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El intendente de Avellaneda dijo que a Vicentin “el gobierno de Macri la mató”

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El intendente de la localidad santafesina Avellaneda, Dionisio Scarpin, responsabilizó al gobierno de Mauricio Macri por la crisis económica y financiera de la cerealera Vicentin. “La empresa hizo tantas inversiones en tecnologías y en rescatar empresas que armó una cartera de créditos en dólares, y el gobierno de Macri la mató”, sostuvo Scarpin en diálogo con AM750.

“El mismo problema que sufrió el país lo sufrió Vicentin con dos devaluaciones, el aumento de las tasas de interés en dólares y la quita de financiación del año pasado”, agregó el intendente radical en Caími a las 6.

Por otro lado, rechazó que el Banco Nación le haya dado US$ 300 millones en los últimos seis meses. “Lo van a tener que probar en la Justicia. Hasta ahora no pudieron probar nada”, afirmó. Y lanzó una advertencia: “Que el país no se sorprenda cuando no le encuentren nada ilegal”. De cualquier manera, dijo que “si hicieron algún movimiento para evadir impuestos, nosotros no vamos a defender delincuentes”.

En defensa de las autoridades de la empresa, Scarpin sostuvo que “los directores actuales de Vicentin son los que en 20 años multiplicaron por diez la mano de obra y la facturación. No cualquiera logra el prestigio nacional e internacional que tenía Vicentin hasta el año pasado. Lamentablemente, la economía del país le jugó una mala pasada” completó el intendente.

 

Para Scarpin, la propuesta de rescate del gobernador Omar Perotti es una oportunidad para la empresa. “Esto se soluciona con diálogo y de una manera que no es la expropiación ni la intervención”, dijo.

 

FUENTE : PAGINA 12

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Alberto dejó en claro que la grieta goza de buena salud

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El presidente eligió centrar su discurso en denuncias contra la anterior administración y la descalificación de la oposición. Lo electoral superó al sentido común.

Un discurso casi de barricada, centrado en la descalificación de la oposición y una crítica cerrada que no solo abarcó a la administración anterior sino que se remontó hasta los tiempos del megacanje de Fernando De la Rúa y disparó la novedad de el inicio de una querella criminal contra quienes asumieron la deuda externa en tiempos de la presidencia de Mauricio Macrifue la respuesta de Alberto Fernández a quienes aún dudaban sobre el tono de su mensaje en la apertura del año legislativo nacional.

Insistiendo reiteradas veces en un supuesto espíritu conciliador -al que demolía sistemáticamente con sus denuncias, sus descalificaciones y en no pocos casos claras tergiversaciones de los hechos- el mandatario cerró la puerta a cualquier instancia de diálogo, poniendo seriamente en duda la posibilidad de constituir el Consejo Económico Social en medio de semejante clima de conflicto, aunque sobre el final de su alocución intentó esgrimirlo como el camino a seguir.

Pocas veces un presidente utilizó este tipo de actos y ese recinto para romper lanzas tan violentamente con los opositores. Todo en Alberto Fernández pareció resumir el conocido pensamiento de Cristina Kirchner y su convicción de que la ruptura con quienes no acompañan el pensamiento y acción de gobierno es el único camino viable hacia el éxito del sector que representan.

La primera conclusión sería que en esta Apertura del 139º período de sesiones ordinarias el ocupante de la Casa de Gobierno rindió definitivamente sus módicas banderas de independencia y enterró el nonato «albertismo» hasta nueva oportunidad. Cada mandoble contra los opositores se constituyó entonces en una promesa de lealtad a «la Jefa» y en una puerta abierta a un país que deberá acostumbrarse a una larga campaña plagada de descalificaciones, persecuciones y pérdida de calidad institucional.

Desde el inicio del discurso fue posible entender lo que venía: el jefe de estado solo dedicó algunos minutos al grave asunto de las vacunas VIP y lo hizo para resaltar que todo lo realizado por él y su gobierno fue lo correcto, mientras que la oposición exageró algo que no iba más allá de algún error puntual. Frente al escándalo nacional Alberto optó por avisar que todos estaban equivocados…menos él.

«Si se cometen errores, la voluntad del Presidente es corregirlos de inmediato», dijo el mandatario para dar por zanjada la cuestión y comenzar sus ataques a todos los que piensan distinto al respecto y consideran que el único esfuerzo oficial estuvo destinado a esconder los hechos y minimizar el daño.

