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Opinión

La carta de Cristina Fernández de Kirchner en la antesala del acto de homenaje a Néstor Kirchner provocó casi todas las reacciones posibles en el Gobierno

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En una entrevista con Infobae, el escritor y periodista habla de su flamante libro “La traición”, un thriller político en el que reaparece el agente Remil en una trama donde se entremezclan el Papa, la “izquierda caviar”, ex revolucionarios y setentistas, en medio del gobierno de Macri

Jorge Fernández Díaz es sinónimo de pasión, tanto en el periodismo como en la literatura. Sus palabras no sólo parecían sensores que podían internarse en el corazón de las personas cuando escribía sobre el amor, sino que también pueden ser como estiletes dirigidos contra el establishment de la dirigencia nacional si pone la lupa sobre la política.

En la larga entrevista con Infobae, en su barrio de Palermo natal, ese estilo apasionado se convirtió en un bisturí de la realidad nacional, aunque esta vez con la excusa del lanzamiento de su nueva novela, La traición, en la que el agente Remil vuelve en una historia de ritmo vertiginoso en donde se mezclan el Papa, políticos setentistas, ex revolucionarios, corruptos y mujeres misteriosas en una Argentina reciente.

Fernández Díaz aprovechó la mayor parte de la cuarentena obligatoria para escribir este libro, sucesor de los exitosos El puñal y La herida, y confesó que la visita a este medio fue prácticamente su primera salida: quizá eso explique los intensos 54 minutos de una charla en la que fue derribando sin pausas algunos de los mitos que sostienen lo que él llama “la nueva Santa Alianza” que llegó al poder.

-¿Por qué regresó Remil? ¿De qué se trata su libro?

-Inventé a Remil, un agente de una agencia paralela de inteligencia, hace varios años, cuando escribí El puñal y luego La herida, una trataba sobre la narcopolítica y la otra sobre los feudos provinciales. En ambas novelas traté de contar cosas que los periodistas sabemos, intuimos, pero no podemos publicar de alguna manera. Los periodistas podemos publicar el 20% de lo que sabemos porque porque lo otro es impublicable, sería irresponsable difundirlo o no tenemos pruebas. Siempre me pareció que los fenómenos interesantes del lado oscuro de la política eran indecibles y cuando encontré en el periodismo una barrera para contar las cosas, logré saltarla con la ficción.

Fernández Díaz se mete con otro tema complejo en "La traición"Fernández Díaz se mete con otro tema complejo en “La traición”

-¿Estas novelas de ficción parecen complementos de sus columnas políticas en el diario La Nación?

-El artículo de los domingos me obligó a estudiar muchísimo, a volver a la historia política, a releer a los llamados pensadores nacionales, a los años 70, y eso fue muy transformador. Muchas cosas las había leído a los 20 años, cuando estaba cerca de la izquierda nacional, pero ahora los volví a leer de una manera crítica. Esto influyó mucho sobre mi tarea periodística y también se fue filtrando en las novelas de Remil, que son thrillers políticos. Confieso que había escrito un ensayo de 1000 páginas sobre el fenómeno del kirchnerismo, que tenía terminado en marzo cuando llegó la pandemia, y la editorial me dijo que no podían publicarlo porque no había mercado. Y Nacho Iraola, el director editorial de Planeta, me dijo: “¿Por qué en este tiempo de cuarentena no escribís una novela de Remil?”. Sentí que esa novela podía ser como una extensión de ese ensayo o podía destilar de alguna manera todo lo que sentía que había pasado, sobre todo durante los últimos cuatro años.

-¿Cuál fue el origen de la historia de La traición?

-Comienza con un viaje que hice hace dos años para vivir dos meses en París. Fui becado por Mozarteum Argentina y estuve viviendo dos meses allá. Y cuando estaba en el aeropuerto de Orly, a punto de viajar a Sevilla para dar una charla con Pérez Reverte, se me ocurrió la idea iluminadora. En ese momento, acá estaba estallando la Argentina: habían apedreado el Congreso de la Nación, habían tirado 14 toneladas de piedras, se había disparado el dólar, todo el mundo jugaba con el helicóptero y todos apostaban a que ese gobierno también se iba a ir antes, con lo cual la idea de un partido único, de que sólo el peronismo puede gobernar, iba a quedar totalmente instalado.

