el tercero Argentina. Sí. Tercer país evasor en el mundo, junto a Zambia, a Pakistán y no me acuerdo a qué otro país más”.

La historia de cómo CFK llega a esos números es impactante. Unos días antes del acto de Avellaneda, el Instituto Patria difundió un trabajo donde están los datos que nutren a la vice. Ese estudio concluye que, de existir “un eficaz control tributario”, la recaudación aumentaría un 60 por ciento y representaría un 45 por ciento del PBI en lugar del 28 actual. Eso mismo repitió Cristina. Para obtener esas conclusiones, “el Patria” se apoyó en un estudio realizado por la Universidad de las Naciones Unidas, sobre una base de datos del FMI.

Lo que no dicen “el Patria” ni la Vicepresidente es que todos los datos ¡¡¡corresponden al año 2013!!!!. Es decir, que la incapacidad de recaudar como corresponde se debería a su Gobierno y no al actual. El pequeño detalle da sustento a una frase que pronunció esta semana el periodista Alejandro Bercovich: “Se está asesorando con economistas del fondo de la ola”. ¿No lo vieron? ¿Lo ocultan? El cuadro puede verse a continuación: allí, en el encabezado, se lee claramente a qué año pertenecen los datos.

Todos los años, varios organismos internacionales de primer nivel -el Ciat, la Cepal, el BID y la Ocde- elaboran un trabajo llamado “Estadísticas tributarias en América Latina y el Caribe”. El 27 de abril difundieron el correspondiente al período 2010/2020. Los datos de ese informe son brutalmente distintos a los que presentó la Vicepresidenta. En principio, la Argentina aparece como el tercer país que recauda más impuestos como porcentaje del PBI en la región. La Argentina recauda el 29,3 por ciento del PBI, 8 puntos más que el promedio de los países de América Latina y el Caribe. Ese estudio informa que los países de la OCDE recaudan 33 puntos del PBI, ¡doce menos de los que Cristina cree que podrían recaudar la Argentina! ¿De dónde sacaran en “el Patria” esas conclusiones que ella repite? ¿Del edbita?

O sea que, en base a datos que revelarían cómo recaudaba el gobierno que ella presidía 2013, la Vicepresidenta denunció como inoperantes o cobardes a los actuales ministro de Economía, titular de la AFIP y presidente del Banco Central , y pidió sus remociones. Al mismo tiempo, acaba de colocar al frente de la aduana a Guillermo Mitchell, que era el número 2 de la AFIP cuando, según el estudio en el que se apoya el instituto Patria, se recaudaba tan mal. La casa está en orden.

3. Los problemas se profundizan. Luego de su salida del Ministerio de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas presentó una carta de renuncia muy crítica hacia la política energética del Gobierno, por la que responsabilizaba a la Vicepresidenta. Horas después, la empresa estatal involucrada, Enarsa, le contestó a Kulfas. Esa respuesta fue respaldada por Cristina, quien la subió a sus redes para darle una máxima difusión. Allí aparece una frase que mezcla el surrealismo con la psicodelia: “Es miópico (sic) sostener que la importación de energía debilita a las reservas internacionales del país”. Ningún economista, de la línea teórica que fuere, podrá entender jamás cómo alguien escribió semejante cosa. ¿De dónde supondrá la Vicepresidenta que salen los recursos para pagar las importaciones? Si alguien realmente cree que importar energía no debilita las reservas, tal vez no se preocupe cuando su país pierde la soberanía energética, que fue exactamente lo que ocurrió cuando Kirchner gobernaba.

Matías Kulfas (Maximiliano Luna)Matías Kulfas (Maximiliano Luna)

4. A principios de mayo, Cristina dio el primer discurso en el que desarrolló su teoría sobre cómo se combate la inflación, en base a su propia experiencia. Dijo entonces: “Tuvimos una devaluación en enero de 2014 y la inflación se nos fue a 38. Pero al año siguiente la bajamos a 24 o 25″. Esa frase ofrece varios flancos. El primero es que se trata de un recorte que omite lo central. Lo que en realidad ocurrió con la inflación desde que Cristina asumió en 2007 no fue, precisamente, que “la bajamos”. En 2006, antes de que ella asumiera, los precios en la Argentina habían subido un 9,8 por ciento. Pocos años después, como reconoce Cristina, habían trepado a casi un cuarenta por ciento. La mala praxis produjo el regreso de la inercia inflacionaria, erradicada en los años noventa mediante la convertibilidad. No había vuelto ni siquiera luego de la trágica ruptura de ese régimen. Pero además, la razón por la que en 2015 hubo menos inflación que en el 2014 no tiene nada que ver con la lapicera de Cristina: simplemente, en 2014 el Gobierno devaluó y al año siguiente no. Lo que parece una discusión histórica tiene efectos determinantes sobre el presente. Porque, contra toda evidencia, ella cree que efectivamente triunfó contra la inflación gracias a la administración de la puja distributiva y entonces recomienda medidas similares a las que, en realidad, causaron el problema.