Y punto…tema superado y a otra cosa.

Tras fijar su belicosa posición el presidente comenzó a desgranar el largo informe de lo hecho y lo por hacer, aunque ya nadie prestaba atención a un aspecto casi burocrático que la historia ha dejado en claro que no suele ser más que un cúmulo de buenas intenciones. La suma de los informes de cada ministerio suele convertirse en una especie de pintura angelical de una república a la que sus habitantes perciben diabólica; y como nadie se toma jamás el trabajo de comparar entre lo prometido y lo realizado, estos discursos solo sirven para dejar una imaginaria muestra de un país que en realidad no existe.

Pero si algo era esperado era el punto referente a la reforma del Poder Judicial. Y Alberto no se hizo desear…

«El Poder Judicial de la Nación está en crisis» comenzó afirmando, para desgranar lo que a su juicio son privilegios de sus miembros. Claro que no olvidó lanzarse contra los miembros de la Corte Suprema a la que acusó de provocar «hechos llamativos» que los medios concentrados se dedican a esconder, pidiendo además la detención del fiscal Stornelli. Y habló de un entramado entre jueces, fiscales y periodistas para perseguir y espiar opositores, dictando teórica sentencia en una cuestión que aún está en etapa investigativa. 

Para terminar de clarificar el sentido de sus palabras pidió al Congreso que asuma el control del Poder Judicial, en lo que no puede dejar de mirarse como una ruptura fáctica de la independencia de poderes. Pero…¿alguien podía dudar de que esa demanda llegaría de la boca del presidente con la principal interesada en «domar» a la justicia sentada a su izquierda y Sergio Massa, al que le señaló la demora que sus proyectos de control tiene en Diputados, a su derecha?.

En el recorrido de las obras realizadas y por realizarse -con mayor presencia de estas últimas ya que mucho se insistió en el discurso en el freno producido hasta ahora por la pandemia- Fernández no dejó de comparar sus prioridades e intenciones con las de la anterior administración, lo que disparó más de un incidente verbal en el recinto con las respuestas desde el estrado incluidas. Algo que pareció resultar cómodo para la intención del orador que no era otra que comenzar a ser mero representante de uno de los sectores en violenta pugna en la Argentina.

Tal vez la única excepción a la regla, en un tema que despierta un interés directo en la población en su conjunto, fueron los anuncios acerca de un nuevo sistema de cálculo de tarifas de servicios públicos y la aparente prolongación en el tiempo de una política moderada de actualización -habló de un debate parlamentario que no podrá resolverse en lo que queda del año- aunque nada quedó puntualmente claro acerca de como sigue esta traumática historia que afecta cotidianamente a los argentinos. Habrá que esperar las aclaraciones pertinentes.

Mucho se dirá y se escribirá sobre los anuncios puntuales, que ciertamente parecieron disociados de la realidad que viven los ciudadanos, pero todo ello quedará eclipsado por el mensaje más nítido que dejó la apertura de sesiones: Alberto ha renunciado a su vocación de cerrar la grieta -si es que alguna vez existió esa intención- y se prepara a ser parte activa de los enfrentamientos que vienen.

Claro que siguiendo su ya vieja costumbre, concluyó presentándose a sí mismo como «el hombre que sembró la semilla de la unidad del país». Algo difícil de entender después de tanto mandoble y descalificación volcados en el discurso.

Y eso solo, es suficiente para que la sociedad comience a preocuparse.

Por Adrián Freijo –

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SALVE ARGENTINA, BANDERA DE LA PATRIA

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Mucho más que un símbolo, la bandera argentina es tal vez el último hito de unidad de los argentinos. Su historia, la impronta de su creador y la identificación con los valores que representa encierran un mensaje que debemos entender.

 

El 27 de febrero de 1812 el General Manuel Belgrano, en las barrancas de Rosario, a orillas del río Paraná, enarboló por primera vez la bandera argentina.

Sus colores celeste y blanco, provienen de la escarapela nacional. La historia cuenta que la bandera originaria se ha perdido y algunas versiones hablan de que tenía dos franjas; otras, dicen que eran tres pero no está claro cuál era su disposición.

Belgrano izó por primera vez la bandera junto a las baterías Libertad e Independencia y fue jurada por los soldados.

Comunicado este hecho al Triunvirato, Belgrano partió a hacerse cargo del ejército del Norte, sin tomar conocimiento de que el organismo público le negaba la posibilidad de usar la nueva bandera, por la difícil situación reinante.

