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Eduardo Dominé: «Quiero transmitir mi amor por el club»

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El director deportivo de Quilmes de Mar del Plata estuvo en una nueva edición de APREBA en vivo: «Pasé mucho tiempo en el club desde chico y hoy trato de demostrar lo que significa para todos», le dijo a Martín Segura.

El histórico jugador marplatense Eduardo Dominé fue parte de la tradición de los jueves de APREBA en su ciclo de entrevistas realizado por Instagram Live. En este caso fue entrevistado por Martín Segura y ambos hablaron de su presente como director deportivo del club de sus amores y la transición que tuvo que sufrir desde el momento que se retiró hasta reencontrarse con el deporte.

«El proceso para retirarme fue durísimo y cuando lo hice no quería mirar ningún partido más. Por suerte tuve a mi familia y mis amigos cerca que me pudieron contener, pero me costó mucho hacerlo», confesó en una charla muy interesante que dejó muchas frases para repasar.

«La Asociación de Clubes mejoró mucho y te ayuda bastante. Uno siempre tiene que pensar que después de ser jugador tiene que pensar qué va a hacer a futuro, la jubilación en el básquet es a muy temprana edad».

«Ahora, como director deportivo de Quilmes, que es el club de mi vida, voy a intentar transmitir la pertenencia y el amor por el club. Lo que significa Quilmes para mí y para mi vida los transmito todos los días. Siento al club como si fuera mi casa, pasé mucho tiempo ahí desde chico y hoy trato de demostrar lo que significa el club para todos y que Quilmes se hace de todos nosotros».

Otro de los tópicos que se dieron en la charla fue la rapidez y la facilidad con la que los jugadores argentinos pueden ir a jugar al exterior para adquirir experiencia y tener un roce internacional. Como indica Dominé, ese factor fue fundamental a la hora de enfrentar a las selecciones en los campeonatos internacionales.

«En mi época no teníamos un roce internacional que nos permitiera desarrollarnos más. Desde que se puede tener pasaporte comunitario, los jugadores fueron pegando el salto a las mejores ligas del mundo. Hoy les digo a los que tienen la oportunidad, que se vayan, obviamente sirve para desarrollarse como profesional, pero también es una chance de conocer el mundo y aprender cosas diferentes».

FUENTE : apreba.com.ar

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COMUNICADO DE CAPRICA : IMPUESTOS DISTORSIVOS AFECTAN LA INDUSTRIA AUDIOVISUAL

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La industria audiovisual afectada por el cepo cambiario y los impuestos sobre la moneda extranjera
30% del impuesto País más 35% es igual a un 65 % de incremento en los costos

Los Productores y Realizadores Independientes de Contenidos Audiovisuales nucleados en CAPRICA hemos sido afectados y mostramos nuestra disconformidad con la resolución de la AFIP que agrega una retención a cuenta de ganancias del 35% sobre las operaciones de compra con moneda extranjera (Resolución General 4815/2020), la que ya había sido gravada con el 30% del impuesto solidario.
Las medidas adoptadas sobre el cepo ya existente -limite de compra más impuesto país- han encarecido el valor de los servicios que utilizamos como insumos de nuestra labor, ya que se aplican a los pagos de los prestadores de streaming, herramientas de Apple, Microsoft, Google Play, programas específicos así como también a las plataformas como Youtube, Facebook, los juegos de PlayStation y Netflix, etc.
Enfatizamos que en la industria audiovisual hay gastos en moneda extranjera inherentes a la actividad y que el límite de 200 dólares mensuales -que incluye los consumos con la tarjeta de crédito- pueden ser superados y creemos que esto no solo encorseta la libertad de compra y restringen tu capacidad operativa sino que afecta nuestro trabajo.
Por lo tanto, hacemos pública nuestra situación y desconformidad y pedimos que sea considerada la situación particular de nuestra actividad.

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Lo que Cristina piensa, lo que Cristina dice, lo que Cristina calla

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Tan sorpresivamente como aquella tarde en que comunicó que Alberto sería el candidato, la ex presidente publicó una carta en la que expresa mucho más de lo que dice.