-¿Le ayudó la distancia para encontrarle la vuelta a la historia?

-Creo que sí. Porque fui pensando en todo esto y en cómo intervenía la Iglesia de manera importante en la política argentina, uniendo al peronismo, acogiendo a los setentistas, articulando con los referentes sociales, en una alianza muy destructiva cuando estaba en la calle y que ahora está perjudicando mucho la gobernabilidad porque los que hicieron aquello son los que gobiernan hoy. Así que se me ocurrió en el aeropuerto una idea sobre un amigo del Papa, totalmente inventado, que llama a los agentes de inteligencia, Cálgaris y Remil, a París y les dice que está preocupado… claro, el Papa tiene relaciones con personas non santas, sindicalistas multimillonarios, corruptos, personajes incluso violentos, y a todos recibe, con todos se saca fotos y con todos confraterniza. Ya sabemos que Bergoglio, en lugar de jugar al Nintendo o al dominó, le encanta jugar a la política, ser el Perón de Santa Marta y mover las fichas en la Argentina desde hace varios años. Porque él realmente no quería ser Papa, él quería ser un Juan Domingo Perón, ese era su gran sueño y sigue tratando de serlo. Y entonces se me ocurrió la idea de que hay alguien cerca de él que está preocupado por esas relaciones peligrosas y porque alguien se había tomado en serio la ficción. ¿A qué me refiero con la ficción? A qué aquí ha habido una glorificación de los 70, una especie de neosetentismo, una especie de juego a que “estoy en una revolución”. Juego a que el gobierno anterior fue una dictadura, juego a que estoy haciendo la resistencia peronista, juego a que hay persecución como en la Revolución Libertadora. Son todos juegos de Palermo Hollywood porque no tienen consecuencias. En realidad, no tienen consecuencias para los que juegan, pero tienen consecuencias para la democracia.

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Entrevista con Jorge Fernández Díaz

-¿Cuál es el eje de la historia que cuenta La traición?

-El eje fue que alguien cercano al Papa estaba preocupado porque uno de estos ex setentistas se había tomado en serio la idea de que estaban en un estado prerrevolucionario frente a una dictadura y que era necesario dar un golpe de efecto. Un poco a la manera de Gorriarán Merlo. Esa idea era inquietante y me pareció que había una novela ahí. Cuando volví a la Argentina, seguí viendo cómo se manejaba en la calle esta nueva alianza formada por pobristas eclesiásticos, setentistas o neosetentistas alucinados y progresistas que durante toda su vida vivieron denunciando la corrupción y de repente se plegaron al autoritarismo y a la corrupción sin que pase nada. Me pareció que todos estos personajes tenían que estar en la novela porque formaban parte del asunto que quería tratar.

-El libro es más corto, pero con un ritmo que deja sin aliento.

-Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo, que fuera más intensa que las otras o que, por lo menos, tuviera la intensidad de las otras, pero más condensada. Para lo cual tuve que estudiar también: volví a las viejas novelas de Maigret. Porque yo recordaba que Simenon, que hoy es considerado una especie de Balzac del siglo XX por los franceses y los europeos, escribió esas novelas que eran cortas, pero en las que pasaban muchas cosas de una manera muy intensa. Me pregunté cómo podía lograr eso y entonces me leí ocho novelas de Maigret. Estudié su estructura, sus trucos que justamente no parecen serlo, donde las cosas te capturan y no podés dejar de leerlo. Así que me puse a escribir con esa idea de un Remil más condensado, pero que no te deje dormir, aunque a quien no me dejó dormir fue a mí: cuando hice un Remil en la narcopolítica pude inventar muchas cosas, luego en un feudo provincial también pude inventar, son lugares lejanos en donde puedo engañar mejor al lector como escritor de ficción, pero cuando lo subís casi al tiempo real, cuando están el Papa, los progres, el kirchnerismo o ponen una granada de mano y casi vuelan un hospital para perjudicar a María Eugenia Vidal, cuando las cosas suceden casi en el terreno periodístico de la actualidad política, se vuelve más difícil la espectacularidad y la emocionalidad de una novela de espías.

-La novela tiene elementos de la realidad que son muy palpables para la gente.