5. En ese mismo giro, Cristina permite recordar tal vez la única medida significativa que tomó durante su mandato contra la inflación. “Tuvimos una devaluación en enero de 2014 y la inflación se nos fue a 38. Pero al año siguiente la bajamos a 24 o 25″, dijo. El problema de ese ejemplo es que en ese año, el 2014, la inflación oficial, que informó su propio Gobierno, había sido del 23 por ciento y no del 38, ¡15 puntos menos de lo que Cristina reconoce ahora! Esa diferencia se explica porque el Gobierno de Cristina Kirchner, durante largos ocho años, mintió sobre la inflación. Eso logró el milagro de bajar la inflación, que ella recuerda con orgullo, mientras, al mismo tiempo, subían los precios, un detalle que ella olvida.

6. El discurso del lunes tuvo otro gran momento. La Vicepresidenta dijo que todo proceso inflacionario fue precedido por un gran endeudamiento. Para defender esa idea apeló a dos ejemplos: la inflación de la década del 80 que sucedió al endeudamiento producido durante la dictadura, y la actual, que es posterior al endeudamiento de la gestión macrista. La historia ofrece dos contraejemplos muy recientes. El primero es el de la década del 90, cuando la deuda crecía a paso rápido mientras había deflación. El segundo es autobiográfico. Antes de la asunción de CFK, Nestor Kirchner no había endeudado a la Argentina sino, todo lo contrario, la había desendeudado. Entonces: ¿por qué entonces con ella volvió la inflación? Esa pregunta es el elefante del que nunca se habla en los discursos de la Vicepresidenta, pero que puede ver cualquiera que no sea un believer: con ella volvieron la inflación, la restricción externa, la pérdida de la soberanía energética, los déficits gemelos. ¿No debería explicar algo de eso en lugar de presentar como una serie de triunfos lo que, en realidad, fue una cadena de derrotas?

Cristina Kirchner y Alberto Fernandez (Franco Fafasuli)Cristina Kirchner y Alberto Fernandez (Franco Fafasuli)

7. Durante sus últimos discursos, la Vicepresidenta elogió al capitalismo chino, en comparación con el norteamericano, porque incluyó muchas más personas en el mercado, y las sacó de la pobreza. Al mismo tiempo, reclamó aumentos de salarios en la Argentina. Cualquier conocedor superficial del proceso de desarrollo chino, sabe que ese proceso tan espectacular tuvo entre sus rasgos centrales a los salarios bajos. Empresas de todo el mundo se radicaron, entonces, en China para aprovechar esa ventaja. CFK admira la manera en que se desarrolló China pero recomienda lo contrario para la Argentina. ¿Cómo se juntarán las dos ideas? Misterio.

8. En septiembre del año pasado, luego de la debacle oficialista en las primarias, la Vicepresidenta difundió una carta en la que adjudicaba el resultado electoral a un supuesto plan de ajuste del Gobierno. Un ajuste implica que el Estado gaste menos que un año antes. En agosto de 2021, sin embargo, se gastó 66 por ciento más que el mismo mes del año anterior, una diferencia que superaba con creces a la inflación. “Tiene razón Guzmán. No hubo ajuste”, explicó por entonces Alfredo Zaiat, tal vez el periodista más elogiado por CFK en sus discursos.

9. En la misma carta, la ex presidenta había dicho que este Gobierno tiene más reservas que el suyo para enfrentar la presión cambiaria. Su ex viceministro de Economía, Emmanuel Álvarez Agis, explicó que en 2009 Cristina disponía de 45 mil millones de dólares de reservas. En el momento en que Cristina escribió su carta había solo 9 mil millones. ¡Cinco veces menos! De esa magnitud suelen ser los errores de la Vicepresidenta. No se trata solo de confundir ebidta con edbita.

10. La relación de Cristina Kirchner con los números, en realidad, siempre fue complicada. El ejemplo que mejor permite entenderlo es lo que ocurrió con la resolución 125. Esa medida reestructuró el esquema de relaciones políticas y humanas en la Argentina. Muchas familias y amistades se rompieron en ese momento. El peronismo se dividió. Durante siete años, ella agredió a quienes señalaron que aquella medida era un error político y, sobre todo, técnico, de la misma manera que agrede ahora a quienes no acuerdan con su mirada. En el año 2015, durante la campaña electoral por la jefatura de Gobierno porteño, Cristina admitió que la resolución 125 tenía, efectivamente, un problema de cálculos. Por entonces, Martín Lousteau encabezaba una lista opositora. “Ahí está el que nos hacía mal los números de la 125″, dijo Cristina. Finalmente, había llegado el reconocimiento del error. Tardísimo. El daño ya se había producido.

Es muy difícil entender por qué una persona tan inteligente como Cristina Kirchner pifia tanto en un tema central. ¿Pifia o miente? ¿En qué medida cree lo que dice o dice lo que cree que le conviene? Nadie puede responder esas preguntas. Lo cierto es que tantos errores de diagnóstico, y de tanta magnitud, explican muchos de los pesares que viven los argentinos. Gobernar no es solo una cuestión de números, pero los números importan mucho. Si son incorrectos, o si se los interpreta mal, se puede hacer mucho daño.

Claro, se trata de un punto de vista. Como todo. Máximo, el hijo de la vice, hace un tiempo defendió una visión alternativa con una reflexión deslumbrante: “Una cosa son los números y otra el bolsillo de la gente”.

Eso dijo.

Y tiene razón.

Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

 

 

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