La reaparición pública de la ex presidente -que por cierto compensa con creces esa sensación de ausencia que se le endilgaba durante la larga cuarentena y la aguda crisis económica del último mes- sirvió como un señuelo al que se abalanzaron con igual entusiasmo los fanáticos de uno y otro lado de la grieta que nunca podrán ver ni analizar más allá de su propia nariz.

Pero separadas las aguas del fanatismo, quedan lecturas importantes y profundas a las que hay que entrar dejando colgado en el perchero tras la puerta el prejuicio y la simplificación. Porque lo que transmite la larga misiva pública de Cristina es seguramente uno de los hechos políticos más trascendentes de los últimos tiempos y permite entender la gravedad del momento por el que atraviesa un país al borde del abismo.

La vicepresidente no deja frente sin señalar ni sector sin advertir acerca de cual es su mirada en este momento. Se puede interpretar que lo allí escrito tiene mucho de convicción de que quienes creen apoyarla están empujando al gobierno de Alberto hacia un aislamiento que puede llevarlo al fracaso, llenando el país de gestos y acciones que proyectan una imagen de intolerancia y desprecio por la convivencia que a ella le costó el poder, el escarnio y la grieta.

La vicepresidenta reconoce que entre otras cosas durante su gobierno gran parte de la sociedad –incluidos “no pocos dirigentes del peronismo”– cuestionó sus formas y su falta de diálogo. Y aunque niega que esto haya sido así, es la primera vez que acepta que ello representó una limitación tan fuerte que la obligó a tomar la decisión de consagrar la candidatura de Alberto y construir una alianza con Sergio Massa, a quien ahora ve tomando un protagonismo excesivo y del que sospecha quiere volver a presentarse ante la sociedad como el único capaz de cerrar la etapa de la intemperancia.

Y ese temor se agranda cuando observa el enojo que causan actitudes como las usurpaciones y tomas de tierra y la indefinición de la administración central frente al tema. Cuando habla de «de funcionarios o funcionarias que no funcionan», además de descargar su reconocida tirria por Santiago Cafiero a quien le endilga frivolidad e inacción, dispara al corazón de la encargada del área de Justicia, Marcela Losardo, y también ante quien hasta hace poco aparecía como propia tropa pero en los últimos tiempos ha recibido, hasta ahora en privado, las más ácidas críticas de parte de la ex presidente: la ministro de Seguridad Sabrina Frederic.

A la primera le endilga inacción y pérdida de capacidad negociadora con la justicia -«piensa como docente en un despacho en el que se debe actuar como política» suele quejarse ante los más cercanos- y a Frederic la incapacidad de resolver cualquier conflicto con otro planteo que no sea la inacción y el retiro del estado como gestor de la seguridad. «Esto enoja a la gente y ahí siempre aparece Massa con cara de tener todas las soluciones y nos hace quedar como inútiles o violentos» le dijo en su despacho del Senado a Eduardo Valdés, que mucho tuvo que ver en la decisión de reaparecer por medio de la carta, cuando el legislador fue a transmitirle la molestia «del amigo en Roma» por el creciente protagonismo del tigrense.

Pero es en la situación económica en la que Fernández de Kirchner hace pie para dar el que tal vez sea su paso más importante de la última década: reconocer que de la crisis solo se sale con un acuerdo entre todos los actores de la realidad y poner fin a la era del voluntarismo cambiario -que signó su mandato, el de Macri y ahora el de Alberto- aceptando que «la economía bimonetaria es, sin dudas, el más grave problema que tiene nuestro país”. Algo impensado en la Cristina del cepo, el ninguneo al dólar y las críticas al «abuelito amarrete».

Como ninguno de sus antecesores pone en claro que mientras no resolvamos la cuestión cambiaria no habrá salida económica posible y, ahora sí,  avisa que la solución será imposible “sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina”.

Y para que no queden dudas de su convicción invita a la mesa del diálogo a los sectores mediáticos a quienes por primera vez acepta como coprotagonistas de la realidad y no como culpables de todos los males. Impensado apenas ayer…

“El sistema de decisión en el Poder Ejecutivo hace imposible que no sea el Presidente el que tome las decisiones de gobierno”, argumentó Cristina Kirchner en un párrafo que bien puede ser tomado por los cultores de la teoría destituyente -que siguen sosteniendo que lo que viene es similar a lo ocurrido en los 70 entre Juan Perón y Héctor Cámpora– como un reconocimiento a la necesidad de su presencia formal y definitiva en el despacho principal de Balcarce 50.  Nada más lejano de la realidad…

Con su carta Cristina intenta sostener al presidente en su sitio y a la vez blanquear una certeza generalizada que hasta el momento no había encontrado un sitio concreto por el cual ser canalizada: la alianza de gobierno tiene un líder y ese líder es ella misma.