-Claro, son muy palpables y no es tan creíble que yo me haga el Jason Bourne. Cuando iba escribiendo me decía: “Esto no es creíble”, y lo tiraba, volvía para atrás o me levantaba a las dos de la mañana y pensaba que no iba a funcionar, que nadie lo iba a creer. Es la primera vez que tuve que modificar mucho el guión de la novela mientras se iba escribiendo. Estuve encerrado con mi mujer, Verónica Chiaravalli, editora, erudita y una gran lectora, y muchas veces le dije con angustia: “Mirá, esta novela es un grave error”. Y ahí repensamos todo y le fuimos encontrando la vuelta. Quedó una novela muy seca, rápida, contundente, que tiene todas las sorpresas juntas. Y no es una película de buenos y malos, es una película de malos y peores…

-Muy realista en ese sentido (risas).

-Muy realista. Quienes aparecen son gente de los servicios de inteligencia capaces de cualquier cosa, pero, a la vez, quienes están en el terreno son esos progresistas que de repente se corrompen o que cometieron pecados graves en la década del setenta y tratan de esconderlos de la opinión pública, o esos setentistas que tienen una visión mesiánica. Una de las cosas más impactantes que pasaron en la Argentina, y que no es registrada por los medios, es esta exaltación de la cultura de los setentistas. He escuchado decir: “No estamos de acuerdo con la lucha armada que llevamos a cabo en los setenta, ni estamos de acuerdo con llevarla a cabo hoy, pero sí con los ideales”. Bueno, el problema es que cuando estudiás bien los ideales, eran totalitarios. Casi diría que la lucha armada derivó de los ideales totalitarios, como dicen algunos especialistas en el tema. Los propios Montoneros decían que iban a matar un millón de personas: “Y sí, una revolución es así”. En los colegios, en las facultades o en los medios públicos, a los chicos les cuentan una mentira infame: que aquellos jóvenes querían la democracia. No es verdad, querían una dictadura popular o una dictadura del proletariado, dependiendo las distintas fases y las distintas facciones. De democracia no tenía nada.

En el libro "La traición" reaparece el agente de inteligencia RemilEn el libro “La traición” reaparece el agente de inteligencia Remil

-¿Cómo se refuta eso si hay un discurso dominante desde el Gobierno?

-Hay algunos neorrevisionistas que están examinando los 70, y me parece muy potable, pero el sistema educativo está en manos del kirchnerismo. Hay un juego que por momentos parece inocente: son como chicos de Parlermo Hollywood que se meten en una PlayStation, juegan a matar y después se van a tomar una cerveza. Esa cultura fue consolidándose en los últimos quince años en la Argentina, fue institucionalizada desde el Estado que permeó hacia abajo con los ideales de los Montoneros desarmados, por decirlo de alguna manera. Esos ideales son autoritarios y entonces vemos todos los días cosas graves que ocurren, desprecio por la democracia, por los límites, por la ley.

-¿Qué ejemplos hay?

-La toma de tierras está inspirada en esa idea. Hay como un jubileo alrededor la idea de que estamos haciendo la reforma agraria que soñamos en los 60, en los 70. Lo cual es una verdadera imbecilidad que ni siquiera el Gobierno puede parar. Porque si el Gobierno quisiera entregar tierras, lo único que tiene que hacer es decir: “Muchachos, vamos a hacer legalmente esto”. Pero no puede parar a los propios miembros de su coalición…

-Es que en el Gobierno tampoco hay una posición unificada sobre el tema.

-Porque dentro del Gobierno hay de todo. Este gobierno fue cocinado en esta Santa Alianza porque el Papa habla de la tierra como algo fundamental. Grabois, que es su operador en el mundo de la pobreza, está a favor de la toma de tierras y el Papa es alguien fundamental, alguien que logró unir al peronismo contra el gran mal argentino, que es el liberalismo político. No me refiero al liberalismo económico, sino al político, o sea la democracia liberal de alguna manera. Entonces aquella alianza sirvió para desgastar y destruir un gobierno, independientemente de los errores que cometió esa gestión. Siempre hubo una actitud destituyente, salvaje, primero iniciada por el kirchnerismo, después con el kirchnerismo y el trotskismo unidos en la calle, y luego con gente de la Iglesia trabajando de manera intensa. Es decir, toda una estructura que fue tan buena para desgastar al gobierno macrista y hoy desgasta al gobierno peronista. Porque están todos adentro, tironeándose con sus distintas posiciones. Alberto Fernández me dijo alguna vez que le parecía un grave error haber resucitado el espíritu de los 70, que eso lo había hecho Néstor Kirchner. Creo que Néstor necesitaba eso que siempre decía: “La izquierda te da fueros”. ¿Qué era ser de izquierda? Resucitar un poco los 70. Y eso se fue convirtiendo en una ola y su viuda está más convencida todavía, rodeada de setentistas. De algunos que sobrevivieron sospechosamente o hicieron cosas en el pasado de las cuales se avergüenzan. Esta es la idea que yo quería denunciar: quería que fuera un libro de vueltas de tuerca, de persecuciones, de espionaje, de mujeres misteriosas, que tuviera todo eso, pero que lo que sucediera avanzara sobre este terreno, este enorme fenómeno inquietante que hay en la Argentina.

"Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo", dijo Fernández Díaz“Tenía que ser una novela más corta, como cortada a cuchillo”, dijo Fernández Díaz

-Usted lo menciona en el libro en boca de uno de sus personajes. Esos ex revolucionarios no hicieron autocrítica ni pidieron perdón por los crímenes que cometieron.

-Los dirigentes de entonces prácticamente nunca han pedido perdón. Les costó hacer un homenaje a Rucci hace poco en la Legislatura bonaerense porque lo mataron. La idea de la izquierda y la derecha en el peronismo como linajes enfrentados sigue estando.

-¿A qué responde el hecho de que no hayan hecho autocrítica?

-Durante todo un tiempo dijeron que habían sido errores de juventud, momentos de la historia y nada más. Pero además se entronca con el chavismo, tratar de conciliar la vieja idea de John William Cooke de congeniar a Perón con Fidel Castro. Chávez congeniaba con eso y por eso les gusta tanto y están tan comprometidos ideológicamente con ese verdadero desastre humanitario, político y económico que es el chavismo, además de los negocios del kirchnerismo. Empezaron a ser exaltados: “No, no pidas perdón por lo que hicimos, teníamos razón”. “Nuestros hijos tenían razón”, dijeron las Madres de Plaza de Mayo. Es decir, hay una serie de transformaciones en esos que habían hecho cierta autocrítica en silencio, aunque nunca les pidieron perdón a las víctimas, muchos de ellos cobraron la indemnización y ahora son dan charlas en colegios, los llaman como si fueran héroes de Malvinas. De hecho, hace un año hubo dos héroes de Malvinas a los que echaron a patadas de una escuela importante. En cambio, todos estos personajes van a contar sus grandes luchas y sus grandes aventuras. El kirchnerismo ha creado un Frankenstein, un feudo que trata de pasar como si fuera de izquierda y haciendo memoria emotiva han traído a los 70 de vuelta y los han convertido en una cultura. Hace 15 años no hubiera podido escribir este libro. Primero porque todo este proceso ni estaba todavía decantado y segundo, porque incluso para nuestra generación estábamos un poco colonizados: los años 70 eran de aquellos que habían dado la vida por sus ideales. ¡Minga, dieron la vida por un régimen que iban a instalar y que hubiera sido abominable! Eso no quiere decir que la dictadura haya estado bien, todo lo contrario, fue algo mucho peor. Nosotros hemos sido criados en la democracia con la idea de que esos eran nuestros hermanos mayores, les permitimos que sean nuestros gendarmes ideológicos, que nos dijeran qué pensar, qué estaba bien y qué estaba mal.

-¿Cómo se combina ese Frankenstein que usted menciona con la necesidad de dar señales de otro tipo para atraer inversiones extranjeras o arreglar con el Fondo Monetario?

-Hay dos fuerzas. Hay una dentro del Gobierno que tiene la misión de sacar a la Argentina de la recesión y de la depresión económica, algo que se consigue con inversiones, con exportaciones, con relaciones con el mundo de manera lo más amigable posible, combinado con otro sector que le gusta Irán, que defiende a Chávez, que está en la toma de tierras, que está colonizando la justicia y buscando la autoamnistía general para el peronismo, una vez más. La inseguridad jurídica que emite todos los días la Argentina, más la inseguridad política y social, los ataques a la propiedad privada y a la libertad de expresión, son totalmente contradictorios con la otra idea de tratar de salir de alguna manera de la recesión. Ese es el problema de un gobierno que se anula a sí mismo porque fue creado con un solo objetivo: destruir al gobierno anterior, que no vuelva más, tomar el poder y liberar de todas las causas al estado mayor kirchnerista. Lo que ellos querían era una democracia apócrifa, como la de San Luis, Formosa, como la de Santa cruz. Quedarse con los jueces, reformar tarde o temprano la Constitución, reformar el sistema electoral, fragmentar a la oposición para que sean sparrings, quedarse para siempre. Que parezca desde lejos más o menos una democracia, no un régimen militarizado, por supuesto, y en eso están. Ese es el proyecto verdadero.

