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Imputan a Telecom, Telefónica y Telecentro

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El 22 por ciento de las denuncias ingresadas durante mayo fueron relativas a problemas con servicios de comunicaciones, convirtiéndose en el rubro que más quejas recibió.

El Ministerio de Desarrollo Productivo informó este domingo que imputó a las empresas Telefónica, Telecom y Telecentro por presunto incumplimientos en el servicio técnico, faltas administrativas y demoras en la entrega de productos.

La Subsecretaría de Acciones para la Defensa de los Consumidores detectó que el 22 por ciento de las denuncias ingresadas durante mayo en la Ventanilla Única de Reclamos de Defensa del Consumidor y del Servicio de Conciliación Previa en las Relaciones de Consumo fueron relativas a problemas con servicios de comunicaciones, convirtiéndose en el rubro que más quejas recibió.

“Resulta llamativo que el organismo público que está analizando los presuntos incumplimientos cometidos por ésta y otras empresas, emita una comunicación pública sobre el tema que tiene a estudio y cuando aún Telecom Argentina S.A. no ha efectuado su descargo en los términos de ley, aseguró Telecom a través de un comunicado donde además remarcó que  la imputación en referencia fue acompañada de 145 denuncias a la empresa, cantidad que calificó como “poco representativa” en comparación con sus 28 millones de clientes fijos y móviles.

Según los reclamos, tanto Telefónica de Argentina S.A. (Telefónica y Movistar) como Telecom Argentina S.A. (Telecom, Personal, Fibertel y Cablevisión) y Telecentro S.A. brindarían un servicio técnico ineficiente debido a que no solucionan los desperfectos en las comunicaciones de telefonía, ni los inconvenientes en las conexiones de TV e internet. Además, la subsecretaría aseguró a través de un comunicado que las empresas se excusaron en las restricciones que impone la emergencia sanitaria para no realizar reparaciones, a pesar de que cuentan con protocolos específicos que establecen pautas para el ingreso a los hogares, cuando es absolutamente indispensable.

Las quejas a las tres empresas apuntaron también a incumplimientos administrativos ya que no realizarían el procesamiento de la baja del servicio o el cambio de plan en tiempo y forma y le generan al usuario deudas impropias.

En el caso de Telefónica, se sumó la demora en los plazos de entrega de productos adquiridos y problemas con los trámites de portabilidad, ya que se indicó que la compañía no envía el chip, o lo hace con retrasos. Sin embargo, la facturación del servicio se ejecuta como si el usuario estuviera disponiendo del producto con normalidad. Asimismo, se registraron inconvenientes con la ejecución de la garantía de los productos adquiridos, ya que la empresa no informa y no arbitra los medios para soluciones excepcionales en el marco de la pandemia.

En Telecentro, además, los usuarios indicaron que los canales de atención al público son deficientes, tanto telefónicamente como a través de la web. Una vez lograda la comunicación pautan una cita al domicilio del consumidor, la cual incumplen en sucesivas oportunidades. Incluso señalaron que no se le realizan los descuentos de los períodos en los cuales la empresa no les brindó el servicio.

Por su parte, la secretaria de Comercio Interior Paula Español, de quien depende la Subsecretaría de Acciones para la Defensa de los Consumidores, indicó: “son necesarios los reclamos formales de los consumidores para hacer efectivos sus derechos”. Asimismo, señaló: “Tras el análisis de las denuncias y al identificar la operatoria sistemática de las empresas, estamos actuando de oficio en representación de todos los damnificados y encarando acciones administrativas o judiciales para que no se vulneren los derechos de los consumidores”.

El gobierno remarcó que en los expedientes se agregaron las denuncias que permiten graficar que no se trata de problemas individuales, sino que son prácticas sistemáticas que lesionan los derechos de un conjunto de consumidores, y los coloca en una situación de mayor vulnerabilidad debido a que estos servicios se convirtieron en esenciales para la cotidianidad en el marco de la emergencia por la Pandemia.