Que lo entienda Alberto, que lo sepan sus ministros y que también tome nota de ello Sergio Massa. A todos les avisa que tienen un papel institucional que cumplir, que están equivocando el camino y que ella no necesita cargo o despacho para hacer valer su influencia.

“Nunca nos movió el rencor” sostiene utilizando el plural mayestático común a quienes miran la realidad desde un plano superior. E inmediatamente recuerda que por “responsabilidad histórica con el pueblo” decidió armar un frente político con quienes la criticaron durante su gestión, con quienes “prometieron cárcel a los kirchneristas en actos públicos” (Massa) y hasta con quienes “escribieron y publicaron libros” en su contra (Vilma Ibarra, mano derecha del actual mandatario). Para que no queden dudas…

Las reacciones de sorpresa y las febriles consultas entre los miembros del gobierno, los empresarios, los sindicalistas y la oposición, sumadas al impacto mediático de la aparición sorpresiva de la misiva, indican a las claras que más allá de cualquier consideración basada en el prejuicio Cristina Fernández de Kirchner sigue ocupando la centralidad de la vida política nacional. Y que cada aparición suya, cuando ella misma se atreve a dejar de lado los clichés y sobreactuaciones a los que es tan afecta, cambiará el escenario nacional en tanto y en cuanto no aparezca un nuevo liderazgo o la sociedad deje de girar -a favor o en contra- en torno a su figura.

Todos deberán ahora modificar sus estrategias para evitar quedar fuera de foco.

El gobierno, más allá de algún retoque en el gabinete, ajustando mucho la acción y buscando unidad de pensamiento. Está avisado públicamente por ella que «no es fácticamente posible que prime la opinión de cualquier otra persona que no sea la del Presidente a la hora de las decisiones”.

La oposición tendrá que recoger el guante de la convocatoria al diálogo -ya aceptado por los empresarios y, con algunas disonancias sorprendentes, por los sectores sindicales- si no quiere que su eterna denuncia acerca de un gobierno cerrado sobre si mismo se termine volviendo en su contra.

Y los propios -ese variopinto universo de jóvenes que estiran su juventud y líderes sociales que pasan sus horas entre combates y refrigerios- abrir la sesera lo suficiente para entender que la lealtad a su líder pasa ahora por moderar, dialogar y buscar acuerdos y no enfrentamientos. 

Porque lo que la carta deja, en definitiva, es -con el estilo a veces chocante de quien la firma- un claro reconocimiento de lo que está ocurriendo, de los errores cometidos por unos y otros y de la necesidad de tirar todos juntos del carro.

Algunos dirán «un triunfo de Cristina líder» y otros contestarán «por fin aceptó que sola no puede». ¿Importa?…solo a los que están parados de uno y otro lado de esta grieta insoportable.

La síntesis la deja la misma ex presidente en el final de su larga exposición: “Nos guste o no nos guste, esa es la realidad y con ella se puede hacer cualquier cosa menos ignorarla”.

Punto…

ADRIAN FREIJO

LIBRE EXPRESION

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La carta de Cristina Fernández de Kirchner en la antesala del acto de homenaje a Néstor Kirchner provocó casi todas las reacciones posibles en el Gobierno

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En una entrevista con Infobae, el escritor y periodista habla de su flamante libro “La traición”, un thriller político en el que reaparece el agente Remil en una trama donde se entremezclan el Papa, la “izquierda caviar”, ex revolucionarios y setentistas, en medio del gobierno de Macri

Jorge Fernández Díaz es sinónimo de pasión, tanto en el periodismo como en la literatura. Sus palabras no sólo parecían sensores que podían internarse en el corazón de las personas cuando escribía sobre el amor, sino que también pueden ser como estiletes dirigidos contra el establishment de la dirigencia nacional si pone la lupa sobre la política.