-¿Cómo ve a los opositores?

-Esa oposición cometió muchos errores cuando gobernó, pero después la quisieron voltear por las cosas que hizo bien, como sacarle el cepo a la justicia y dejar que actuara. Ahora quieren construir eso como una persecución política: no, fue una persecución del Código penal. Ahora no existe nada. Los Cuadernos no existen, todo va a desaparecer en el aire. La oposición está tratando de mantenerse unida, que es lo principal, porque estamos ante un populismo que avanza, destruye y se apodera de todo. Si no se mantiene unida, la oposición está liquidada. De todas maneras, lo más interesante que pasa en la política es que la oposición es conducida por la gente.

Fernández Díaz: "El principal daño se lo ha hecho el Gobierno a sí mismo"Fernández Díaz: “El principal daño se lo ha hecho el Gobierno a sí mismo”

-¿A qué se refiere?

-La oposición no conduce a la gente, pero la gente conduce a la oposición. Es ese 41% que ahora está ampliado, porque en los banderazos ya hay gente que votó a Alberto Fernández porque iba a controlar a Cristina y que está enojadísima por cómo manejó las cosas. Hoy son más del 41% los que están movilizados. Es conmovedor ver a la gente pidiendo división de poderes, respeto republicano, algo que llamo republicanismo popular, disputándole al peronismo no sólo la calle sino también el concepto de pueblo. Han sido muy habilidosos en apoderarse de esa palabra.

-Pero esa gente no parece tener un líder.

-No tiene, es un movimiento fuertísimo de la vieja Argentina. Son herederos de dos conceptos, lo que llamo el país bueno, que luego se convirtió en el país normal. El país bueno era aquel país en el que nosotros crecimos, hijos y nietos de inmigrantes, con una clase media pujante Cuando querían hacer la revolución estos muchachos había 4% de pobres en la Argentina. Era otro país, otra escuela, otros valores, se creía en la ley, se creía en el futuro, éramos laburantes. Ese viejo país bueno se fue malformando, destruyendo. Queda el concepto de tratar de volver no quizá a ese país bueno, pero sí construir una especie de país normal para salir adelante y progresar. Donde el progreso sea una buena palabra, no apropiada por regresistas como les dice Felipe González a estos “progre” populistas que quieren regresar a ideales de los 70. Nosotros, en realidad, queremos regresar a ese país posible, donde hacer méritos estaba bien, donde había que romperse el tujes para progresar, para salir adelante, donde había ascenso, respeto a la ley. Hoy no se respeta la ley, no hay límites, está mal progresar, hoy es sospechoso que vos quieras hacer méritos. Todo esto esto bajo la idea de que el Estado, manejado por un caudillo providencial, tiene que tutelar las cosas.

-Habla de ese sistema caudillesco como si Cristina Kirchner estuviera al frente del Poder Ejecutivo. ¿Cuál es el papel de Alberto Fernández en este gobierno?

-Alberto es un gestor de Cristina. Tampoco están tan definidas las cosas. Cristina toma distancia cada vez que las cosas van mal. Lo hizo siempre ante las grandes tragedias. Y creo que ella presiente una gran tragedia. Y presiente bien. Porque la economía y la explosión social son muy inquietantes. Este es un gobierno constitucional, debe gobernar cuatro años y tiene que sacarnos de esta situación extrema, pero se tiene que dejar ayudar, dejar de cavar el propio pozo en el que está todos los días. El principal daño se lo ha hecho el Gobierno a sí mismo. No se lo hicieron la oposición, los banderazos ni los medios. Todos los días se disparan un tiro en los pies. A veces, dos o tres tiros.

-¿Qué reacciones imagina que despertará el libro entre esos personajes de los 70?