Todas las imputaciones por presuntas infracciones a la Ley de Defensa del Consumidor 24.240 fueron notificadas el 25 de junio y las empresas poseen 5 días para ejercer su derecho a defensa. 

FUENTE :PAGINA 12

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Martín Caparrós, dejó el New York Times y lanzó su propio espacio: Cháchara

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En el marco de la quinta jornada del evento editorial, el periodista y autor recalcó que, para él, no existen estas barreras a la hora de contar una historia. Instó además a aprovechar las ventajas de la virtualidad en la lectura

Ayer por la tarde, una de las charlas que se dieron en el marco de la Feria Provincial del Libro, contó con la palabra de Martín Caparrós. Desde la cuenta en Instagram –ferialibrocorrientes- el periodista y escritor habló sobre el periodismo de estos tiempos y su cruce con la literatura.

El dialogó con Juan Manuel Laprovitta fluyó en su trabajo como escritor y periodista, Caparrós sostuvo que no hay fronteras entre ambas profesiones cuando lo que se escribe, además de aportar datos, despierta un sinfín de sentimientos y emociones. “No hay fronteras entre periodismo y literatura” (que valga) si produce lo que un buen texto literario.

Al inicio, se refirió a lo inusual de lo que acontece hoy en el mundo, y mencionó: “Esto es inimaginable. Y a la vez, dentro de lo malo, no deja de ser interesante. Interesante es que de vez en cuando pasen cosas que no estaban previstas. En un mundo en el que parecía que todo estaba preestablecido, inmutable, esto nos aparece como un gran aprendizaje”. Y de este fenómeno se puedan hacer crónicas y también literatura, aunque esta última es más difícil.

Para el autor, en el periodismo, en el actual contexto, surgieron dos tendencias: una más vinculada al periodismo clásico, basada en el relato de los datos oficiales, casi sin autonomía y la otra, que él denominó “el periodismo del yo”, en la que no quedaba otra que contar lo que al periodista le ocurre entre cuatro paredes.

Fuera de esas dos variantes, encontró algo más interesante, el periodismo realizado desde “un lugar duro de la pandemia” como hospitales y asilos. La elección de poder contar lo que está pasando allí, lleva a una buena crónica.

Aseveró también que, a esta altura de su carrera, no soporta las coacciones y coerciones de ningún tipo, por eso este tiempo con “Cháchara“, su nuevo emprendimiento, está recorriendo un camino que se abrió recientemente en el periodismo: sin necesidad de intermediación de los clásicos medios, intenta un espacio propio y explora la posibilidad de colgar en el ciberespacio lo que escribe, que circule y lo lean es para él otro problema. En ese sentido, sostuvo: “Luego, uno verá qué estrategias o cómo hace que otros lo lean, pero la cuestión mediática de soporte es muy distinta a años anteriores”.

Su renuncia al New York Times
“El asunto tiene que ver con que por un lado estaba harto de las coerciones, coacciones, y todo tipo de iones a las que me sometían en el New York Times, es decir, las letras góticas son muy bonitas, y uno dice oh!, oh!, el New York Times, pero me tenía los huevos por el piso. Quiero decir, me han cortado artículos, me han dicho qué palabras debía usar y cuáles no, cómo debía escribir y cómo no, y se supone que eran columnas de opinión, quiero decir, eso estaba en la sección de opinión y estaba firmado con mi nombre. Entonces, yo quiero seguir opinando lo que opino, no lo que dicen que debo opinar, es algo que no hice nunca en cuarenta y pico de años de periodismo, no voy a empezar ahora que ya estoy viejo. Entonces, me la banqué durante dos o tres años porque siempre pensaba en esta especie de relación pseudo conyugal que uno tiene, en la que supone, bueno… ya se van a mejorar las cosas, vale la pena, al fin y al cabo etcétera, etcétera… pero, llegó un momento en el que ya me harté por una cuestión puntual, concreta, no sé, me cortaron doscientas, trescientas palabras en un artículo y bueno, dije, ya hasta aquí llegamos y me fuí”, recordó.
Al referirse a Rodolfo Walsh -quien fuera su jefe en el diario Noticias-, señaló que aprendió más de él leyendo que compartiendo la redacción. De su admiración, pero más que nada de la lectura de sus crónicas y novelas.