En la larga entrevista con Infobae, en su barrio de Palermo natal, ese estilo apasionado se convirtió en un bisturí de la realidad nacional, aunque esta vez con la excusa del lanzamiento de su nueva novela, La traición, en la que el agente Remil vuelve en una historia de ritmo vertiginoso en donde se mezclan el Papa, políticos setentistas, ex revolucionarios, corruptos y mujeres misteriosas en una Argentina reciente.

Fernández Díaz aprovechó la mayor parte de la cuarentena obligatoria para escribir este libro, sucesor de los exitosos El puñal y La herida, y confesó que la visita a este medio fue prácticamente su primera salida: quizá eso explique los intensos 54 minutos de una charla en la que fue derribando sin pausas algunos de los mitos que sostienen lo que él llama “la nueva Santa Alianza” que llegó al poder.

-¿Por qué regresó Remil? ¿De qué se trata su libro?

-Inventé a Remil, un agente de una agencia paralela de inteligencia, hace varios años, cuando escribí El puñal y luego La herida, una trataba sobre la narcopolítica y la otra sobre los feudos provinciales. En ambas novelas traté de contar cosas que los periodistas sabemos, intuimos, pero no podemos publicar de alguna manera. Los periodistas podemos publicar el 20% de lo que sabemos porque porque lo otro es impublicable, sería irresponsable difundirlo o no tenemos pruebas. Siempre me pareció que los fenómenos interesantes del lado oscuro de la política eran indecibles y cuando encontré en el periodismo una barrera para contar las cosas, logré saltarla con la ficción.

Fernández Díaz se mete con otro tema complejo en "La traición"Fernández Díaz se mete con otro tema complejo en “La traición”

-¿Estas novelas de ficción parecen complementos de sus columnas políticas en el diario La Nación?

-El artículo de los domingos me obligó a estudiar muchísimo, a volver a la historia política, a releer a los llamados pensadores nacionales, a los años 70, y eso fue muy transformador. Muchas cosas las había leído a los 20 años, cuando estaba cerca de la izquierda nacional, pero ahora los volví a leer de una manera crítica. Esto influyó mucho sobre mi tarea periodística y también se fue filtrando en las novelas de Remil, que son thrillers políticos. Confieso que había escrito un ensayo de 1000 páginas sobre el fenómeno del kirchnerismo, que tenía terminado en marzo cuando llegó la pandemia, y la editorial me dijo que no podían publicarlo porque no había mercado. Y Nacho Iraola, el director editorial de Planeta, me dijo: “¿Por qué en este tiempo de cuarentena no escribís una novela de Remil?”. Sentí que esa novela podía ser como una extensión de ese ensayo o podía destilar de alguna manera todo lo que sentía que había pasado, sobre todo durante los últimos cuatro años.

-¿Cuál fue el origen de la historia de La traición?

-Comienza con un viaje que hice hace dos años para vivir dos meses en París. Fui becado por Mozarteum Argentina y estuve viviendo dos meses allá. Y cuando estaba en el aeropuerto de Orly, a punto de viajar a Sevilla para dar una charla con Pérez Reverte, se me ocurrió la idea iluminadora. En ese momento, acá estaba estallando la Argentina: habían apedreado el Congreso de la Nación, habían tirado 14 toneladas de piedras, se había disparado el dólar, todo el mundo jugaba con el helicóptero y todos apostaban a que ese gobierno también se iba a ir antes, con lo cual la idea de un partido único, de que sólo el peronismo puede gobernar, iba a quedar totalmente instalado.

-¿Le ayudó la distancia para encontrarle la vuelta a la historia?