-Me encantaría que salieran a pegarme las vacas sagradas con las que me meto. No creo que tenga tanta suerte, pero está un poco dedicado a ellos. Mi representante, María Lynch, que está en España pero conoce mucho la Argentina, me dijo una frase muy española cuando leyó el libro: “Levantará ampollas”. Esas ampollas son necesarias. Tenemos que discutir sin miedo muchos de los grandes camelos que nos están metiendo en la cabeza.

FUENTE : INFOBAE

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INFANTILANDIA

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La actitud de los senadores cristinistas de presentar una carta a los enviados del FMI con demandas inaceptables, ideológicas y a espaldas del propio gobierno demuestra el grado de inmadurez y demencia que afecta a la Argentina.

 

El ministro Martín Guzmán, en un baño de realismo que parece haber llegado tarde, tomó nota de que al país le queda una bala de plata para evitar un estallido y que ella tiene se llama FMI.

¿Qué entendemos por estallido?, muy sencillo: la pérdida de lo que queda de reservas, la nula inversión externa, la caída de confianza en los mercados de bonos y una inflación que se asoma acechante detrás de la inestabilidad cambiaria, las demenciales tasas de interés que se ofrecen para calmar al dólar y la caída de la actividad económica por causa de la pandemia pero también de la insistencia del gobierno en castigar la inversión y la producción para sostener el asistencialismo.

Y no se equivoca Guzmán; en ese contexto solo un acuerdo con el Fondo que permita postergar los vencimientos de 2021 -como ya logró en la buena gestión encarada con los bonistas- y que abra aunque sea una pequeña puerta al desembolso de algún dinero fresco que ayude al financiamiento, sin el suicida mecanismo de una emisión monetaria que ya no resiste una vuelta de tuerca más, aparece hoy en el horizonte como una tabla de salvación a la que aferrarse, flotar…y ver después hacia donde se rema. 

Pero como le ha ocurrido al gobierno de Alberto Fernández desde el primer día de gestión, aparece Cristina Fernández con sus prejuicios y su inconsistencia técnica y formativa para seguir jugando a la joven setentista y emprenderla contra el organismo multilateral enviando a sus acólitos a presentar una misiva absurda, fuera de tiempo y además sin fundamento económico o político alguno.

La carta de los senadores oficialistas al FMI -en la que consideraron “irresponsable” la decisión del organismo de otorgar los fondos hace dos años y le piden que “se abstenga de exigir o condicionar las políticas económicas de la Argentina para los próximos años”- pretende reconsiderar los intereses, conceder un período de espera para el inicio de los pagos hasta el 2025 y por fin un plazo de amortización en “varias décadas” de modo que “las erogaciones anuales no tornen insustentable la refinanciación de la deuda e impacten negativamente en la economía argentina y en la vida de su sociedad”. En resumen piden al organismo que abandone todo lo negociado con Guzmán y se convierta además en socio de la Argentina y los desmanes que la llevaron hasta aquí.

Oscar Parrili, en una actitud entre cínica e irresponsables, sostuvo que el acuerdo que se haga con el FMI “debe ser aprobado por el Congreso” y por eso les pareció bien “que conozcan la opinión” de los legisladores. Para concluir sin ponerse colorado que “esto ayuda y no vamos a hacer nada que entorpezca la negociación”.

Cristina fue aún más lejos: enviados sus muchachos a dinamitar cualquier acuerdo se subió a un avión y se fue a Calafate en medio de la negociación. En el barrio le decían «tirar la piedra y esconder la mano».

Un infantilismo tal que seguramente endurecerá la posición de los negociadores del FMI que habían llegado al país con un mandato aún más importante que el de refinanciar la deuda del país y que pensaban limitar a una carta intención y la fijación de una fecha, no antes del segundo bimestre del año próximo, para sentarse a revisar los números finos. Y ese mandato era evaluar las relaciones de poder dentro del gobierno y definir si tenía sentido negociar con Alberto o había que sentarse a esperar que las luchas intestinas tuviesen un ganador y obrar en consecuencia.