Actualmente, no ve ninguna imposibilidad de volver a escribir sobre las provincias argentinas como “territorios”, tal como lo hiciera antes, con la diferencia que ahora le dedicaría más tiempo y el recorrido que se plantea sería distinto. Para él, Argentina se divide en dos: una Argentina en que las provincias son preexistentes a la conformación de la nación y cada una tiene una identidad definida, y la Argentina que creó las provincias de la mitad Sur del país, más homogéneas.

Su partida para residir en Europa, explicó, se debió a que después del 2000 necesitaba irse a otro lugar y eligió Madrid. Desde allí, con una perspectiva diferente, escribió para medios como el New York Times. Ese cambio de vista también le permitió un cambio de conciencia y una mirada más amplia de lo que sucede. Y su escritura abarcaba temas que les resultaban interesantes a lectores de distintas partes del mundo.

Sobre el desafío que presenta el contexto de pandemia y el aumento de la virtualidad, Caparrós se refirió a los libros digitales: “Creo que este nuevo escenario nos presenta algunas ventajas y debemos acercarnos aún más a esas especificidades que tiene el libro digital. Son experiencias de lectura diferentes la del libro papel o la del libro digital, pero creo que debemos empezar a abrirnos a las nuevas formas de contar y potenciar la experiencia de esta lectura”.

Caparrós crítica al “periodismo Gillete”

Tras dejar el New York Times porque le decían “qué escribir” en algunas ocasiones, Martín Caparrós lanza su “medio medio” cháchara.org que se vuelve su “cuarto propio” para escribir y que nadie limite lo que puede y no puede decir. “Por más que tenga muy bonitas letras góticas, yo me voy”, dijo Martín sobre dejar NYT.

Caparrós inaugura su “medio medio” con un artículo titulado ‘Pura cháchara’ en el que critica que “el periodismo escrito ha caído en la política del rating. No había manera de conocer cuanta gente accedía al contenido, eso no existía hasta la revolución digital. Ahora desde sus redacciones siguen estas notas y cambian el artículo, le cambian el nombre tres o cuatro veces para revisar qué da más clics”.

El periodista también resalta el ‘fenómeno’ del fact checking detallando que se supone que esa es la tarea del periodista, “informar e informar bien. No se entiende por qué se llegó a situación del fact checking. Sería como que luego de que él cirujano termine una cirugía, venga otro a revisar si no se quedó nada adentro o sin hacer”.

Caparrós también recuerda que, para lograr que se informe bien “se necesita son buenos periodistas, formarlos bien, tratarlos bien y pagarles bien”. En su crítica reitera que muchas veces se da la ilusión de que los artículos se escriben solos, que es la realidad y se crea solo y se olvida “que es alguien que estudió el que hace estos artículos. Uno no puede contar desde una nube porque vivimos en la tierra y uno siempre se para desde un lado para contar las cosas”.

Pura cháchara
Por: Martín Caparrós
Hace unos días me fui del New York Times. Hoy empiezo a publicar en este espacio propio, chiquito, modesto, donde nadie me va a decir qué puedo escribir y qué no. Me parece que no hay nada más valioso –y, a veces, más difícil.

Estamos, como siempre, en un momento raro. Más allá de la confusión momentánea del virus, los diarios tradicionales, ya digitalizados, siguen buscando sus maneras. La mayoría cae presa de la lógica del rating: una nota importa menos por lo que ve que por cuántos la miran. Muchos medios se someten a esa dictadura del número, donde los que definen qué vale la pena publicar son los miles o millones que cliquean o no sobre un título más o menos engañoso: el Periodismo Clic. Por algo la palabra clic significó, durante siglos, la comitiva de lameculos que festejaban todas las ocurrencias de algún jefe –y ese sentido sigue vivo en la clica centroamericana, otro nombre de la banda mara.