-Creo que sí. Porque fui pensando en todo esto y en cómo intervenía la Iglesia de manera importante en la política argentina, uniendo al peronismo, acogiendo a los setentistas, articulando con los referentes sociales, en una alianza muy destructiva cuando estaba en la calle y que ahora está perjudicando mucho la gobernabilidad porque los que hicieron aquello son los que gobiernan hoy. Así que se me ocurrió en el aeropuerto una idea sobre un amigo del Papa, totalmente inventado, que llama a los agentes de inteligencia, Cálgaris y Remil, a París y les dice que está preocupado… claro, el Papa tiene relaciones con personas non santas, sindicalistas multimillonarios, corruptos, personajes incluso violentos, y a todos recibe, con todos se saca fotos y con todos confraterniza. Ya sabemos que Bergoglio, en lugar de jugar al Nintendo o al dominó, le encanta jugar a la política, ser el Perón de Santa Marta y mover las fichas en la Argentina desde hace varios años. Porque él realmente no quería ser Papa, él quería ser un Juan Domingo Perón, ese era su gran sueño y sigue tratando de serlo. Y entonces se me ocurrió la idea de que hay alguien cerca de él que está preocupado por esas relaciones peligrosas y porque alguien se había tomado en serio la ficción. ¿A qué me refiero con la ficción? A qué aquí ha habido una glorificación de los 70, una especie de neosetentismo, una especie de juego a que “estoy en una revolución”. Juego a que el gobierno anterior fue una dictadura, juego a que estoy haciendo la resistencia peronista, juego a que hay persecución como en la Revolución Libertadora. Son todos juegos de Palermo Hollywood porque no tienen consecuencias. En realidad, no tienen consecuencias para los que juegan, pero tienen consecuencias para la democracia.

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Entrevista con Jorge Fernández Díaz

-¿Cuál es el eje de la historia que cuenta La traición?

-El eje fue que alguien cercano al Papa estaba preocupado porque uno de estos ex setentistas se había tomado en serio la idea de que estaban en un estado prerrevolucionario frente a una dictadura y que era necesario dar un golpe de efecto. Un poco a la manera de Gorriarán Merlo. Esa idea era inquietante y me pareció que había una novela ahí. Cuando volví a la Argentina, seguí viendo cómo se manejaba en la calle esta nueva alianza formada por pobristas eclesiásticos, setentistas o neosetentistas alucinados y progresistas que durante toda su vida vivieron denunciando la corrupción y de repente se plegaron al autoritarismo y a la corrupción sin que pase nada. Me pareció que todos estos personajes tenían que estar en la novela porque formaban parte del asunto que quería tratar.

-El libro es más corto, pero con un ritmo que deja sin aliento.

-Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo, que fuera más intensa que las otras o que, por lo menos, tuviera la intensidad de las otras, pero más condensada. Para lo cual tuve que estudiar también: volví a las viejas novelas de Maigret. Porque yo recordaba que Simenon, que hoy es considerado una especie de Balzac del siglo XX por los franceses y los europeos, escribió esas novelas que eran cortas, pero en las que pasaban muchas cosas de una manera muy intensa. Me pregunté cómo podía lograr eso y entonces me leí ocho novelas de Maigret. Estudié su estructura, sus trucos que justamente no parecen serlo, donde las cosas te capturan y no podés dejar de leerlo. Así que me puse a escribir con esa idea de un Remil más condensado, pero que no te deje dormir, aunque a quien no me dejó dormir fue a mí: cuando hice un Remil en la narcopolítica pude inventar muchas cosas, luego en un feudo provincial también pude inventar, son lugares lejanos en donde puedo engañar mejor al lector como escritor de ficción, pero cuando lo subís casi al tiempo real, cuando están el Papa, los progres, el kirchnerismo o ponen una granada de mano y casi vuelan un hospital para perjudicar a María Eugenia Vidal, cuando las cosas suceden casi en el terreno periodístico de la actualidad política, se vuelve más difícil la espectacularidad y la emocionalidad de una novela de espías.

-La novela tiene elementos de la realidad que son muy palpables para la gente.

-Claro, son muy palpables y no es tan creíble que yo me haga el Jason Bourne. Cuando iba escribiendo me decía: “Esto no es creíble”, y lo tiraba, volvía para atrás o me levantaba a las dos de la mañana y pensaba que no iba a funcionar, que nadie lo iba a creer. Es la primera vez que tuve que modificar mucho el guión de la novela mientras se iba escribiendo. Estuve encerrado con mi mujer, Verónica Chiaravalli, editora, erudita y una gran lectora, y muchas veces le dije con angustia: “Mirá, esta novela es un grave error”. Y ahí repensamos todo y le fuimos encontrando la vuelta. Quedó una novela muy seca, rápida, contundente, que tiene todas las sorpresas juntas. Y no es una película de buenos y malos, es una película de malos y peores…

-Muy realista en ese sentido (risas).