Recién luego del 9 de julio de 1816, una vez declarada la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, más precisamente el 20 de julio, su uso oficial fue aprobado por el Congreso.

El 25 de febrero de 1818, se agregó el sol, en homenaje al Dios Inca Inti (Dios del Sol). Sus 32 rayos dorados, están contenidos en negros bordes, alternándose un rayo recto y otro ondulado. La bandera con el sol fue usada para instituciones y eventos oficiales y de las Fuerzas Armadas hasta 1985, en que se dispuso su colocación en todas las banderas argentinas.

En tiempos del virreinato se produjeron dos invasiones inglesas a Buenos Aires. Durante 46 días, desde el mes de junio hasta el mes de agosto de 1806, la ciudad de Buenos Aires estuvo gobernada por ingleses.

Así era la bandera enarbolada por Manuel Belgrano a orillas del Paraná el 27 de febrero de 1812

Hasta ese momento, el único distintivo que llevaban los soldados patriotas para diferenciarse del ejército realista era una escarapela con los colores celeste y blanco. Manuel Belgrano -que estaba en Rosario con la misión de preparar a la tropa para defender los pasos del río Paraná de cualquier ataque realista- pensó que una buena manera de entusiasmar a los soldados era contar con una bandera propia que tuviera los colores de la escarapela. Así surgió la idea de mandar a coser una.

Hay muchas versiones acerca del origen de los colores de la bandera y la escarapela. Celeste y blanca era la cinta que usaba el rey de España cruzándole el pecho, los mismos colores tenían el escudo de la ciudad de Buenos Aires y las cintas repartidas el 25 de mayo. Después de la Revolución de Mayo, toda persona que quería demostrar que estaba a favor de la revolución se colocaba cintas celestes y blancas en algún lugar visible: las damas en el cabello, en los bordes de los rebozos, o en los abanicos; los hombres se las colocaban en los sombreros o en las solapas de los sacos.

Cuando la nueva bandera flameó frente al Paraná, Belgrano dijo a los soldados: «Esta será la divisa con que marcharán al combate los defensores de la patria».

Bandera aprobada por el Congreso de Tucumán en 1816.

Una de las tareas que tuvo el Congreso de Tucumán después de declarar la independencia fue acordar cuál sería la insignia que reemplazaría a la bandera española. Así decía el decreto expedido por el Congreso el 25 de julio de 1816: «Las Provincias Unidas, después de la declaración solemne de su independencia, tomarán como peculiar distintivo la bandera celeste y blanca».

En 1818 el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón resuelve cambiar aquellos colores dispuestos en Tucumán y así lo decreta. Las franjas de los extremos son de un azul más intenso que el celeste original. Esta modificación se debe a una consulta realizada a expertos en heráldica, la disciplina que se ocupa de estudiar los colores que deben llevar las banderas y los escudos. Los expertos rechazaron el celeste y determinaron que el color correspondiente debía ser un azul más oscuro.

Por disposición del Director Supremo se cambió el celeste por un azul intenso

Al igual que la que usamos actualmente, llevaba como distintivo militar un sol en el centro. Las franjas de los extremos son de un azul más intenso que el celeste original. Esta modificación se debe a una consulta realizada a expertos en heráldica, la disciplina que se ocupa de estudiar los colores que deben llevar las banderas y los escudos. Los expertos rechazaron el celeste y determinaron que el color correspondiente debía ser un azul más oscuro.

Finalmente se volvió a colocar en el fuerte de Buenos Aires en 1852, una vez que el gobierno de Rosas cayó como consecuencia de la batalla de Caseros, la bandera celeste y blanca tal cual la conocemos hoy y que fuera la aprobada en 1816 en el Congreso de Tucumán. Durante la secesión de Buenos Aires (1852-1861), los dos gobiernos -el de la Confederación y el de Buenos Aires- utilizaron la misma bandera.

Desde entonces el país se ha visto sometido a mil tensiones y la decadencia terminó por enseñorearse en su tierra y en su gente. Solo la bandera, lejos de facciones y fanatismos, parece hoy unirnos a todos bajo un mismo color que adquiere por tanto una dimensión mayor a la del símbolo: es a la vez esperanza, pasado y punto de encuentro.