Aquí, para lamer consumidores y anunciantes, las notas se vuelven cada vez más banales, cada vez más amarillas, cada vez más necesitadas de cariño; no pensadas para contar lo que creemos que debe ser contado sino la cantidad de lectores que las miran. Para lo cual abundan las preguntas en lugar de títulos, los títulos falaces, el chisme irrelevante, la sangre pegajosa: como si sus autores, que ahora llaman editores, asumieran que sus lectores son idiotas y que solo se interesarán por materiales ídem.

Por eso hemos dicho, tantas veces, que importa escribir contra el público –o, por lo menos, contra esa idea desdeñosa del público que se hacen muchos editores. Porque esa idea es eficaz: crea lo que imagina. Cuanta más mierda se les dé a las moscas, más querrán las moscas comer mierda –digo, para mostrar que no he olvidado mi francés. Más se acostumbrarán, más la pedirán: mejor, entonces, podrán cagarlos los que siempre lo han hecho.

Y que si alguna vez se dijo que hacer periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa, ahora se puede suponer que hacer periodismo es contar lo que muchos no quieren saber. Escribir a favor del público, pero un público utópico, entendido como una legión de inteligencias exigentes, movilizadas. A favor de un público que quizá no exista, pero que solo puede llegar a existir si creemos que sí –y trabajamos para él.

Muchos medios, muchos editores se debaten en este problema: ¿hacerlo bien o ganar plata? Y algunos de los más serios, de los mejor intencionados caen, creo, en una trampa para bisontes. Se ha difundido por el mundo –y, mucho, por Latinoamérica– cierto modelo de periodismo americano. Cada vez me apena más la influencia que alcanzó en nuestros países ese periodismo atildado, pasteurizado, tan seguro, tan satisfecho de sí mismo, tan bien afeitado que podríamos llamarlo Periodismo Gillette. Es ese periodismo que llega con ínfulas de superioridad moral porque les preguntan las cosas a dos o tres personas y balancean lo que dicen las unas y las otras y usan mucho la palabra fuente y, en general, escriben como si se aburrieran. Disculpe, señora Rosenberg, ¿usted qué opina del señor Hitler? Perdone, señor Hitler, ¿usted qué piensa de la señora Rosenberg?

Es un periodismo paranoico, donde los medios más copetudos ya no confían en los periodistas que contratan y les hacen fuck-checking, la famosa verificación de datos. Durante siglos se supuso que los periodistas trabajaban de conseguir información correcta; ahora sus jefes no lo creen –no les creen– y ponen a alguien a controlarlos. Se quejan de que no tienen dinero, echan gente con ganas pero se gastan lo que dicen que no tienen en seguridad: en paranoia. Es, con perdón de las camareras de los hoteles, lo mismo que hacen algunas cadenas cuando las obligan a limpiar de a dos cada habitación, para garantizar que cada una, al estar sola, no se tiente y robe. La práctica paranoica es coherente con este mundo de hipercontrol construido a partir de los miedos. Sería lógico que el ejemplo del periodismo se difundiera: que, por ejemplo, en cirugía se impusiera el cut-checking, donde un colega más bisoño vuelve a abrir al paciente para ver si el primero no se olvidó una gasa sucia o un pedacito de tumor.