-Muy realista. Quienes aparecen son gente de los servicios de inteligencia capaces de cualquier cosa, pero, a la vez, quienes están en el terreno son esos progresistas que de repente se corrompen o que cometieron pecados graves en la década del setenta y tratan de esconderlos de la opinión pública, o esos setentistas que tienen una visión mesiánica. Una de las cosas más impactantes que pasaron en la Argentina, y que no es registrada por los medios, es esta exaltación de la cultura de los setentistas. He escuchado decir: “No estamos de acuerdo con la lucha armada que llevamos a cabo en los setenta, ni estamos de acuerdo con llevarla a cabo hoy, pero sí con los ideales”. Bueno, el problema es que cuando estudiás bien los ideales, eran totalitarios. Casi diría que la lucha armada derivó de los ideales totalitarios, como dicen algunos especialistas en el tema. Los propios Montoneros decían que iban a matar un millón de personas: “Y sí, una revolución es así”. En los colegios, en las facultades o en los medios públicos, a los chicos les cuentan una mentira infame: que aquellos jóvenes querían la democracia. No es verdad, querían una dictadura popular o una dictadura del proletariado, dependiendo las distintas fases y las distintas facciones. De democracia no tenía nada.

En el libro "La traición" reaparece el agente de inteligencia RemilEn el libro “La traición” reaparece el agente de inteligencia Remil

-¿Cómo se refuta eso si hay un discurso dominante desde el Gobierno?

-Hay algunos neorrevisionistas que están examinando los 70, y me parece muy potable, pero el sistema educativo está en manos del kirchnerismo. Hay un juego que por momentos parece inocente: son como chicos de Parlermo Hollywood que se meten en una PlayStation, juegan a matar y después se van a tomar una cerveza. Esa cultura fue consolidándose en los últimos quince años en la Argentina, fue institucionalizada desde el Estado que permeó hacia abajo con los ideales de los Montoneros desarmados, por decirlo de alguna manera. Esos ideales son autoritarios y entonces vemos todos los días cosas graves que ocurren, desprecio por la democracia, por los límites, por la ley.

-¿Qué ejemplos hay?

-La toma de tierras está inspirada en esa idea. Hay como un jubileo alrededor la idea de que estamos haciendo la reforma agraria que soñamos en los 60, en los 70. Lo cual es una verdadera imbecilidad que ni siquiera el Gobierno puede parar. Porque si el Gobierno quisiera entregar tierras, lo único que tiene que hacer es decir: “Muchachos, vamos a hacer legalmente esto”. Pero no puede parar a los propios miembros de su coalición…

-Es que en el Gobierno tampoco hay una posición unificada sobre el tema.

-Porque dentro del Gobierno hay de todo. Este gobierno fue cocinado en esta Santa Alianza porque el Papa habla de la tierra como algo fundamental. Grabois, que es su operador en el mundo de la pobreza, está a favor de la toma de tierras y el Papa es alguien fundamental, alguien que logró unir al peronismo contra el gran mal argentino, que es el liberalismo político. No me refiero al liberalismo económico, sino al político, o sea la democracia liberal de alguna manera. Entonces aquella alianza sirvió para desgastar y destruir un gobierno, independientemente de los errores que cometió esa gestión. Siempre hubo una actitud destituyente, salvaje, primero iniciada por el kirchnerismo, después con el kirchnerismo y el trotskismo unidos en la calle, y luego con gente de la Iglesia trabajando de manera intensa. Es decir, toda una estructura que fue tan buena para desgastar al gobierno macrista y hoy desgasta al gobierno peronista. Porque están todos adentro, tironeándose con sus distintas posiciones. Alberto Fernández me dijo alguna vez que le parecía un grave error haber resucitado el espíritu de los 70, que eso lo había hecho Néstor Kirchner. Creo que Néstor necesitaba eso que siempre decía: “La izquierda te da fueros”. ¿Qué era ser de izquierda? Resucitar un poco los 70. Y eso se fue convirtiendo en una ola y su viuda está más convencida todavía, rodeada de setentistas. De algunos que sobrevivieron sospechosamente o hicieron cosas en el pasado de las cuales se avergüenzan. Esta es la idea que yo quería denunciar: quería que fuera un libro de vueltas de tuerca, de persecuciones, de espionaje, de mujeres misteriosas, que tuviera todo eso, pero que lo que sucediera avanzara sobre este terreno, este enorme fenómeno inquietante que hay en la Argentina.

"Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo", dijo Fernández Díaz“Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo”, dijo Fernández Díaz

-Usted lo menciona en el libro en boca de uno de sus personajes. Esos ex revolucionarios no hicieron autocrítica ni pidieron perdón por los crímenes que cometieron.

-Los dirigentes de entonces prácticamente nunca han pedido perdón. Les costó hacer un homenaje a Rucci hace poco en la Legislatura bonaerense porque lo mataron. La idea de la izquierda y la derecha en el peronismo como linajes enfrentados sigue estando.

-¿A qué responde el hecho de que no hayan hecho autocrítica?

-Durante todo un tiempo dijeron que habían sido errores de juventud, momentos de la historia y nada más. Pero además se entronca con el chavismo, tratar de conciliar la vieja idea de John William Cooke de congeniar a Perón con Fidel Castro. Chávez congeniaba con eso y por eso les gusta tanto y están tan comprometidos ideológicamente con ese verdadero desastre humanitario, político y económico que es el chavismo, además de los negocios del kirchnerismo. Empezaron a ser exaltados: “No, no pidas perdón por lo que hicimos, teníamos razón”. “Nuestros hijos tenían razón”, dijeron las Madres de Plaza de Mayo. Es decir, hay una serie de transformaciones en esos que habían hecho cierta autocrítica en silencio, aunque nunca les pidieron perdón a las víctimas, muchos de ellos cobraron la indemnización y ahora son dan charlas en colegios, los llaman como si fueran héroes de Malvinas. De hecho, hace un año hubo dos héroes de Malvinas a los que echaron a patadas de una escuela importante. En cambio, todos estos personajes van a contar sus grandes luchas y sus grandes aventuras. El kirchnerismo ha creado un Frankenstein, un feudo que trata de pasar como si fuera de izquierda y haciendo memoria emotiva han traído a los 70 de vuelta y los han convertido en una cultura. Hace 15 años no hubiera podido escribir este libro. Primero porque todo este proceso ni estaba todavía decantado y segundo, porque incluso para nuestra generación estábamos un poco colonizados: los años 70 eran de aquellos que habían dado la vida por sus ideales. ¡Minga, dieron la vida por un régimen que iban a instalar y que hubiera sido abominable! Eso no quiere decir que la dictadura haya estado bien, todo lo contrario, fue algo mucho peor. Nosotros hemos sido criados en la democracia con la idea de que esos eran nuestros hermanos mayores, les permitimos que sean nuestros gendarmes ideológicos, que nos dijeran qué pensar, qué estaba bien y qué estaba mal.

-¿Cómo se combina ese Frankenstein que usted menciona con la necesidad de dar señales de otro tipo para atraer inversiones extranjeras o arreglar con el Fondo Monetario?

-Hay dos fuerzas. Hay una dentro del Gobierno que tiene la misión de sacar a la Argentina de la recesión y de la depresión económica, algo que se consigue con inversiones, con exportaciones, con relaciones con el mundo de manera lo más amigable posible, combinado con otro sector que le gusta Irán, que defiende a Chávez, que está en la toma de tierras, que está colonizando la justicia y buscando la autoamnistía general para el peronismo, una vez más. La inseguridad jurídica que emite todos los días la Argentina, más la inseguridad política y social, los ataques a la propiedad privada y a la libertad de expresión, son totalmente contradictorios con la otra idea de tratar de salir de alguna manera de la recesión. Ese es el problema de un gobierno que se anula a sí mismo porque fue creado con un solo objetivo: destruir al gobierno anterior, que no vuelva más, tomar el poder y liberar de todas las causas al estado mayor kirchnerista. Lo que ellos querían era una democracia apócrifa, como la de San Luis, Formosa, como la de Santa cruz. Quedarse con los jueces, reformar tarde o temprano la Constitución, reformar el sistema electoral, fragmentar a la oposición para que sean sparrings, quedarse para siempre. Que parezca desde lejos más o menos una democracia, no un régimen militarizado, por supuesto, y en eso están. Ese es el proyecto verdadero.