Algo que deberemos entender y poner en práctica para superar, por fin, aquella tristeza de Manuel Belgrano que en su hora final deslizó un rezo laico que hoy debe ser recordado en boca de cada argentino con sentido de trascendencia: ¡¡¡Ay, Patria mía!!!.

FUENTE : LIBRE EXPRESION

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CUANDO LA IMPOTENCIA DISPARA EL PAPELÓN

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Pocas veces un presidente argentino tuvo un paso tan fallido por el exterior como el que protagonizó un Alberto Fernández histérico, fuera de foco y además, otra vez, mal informado.

La impotencia suele ser mala consejera del soberbio. Mientras en los seres humanos suele disparar tristeza, pesimismo y decepción en el omnipotente opera como acicate a las reacciones estentóreas, impensadas y pretendidamente propias de un ser superior. Claro que, inevitablemente, terminan en un papelón: no hay nada más ridículo que el que jura no haber robado el dulce de leche con la aureola del manjar en torno a sus labios.

Y así, manchado y en evidencia, se mostró Alberto Fernández cuando tuvo la malhadada idea de ponerse a contestar sobre temas de la política interna durante su visita a México y en presencia del propio mandatario azteca Andrés López Obrador. Cuando todo aconsejaba echar mano a la clásica salida diplomática y simplemente afirmar que no iba a hablar de cuestiones nacionales en casa ajena, el mandatario la emprendió contra quienes critican a su gobierno por el escándalo del llamado «Vacunatorio VIP» y, como suele ser habitual debido a su volátil carácter, terminó desnudando ante el mundo entero todo el odio que genera la irreparable grieta en el país y que lo tiene, mal que le pese, como uno más de los protagonistas centrales.

Por mucho que se esfuerce en parecer un moderado, Alberto Fernández no pierde ocasión para poner sal en la herida de las divisiones y descalificar, amenazar y estigmatizar a todos los que no piensan como él y su gobierno.

Fuera de sí, con fingida frialdad que no pudo ocultar su furia, se refirió despectivamente a los fiscales que estudian las más de doce denuncias presentadas por la violación de las normas vacunatorias. Él, que suele jactarse de su conocimiento del Derecho Penal y de su condición de docente de la UBA en la materia, pareció olvidar por un instante que es obligación de los funcionarios denostados el analizar toda denuncia que llega a sus manos. Luego verán si la rechazan o siguen adelante en su tratamiento…

“No existe ese delito y no se puede construir. Si quieren trabajar, hay muchos delitos para investigar como los peajes de Macri, el terrible y lamentable endeudamiento que la Argentina vivió, el vaciamiento del Congreso, el negocio de los parques eólicos y la responsabilidad de un ministro que mandó un submarino en el que murieran 44 tripulantes” disparó Fernández, soslayando deliberadamente que las presentaciones judiciales recorren no uno sino varios delitos posibles que van desde la gravísima asociación ilícita hasta el abuso de poder. ¿ Qué sabe entonces si alguno de ello puede existir?, ¿no es una frivolidad impertinente querer minimizar el trabajo de la justicia diciendo que «no existe el delito de adelantarse en una cola»?.

Ello sin olvidar que todas y cada una de las causas enunciadas como «olvidadas» están hoy siendo investigadas por la justicia y en plena instrucción penal…

Mientras Alberto Fernández sale por el mundo a operar una vez más como tapadera de los verdaderos organizadores de este disparate (Ver:La Cámpora, las vacunas «vip» y el caso Mar del Plata) el propio presidente de los EEUU Joe Biden toma el caso argentino y el peruano para pedir que los procesos de asignación de la vacuna sean transparentes en el mundo entero.

Parece imposible que el presidente argentino comprenda que en el mundo existe un código ético muy diferente al que, sin límite ni pudor, rige en nuestro país las relaciones entre los todopoderosos gobernantes y el golpeado pueblo.

Y para cerrar la triste jornada Alberto sostuvo que «le pido a los fiscales que vuelvan a leer el código penal. No sé quién los aprobó ni en que universidad, pero ya hicieron demasiadas sinvergüenzadas». Por un momento pasó por nuestras cabezas la imagen de una presidente anterior que, preguntada por alumnos de una universidad americana sobre casos de corrupción y su abultada fortuna, no tuvo mejor idea que descalificar a sus interlocutores diciendo «chicos, por favor, estamos en Oxford no en La Matanza».

Algunos parecen haber incorporado el papelón a su bagaje ideológico…lastima que nos involucran a todos.

FUENTE : LIBRE EXPRESION

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