Es, está claro, un periodismo elaborado en los Estados Unidos para ciertas características del pensamiento americano, con perdón del oxímoron. Un periodismo –¿un pensamiento?– que busca, básicamente, la verdad, porque cree que existe una verdad, porque viene de un país que cree en la verdad porque usa unos billetes que dicen que In God we trust, y quien confía en Dios se cree que existe la verdad: Una Verdad. Es la base de la conducta religiosa, contra los incrédulos que pensamos que no existe la verdad sino miradas, diversidad, conflicto. Que la verdad se aplica a hechos tan banales como dónde estaba usted ayer a las ocho menos cuarto –aquí o allá, no en tres lugares– o que si dijo digo no dijo diego, pero nunca a las cuestiones realmente complejas, las que importan, donde lo que hay, siempre, son relatos, visiones.

(O se aplica, en su defecto, a las cuestiones definidas por la ley: si hay una ley que dice que no se puede conducir a más de 100 por hora, conducir a 104 contraviene esa ley. Si otra ley dice que las naranjas de una frutería son propiedad del dueño de la frutería, llevarse una naranja contraviene esa ley. Si otra dice que un funcionario público no debe obtener beneficios económicos de su puesto más allá de su sueldo, obtenerlos contraviene esa otra. Por lo cual el Periodismo Gillette se siente muy cómodo en ese terreno bien señalizado de la corrupción: hay una verdad visible, está muy claro cuándo algo es malo y cuándo no. En cambio, cuando ese mismo ministro decide gastar legítimamente la plata del Estado en una autopista en lugar de un hospital –tomar una decisión, hacer política–, ya no hay verdad; todo se vuelve cuestión de opiniones, de visiones del mundo: todo se complica.

Es la causa principal de esa tendencia a presentar la política como un relato policial: quién roba, quién no roba, quién es el culpable. La información poli-poli se ha asentado porque permite juzgar sin pensar: ciñéndose a las leyes que todos decimos aceptar. Allí el Periodismo Gillette hace su agosto, y es una mirada que sí comparte con el resto de la sociedad: lo que alguna vez llamamos honestismo.)

Las escuelas de periodismo ofrecen el Periodismo Gillette como la forma canónica de hacerlo, igual que las escuelas de economía enseñan a sacar plusvalía y las de derecho a usar la ley en beneficio de los dueños. El P.G. sirve, antes que nada, para definir lo que es noticia: lo que pasa en el poder –político, más que nada, no vaya a ser– y sus alrededores. El P.G. decidió hace unas décadas que debía dedicarse a “fiscalizar el poder”, y se empeña en formar parte de él para vigilar sus errores y excesos. Honestista a fondo, se jacta sobre todo cuando consigue cargarse a un funcionario –sus gunners se van marcando ministros en las cachas– porque cree que esa es la mejor manera de purificar el sistema y conseguir que siga funcionando, pero se presenta como neutro: evita preguntarse si su trabajo no sirve, sobre todo, para mantener este sistema funcionando, y qué es este sistema, cómo y a quiénes beneficia, cómo y a quiénes condena.

Gracias a esa política de mantenimiento del poder constituido, el Periodismo Gillette funciona en diálogo permanente con los demás poderes constituidos, los gobiernos que le cuentan sus cositas, los políticos que le entregan a sus compañeros en desgracia, los empresarios que le compran sus buenas voluntades, los riquísimos que –incluso– lo subvencionan para lavar sus conciencias y, sobre todo, para ayudar a que ese sistema que los hizo riquísimos no se desmorone.

Sus medios y sus periodistas, mientras tanto, condenan a esos colegas que llaman activistas porque muestran “una ideología”. Así postulan que lo que ellos despliegan no es ideología: defender la economía de mercado y la propiedad privada y la delegación del poder no lo es; eso es pelear por la verdad, la libertad, la democracia, todo eso que no se puede cuestionar.