-¿Cómo ve a los opositores?

-Esa oposición cometió muchos errores cuando gobernó, pero después la quisieron voltear por las cosas que hizo bien, como sacarle el cepo a la justicia y dejar que actuara. Ahora quieren construir eso como una persecución política: no, fue una persecución del Código penal. Ahora no existe nada. Los Cuadernos no existen, todo va a desaparecer en el aire. La oposición está tratando de mantenerse unida, que es lo principal, porque estamos ante un populismo que avanza, destruye y se apodera de todo. Si no se mantiene unida, la oposición está liquidada. De todas maneras, lo más interesante que pasa en la política es que la oposición es conducida por la gente.

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-¿A qué se refiere?

-La oposición no conduce a la gente, pero la gente conduce a la oposición. Es ese 41% que ahora está ampliado, porque en los banderazos ya hay gente que votó a Alberto Fernández porque iba a controlar a Cristina y que está enojadísima por cómo manejó las cosas. Hoy son más del 41% los que están movilizados. Es conmovedor ver a la gente pidiendo división de poderes, respeto republicano, algo que llamo republicanismo popular, disputándole al peronismo no sólo la calle sino también el concepto de pueblo. Han sido muy habilidosos en apoderarse de esa palabra.

-Pero esa gente no parece tener un líder.

-No tiene, es un movimiento fuertísimo de la vieja Argentina. Son herederos de dos conceptos, lo que llamo el país bueno, que luego se convirtió en el país normal. El país bueno era aquel país en el que nosotros crecimos, hijos y nietos de inmigrantes, con una clase media pujante Cuando querían hacer la revolución estos muchachos había 4% de pobres en la Argentina. Era otro país, otra escuela, otros valores, se creía en la ley, se creía en el futuro, éramos laburantes. Ese viejo país bueno se fue malformando, destruyendo. Queda el concepto de tratar de volver no quizá a ese país bueno, pero sí construir una especie de país normal para salir adelante y progresar. Donde el progreso sea una buena palabra, no apropiada por regresistas como les dice Felipe González a estos “progre” populistas que quieren regresar a ideales de los 70. Nosotros, en realidad, queremos regresar a ese país posible, donde hacer méritos estaba bien, donde había que romperse el tujes para progresar, para salir adelante, donde había ascenso, respeto a la ley. Hoy no se respeta la ley, no hay límites, está mal progresar, hoy es sospechoso que vos quieras hacer méritos. Todo esto esto bajo la idea de que el Estado, manejado por un caudillo providencial, tiene que tutelar las cosas.

-Habla de ese sistema caudillesco como si Cristina Kirchner estuviera al frente del Poder Ejecutivo. ¿Cuál es el papel de Alberto Fernández en este gobierno?

-Alberto es un gestor de Cristina. Tampoco están tan definidas las cosas. Cristina toma distancia cada vez que las cosas van mal. Lo hizo siempre ante las grandes tragedias. Y creo que ella presiente una gran tragedia. Y presiente bien. Porque la economía y la explosión social son muy inquietantes. Este es un gobierno constitucional, debe gobernar cuatro años y tiene que sacarnos de esta situación extrema, pero se tiene que dejar ayudar, dejar de cavar el propio pozo en el que está todos los días. El principal daño se lo ha hecho el Gobierno a sí mismo. No se lo hicieron la oposición, los banderazos ni los medios. Todos los días se disparan un tiro en los pies. A veces, dos o tres tiros.

-¿Qué reacciones imagina que despertará el libro entre esos personajes de los 70?

-Me encantaría que salieran a pegarme las vacas sagradas con las que me meto. No creo que tenga tanta suerte, pero está un poco dedicado a ellos. Mi representante, María Lynch, que está en España pero conoce mucho la Argentina, me dijo una frase muy española cuando leyó el libro: “Levantará ampollas”. Esas ampollas son necesarias. Tenemos que discutir sin miedo muchos de los grandes camelos que nos están metiendo en la cabeza.

FUENTE : INFOBAE

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