Cristina se encargó de responderles esa inquietud…

Si alguien de la oposición hubiese dinamitado una negociación con la vehemencia y mala fe utilizada por los senadores cristinistas seguramente se lo hubiese tildado de traidor a la patria. Porque la intención, y tal vez el resultado logrado, apunta claramente a dejar al gobierno sin interlocutor y a expensas de los acreedores internacionales. No olvidemos que el acuerdo logrado con los bonistas tiene una cláusula -que el gobierno bien se ocupó de ocultar- que lo ata a la negociación con el Fondo: si esta fracasa aquel acuerdo se cae.

Si Cristina y los suyos buscaran herir de muerte al gobierno no podrían hacerlo mejor.

¿Torpeza?, ¿perversión?…¿usted que cree?.

FUENTE : LIBRE EXPRESION

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Opinión

Cuestionan la postulación de Julio Aro al Premio Nobel de la Paz

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La abogada Adriana Castelanelli, docente de Derecho Internacional Público de la Universidad Nacional de Mar del Plata tomó distancia de la postulación para el Premio Nobel de la Paz, del excombatiente de Malvinas Julio Aro y del militar británico Geoffrey Cardozo, que la propia entidad educativa impulsó.

FOTO : Julio Aro y Geoffrey Cardozo, excombatientes en la Guerra de Malvinas.

Castelanelli realizó severas críticas y dejó abiertos una serie de interrogantes que ponen en tela de juicio la postulación para el Premio Nobel de la Paz, del veterano de guerra Julio Aro y el militar británico Geoffrey Cardozo.

EL DOCUMENTO COMPLETO

A propósito de la candidatura al Premio Nobel de la Paz impulsada por la UNMdP para Julio Aro y Geoffrey Cardozo. Por qué algunos especialistas en derecho internacional y en relaciones internacionales no la celebran ni acompañan.

El ex combatiente argentino Julio Aro y el coronel británico Geoffrey Cardozo fueron postulados por su supuesto papel en la identificación de soldados argentinos enterrados en el cementerio de Darwin. Pero el relato épico periodístico es un montaje que no puede estar más alejado de la verdad histórica. Por ello hay también resistencia y oposición desde varios sectores de ex combatientes de la Guerra de las Malvinas de 1982.

Lo que en los grandes medios nacionales, a través de una prolija campaña de prensa, se ha presentado por estos días como una historia humanitaria de hermandad entre ambos pueblos, revela entretelones mayoritariamente repudiados no sólo por el arco de incumbencia de la Causa Malvinas (que se asocia a aquellos que participaron en el conflicto bélico y la consideran una acción legal y legítima en defensa de la integridad territorial argentina) sino también por aquellos que entienden, defienden y hacen conocer la Cuestión de las Islas Malvinas (entendida como la disputa de soberanía entre la República Argentina y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte por las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes), que tiene su origen el 3 de enero de 1833 cuando el Reino Unido, quebrantando la integridad territorial argentina, ocupó ilegalmente las islas- y expulsó a las autoridades argentinas, impidiendo su regreso así como la radicación de argentinos provenientes del territorio continental. Desde entonces, la Argentina ha protestado regularmente la ocupación británica, ratificando su soberanía y afirmando que su recuperación, conforme al derecho internacional, constituye un objetivo permanente e irrenunciable, tal como lo indica la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional). Así, el Reino Unido desde 1833, usurpa los archipiélagos australes e ilegalmente usufructúa los recursos naturales pertenecientes al pueblo y a la Nación Argentina.

El argentino Julio Aro es un ex combatiente del conflicto bélico de 1982, pero el coronel británico Geoffrey Cardozo, es un oficial que arribó a las islas cuando la guerra había terminado. Una gacetilla de prensa que circula estos días, dice que Aro y Cardozo “trabajaron juntos para ubicar e identificar los restos mortales de los soldados argentinos enterrados en el Cementerio de Darwin” una vez concluido el conflicto bélico. Bastante lejos de la verdad.

El relato alude a que en 2008 Geoffrey Cardozo y Julio Aro se habrían conocido en Londres, durante una reunión entre veteranos argentinos e ingleses. Aro fue invitado por un miembro del Regimiento de los Guardias Galeses, vicepresidente de la Asociación de Medallas del Atlántico Sur. El marplatense quería conocer cómo trabajaban los ingleses en ayuda a soldados con estrés post traumático.