Pero, mientras tanto, el Periodismo Gillette y el Periodismo Clic –¿quién no oyó hacer clic a una gillette?–, ambos dos, están perdiendo el monopolio. Hasta hace unos años quien quisiera difundir una noticia, una opinión, dependía de ellos: ellos tenían el papel, las imprentas, los circuitos de distribución, la plata; sin ellos no había forma de circular palabra escrita. Ya no: ahora el intermediario diario no es indispensable. Puede seguir funcionando como garantía de cierto cuidado: si Juan Pepe publica sus palabras por ahí sueltas muchos podrían no creerle; en cambio, si Juan Pepe las publica en tal o cual medio, entonces sí. Pero para un periodista con algún recorrido esa legitimación no es indispensable; los medios, ahora, en general, se necesitan como gerencia de recursos: oficinas que recauden el dinero necesario para trabajar, para vivir de ellos. Nada que no se pueda reemplazar con cierto esfuerzo.

Así que muchos medios se preocupan. Están en crisis y, como mantienen algún poder de difusión, nos quieren convencer de que su crisis es la crisis del periodismo. Nada más falaz: en muchos lugares, de muchas formas, se está haciendo muy buen periodismo; a menudo, no se publica en los grandes periódicos. Yo acabo de salir de uno porque no quería seguir haciendo lo que tuve que hacer demasiadas veces en mi vida: pelearme con editores que ejercían su pequeño poder para tratar de mantenerme dentro de sus estrechísimos esquemas. Siempre me interesó, dentro de mis estrechísimas posibilidades, romper esos esquemas, buscar formas.

Así que ahora volveré a hacer algo que los periodistas sudacas conocemos bien: trabajar por nuestra cuenta y riesgo, invertir horas y esfuerzos en hacer lo que nos interesa más allá de que, en principio, no haya quien lo pague. Digo: trabajando en otras cosas para poder trabajar en las cosas que nos importan. Así trabajé tantos años; así se hace, todavía, mucho del mejor periodismo.

Ahora, entonces, quiero armarme un lugar donde no tenga excusas: donde pueda pensar y publicar lo que quiera, donde pueda acompañar y jalear esa búsqueda, aprender, participar. Cháchara, entonces, ahora: medio medio, un cuarto propio. Aquí publicaré/subiré, de ahora en más, lo que se me cante. Una columna, una crónica, un poema en arameo –ojalá un poema en arameo–, fotos propias y ajenas, un comentario breve, los dibujitos de un amigo, los desastres de Messi, un video si me atrevo, lo que pueda. Supongo que lo haré por lo menos una vez por semana; a veces será más. Y, cuando lea o vea por ahí cosas que me interesen, también lo registraré en la columna del costado, por si les interesa a otros. Y a veces, ojalá, invitaré a algún amigo.

Esta es su casa de usted, como dicen los mejicanos, porque es mi casa de mí: un lugar para andar a sus anchas, a nuestras anchas. Así que aquí nos veremos, espero, sin regularidad, sin garantías: cháchara, pura cháchara. Por alguna razón, la palabra cháchara se usa mucho unida a la palabra pura; es otro infundio que, de ahora en más, voy a tratar de desmentir.

FUENTE :
seniales blogspot.com.ar

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Renunció un alto funcionario de la AFI y La Cámpora pierde poder en el organismo

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En medio de los avances de la Justicia contra la cúpula anterior de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y con el mundo del espionaje revolucionado, se dio el primer episodio por una disputa de poder en el organismo conducido por Cristina Caamaño.
La titular de la AFI tiene a su cargo la secretaría que quedó acéfala
La titular de la AFI tiene a su cargo la secretaría que quedó acéfala Fuente: Archivo

Después de que Alberto Fernández mandara el pliego de Caamaño al Senado, y en un clima de tensión, renunció a su cargo el secretario de Producción de Inteligencia Nacional, Roberto López, considerado un funcionario clave en la estructura de las operaciones de inteligencia.

Su salida fue leída, entre quienes observan de cerca la dinámica del organismo, como un freno al poder que había acumulado López, un abogado que integra las filas de La Cámpora y vinculado a la gestión de la AFI durante el tramo final de la presidencia de Cristina Kirchner.

Detrás de López se retiró una tanda de agentes, todos bajo la modalidad de retiro voluntario. Su cargo, que controla todas las operaciones de inteligencia que ocurren en la órbita de la AFI, quedó vacante y, por ahora, todo el personal que tenía López por debajo responde directamente a Caamaño.

Roberto López había participado de la gestión de la AFI cuando fue encabezada por el hoy senador nacional Oscar Parrilli y el actual subsecretario de Justicia, Juan Martín Mena, durante 2015.

Allí se había ocupado del área de operaciones internacionales y, según supo LA NACION, desde ese entonces mantiene buena relación con el exdirector de Asuntos Interiores de la AFI Fernando Pocino. También pasó por la Cámara de Diputados, donde fue asesor en varias comisiones.

La presencia de López y de varios dirigentes de La Cámpora había sido interpretada por viejos agentes como la vuelta de caras conocidas, vinculadas a Pocino y a Mena. En el entorno de Mena, sin embargo, niegan las vinculaciones.

Según reconstruyó LA NACION, varios de los agentes que dejaron la AFI en el último mes habían sido los encargados de auditar el estado de situación del organismo y fueron quienes hallaron el material que luego denunció Caamaño en los tribunales federales de Comodoro Py por presuntos hechos de espionaje ilegal durante la gestión de Gustavo Arribas y Silvia Majdalani.

Una de esas denuncias, formulada por el hallazgo de un disco rígido con “inteligencia ilegal” contra 500 personas durante el gobierno de Macri, advertía que el material de ese disco había sido borrado y pudo ser recuperado, “con algunas falencias”.

La Justicia pidió realizar peritajes sobre esa información y advirtió que la AFI demoraba en responder a los oficios para continuar con la investigación.

Una promesa repetida

A pesar de que en su discurso de asunción presidencial Mauricio Macri prometió que la AFI no espiaría a los argentinos, el expresidente terminó su mandato con numerosas acusaciones por presuntos hechos de espionaje ilegal. Arribas y Majdalani están imputados en varios expedientes judiciales. Durante los gobiernos kirchneristas que antecedieron al macrismo se profundizó el vínculo entre los servicios de inteligencia y la Justicia Federal, mientras Jaime Stiuso acumulaba poder.

Cristina Kirchner terminó su mandato peleada con Stiuso y con la cúpula de la ex-SIDE que había elegido Néstor Kirchner. El vínculo entre el poder político y los servicios de inteligencia quedó expuesto y su eliminación fue una promesa reiterada pero incumplida por los distintos gobiernos.

En su discurso de apertura del período legislativo, el presidente Alberto Fernández anunció la intervención de la AFI para “terminar con los sótanos de la democracia”.

Apenas fue nombrada interventora, Caamaño redactó una resolución mediante la cual ordenó “reducir al mínimo” la participación de los servicios de inteligencia como auxiliares de la Justicia en las causas penales. Esta normativa fue leída como un mensaje a los jueces federales para cortar los puentes formales que existían entre los tribunales y la AFI, y en marzo fue ratificada por un decreto presidencial.

Se anunció, también, la difusión pública de casi todo el presupuesto del organismo, de unos $2600 millones, y la reasignación de fondos reservados excedentes a distintas políticas públicas.

Y se reformó la estructura organizativa de la agencia de inteligencia. En lugar de direcciones divididas por jurisdicciones, ahora hay tres secretarías: la de Producción de Inteligencia Nacional, la de Planificación de Inteligencia Nacional y la de Administración y Apoyo.

La figura de subdirector general quedó sin efecto de forma provisoria. Y la Secretaría de Producción de Inteligencia Nacional -la más importante por tener a su cargo toda el área operativa del organismo- hoy está acéfala.

FUENTE : LA NACION

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La justicia de Nueva York le ordenó al Gobierno pagar USD 224 millones por el default de la gestión kirchnerista

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Son bonos emitidos entre 1997 y 2001. Los fondos los compraron en 2013 y 2014 y, con la cesación de pagos de ese año, comenzaron su reclamo por la vía judicial en EEUU.

La justicia de Nueva York le ordenó al Gobierno pagarles 224,2 millones de dólares a dos fondos de inversión que permanecían en default desde la gestión kirchnerista.

El analista Sebastián Maril anticipó el fallo de la jueza Loretta Preska de Nueva York, que convalidó el reclamo de los fondos Attestor Master Value (por USD 67,9 millones y Trinity Investments (USD 156,3 millones).

Se trata de dos fondos que no participaron de la reestructuración de los canjes 2005 y 2010, aclaró Maril.

El fallo de la jueza Loretta Preska de Nueva York contra la Argentina fuente: Sebastián Maril

“Estos dos fondos constituían la mayor tenencia de bonos en default y no reestructurados de los casos iniciados ante el Juez Thomas Griesa”, dijo Maril a Infobae, en relación al magistrado que llevó todas las causas de la Argentina hasta su fallecimiento.

De este modo, “ahora la Argentina tan solo tiene cerca de USD 300 millones (más intereses) en litigio de aquel default del 2001”, explicó Maril.

Fuentes oficiales indicaron a Infobae que “se seguirá negociando y apelando” y aclararon que “era algo que estaba al caer hace tiempo”, aunque es el primer fallo en contra del gobierno argentino desde que asumió Alberto Fernández como presidente en diciembre pasado.

Los bonos defaulteados fueron emitidos entre 1997 y 2001 en este caso y sus tenedores originales no entraron a los canjes posteriores a la cesación de pagos de fines del 2001, que se llevaron a cabo en 2005 y 2010.

Sin embargo, estos dos fondos los compraron entre 2013 y 2014 y, con el default del 2014 durante el gobierno de Cristina Kirchner, comenzaron su reclamo judicial, mientras pedían la aceleración de la deuda respectiva.

El default del 2014 se basó en la sentencia de Griesa del 2011, ratificada por la cámara federal de Nueva York, que quedó confirmada de hecho cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos no tomó el caso y el fallo quedó firme en favor de los acreedores que no habían aceptado los mencionados canjes y reclamaban el pago completo de sus títulos.

El 93% de los acreedores había aceptado dichas reestructuraciones, pero, a falta de cláusulas de acción colectiva (CACs) en los bonos que no se pagaron, la justicia norteamericana consideró que el país debía pagarle al resto de los bonistas.

El entonces ministro de Economía, Axel Kicillof, desechó junto a la presidenta una solución que había diseñado el presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, para llegar a un acuerdo con los holdouts a un valor más bajo que el que tuvo que pagar el país luego de que el fallo en Estados Unidos quedara firme.

El gobierno de Cristina Kirchner, con Axel Kcillof como ministro, provocó otro default en 2014

El gobierno de Mauricio Macri solucionó la mayoría de los casos pendientes entre 2016 y 2017, como señaló Maril, a través de un acuerdo que avaló Griesa.

Por esta razón, Preska fue dando de baja la mayoría de los juicios, para su archivo.

Sin embargo, a poco más de siete meses del inicio de la gestión Fernández, apareció esta sentencia desfavorable, mientras el Gobierno recién lanza el canje para renegociar la deuda de los bonos 2005, 2010 y 2016.

En este caso, los títulos que se emitirán sí tienen cláusulas de acción colectiva, por lo que, si el Gobierno obtiene determinadas mayorías, los holdouts se quedarán sin argumentos frente a la justicia extranjera.

Sin embargo, el mecanismo de redesignación que fijó el Ministerio de Economía para llevar adelante canjes parciales, con un apoyo mínimo del 50%, podría generar cierta litigiosidad. Más complejo será para los bonistas del grupo Ad Hoc, que tienen títulos emitidos en 2016 pero pretenden tener la protección de los títulos del canje del 2005, tener un argumento legal contundente frente a la justicia norteamericana.

Por Martín Kanenguiser.

FUENTE : http://www.treslineas.com.ar/

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