Aro le hizo conocer a Cardozo la angustia por sus compañeros “no identificados” en Malvinas (ya que en el cementerio de Darwin muchas de las tumbas tenían como epitafio “Soldado Argentino sólo conocido por Dios”). Casualmente -o no-, Aro estaba hablando con el oficial designado en 1982 por el gobierno de Margaret Thatcher (el mismísimo Cardozo) para profanar las tumbas de los soldados argentinos diseminadas en los campos de batalla, y “amontonarlos” sin identificación alguna en un paraje solitario de Darwin (el actual Cementerio), en un lugar bastante inaccesible y lejos de la vista de los habitantes actuales de las islas. El Cementerio de Darwin fue construido por los británicos por Order in Council (que es una especie de Decreto de Necesidad y Urgencia firmado por todos los ministros del gabinete de Margaret Thatcher.

La misión que encabezó Cardozo pasó por alto los tratados internacionales y fue éste el autor material que realizó la actividad en violación a los preceptos de las Convenciones de Ginebra sobre Derecho Internacional Humanitario (1949/1977) y sin la mínima observancia de los derechos humanos. Los combatientes argentinos caídos habían sido sepultados en los diferentes campos de batalla (Goose Green/Pradera del Ganso; San Carlos; Monte Longdon; Dos Hermanas; Monte Harriet; Tumbledown) y en ese momento sus compañeros y superiores dieron parte de esas inhumaciones, por lo que, con identificación***** o sin ella se conocían por nombre, apellido y número de documento a cada uno de los muertos. El 19 de febrero de 1983 la tarea se culminó. En Darwin quedaron entonces 220 tumbas de soldados argentinos, 123 de ellos sin identificar, por esta acción que de llevarse a cabo en buena y debida forma, debería haber sido con acuerdo entre los Estados que se enfrentaron en el conflicto bélico. Esto fue una acción unilateral ordenada por el gobierno británico, sin darle participación al país de origen de los caídos. Por eso tampoco es asimilable a la situación posterior a la Primera o Segunda Guerra Mundial o comparable con los cementerios militares existentes en Europa. En la fundamentación de la postulación al Premio Nobel, se le adjudica a Cardozo la humanitaria iniciativa de entregar a Aro en ese encuentro en Londres, documentación de la profanación que obraba en su poder, supuestamente imprescindible para que en Argentina se pudiera iniciar el proceso de identificación. Así, la historia de dudosa certeza es la que ha dado lugar a la postulación.

Hablar incluso de “identificación” no es correcto desde el punto de vista legal, ya que en realidad se trata de la localización de los restos, o sea, poder localizar correctamente la ubicación de cada uno de los fallecidos. Ya que al haber sido retirados de sus lugares de inhumación originales, colocados en una zona de turberas en donde el suelo se desplaza y sin tener sus lápidas nombre y apellido, el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense consistió en establecer correctamente la ubicación.

Pero también este trabajo de identificación de los cuerpos tiene antecedentes justamente en un informe preliminar del Equipo Argentino de Antropología Forense de 1987, ante la solicitud de varios Centros de Ex Combatientes, que desde aquel entonces bregaban por identificar y ubicar a los compañeros de los campos de batalla. Y en 2011 se había logrado que la Justicia declare el derecho a esa identificación/localización. Bajo ningún concepto los caídos en Malvinas han sido N.N. (para intentar asimilarlos a los desaparecidos por el Proceso Militar 76/83) porque siempre se conoció quiénes eran e incluso se los declaró héroes y se los ha reconocido siempre por sus nombres en los cenotafios a lo largo y ancho del país.

Incluso antes de que el Poder Judicial se expidiera, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner promovió la intervención de la Cruz Roja Internacional para que junto al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) procedieran a realizar esa tarea, aunque los británicos nunca aceptaron la iniciativa, hasta la asunción del ex presidente Macri. Entonces permitieron la identificación, y a cambio se llevaron como ganancia el nefasto acuerdo Foradori-Duncan del 13 de septiembre de 2016, el cual profundiza acuerdos comerciales y en otras materias, en detrimento del reclamo soberano argentino sobre las Islas Malvinas.

El ex combatiente Julio Aro vive en Mar del Plata, y es el titular de una fundación llamada “No me olvides”, con loables objetivos en favor de los veteranos/ex combatientes y promoviendo el recuerdo de los héroes caídos, a través del fomento en la imposición de sus nombres a entidades educativas.

Aun así, y según informan algunas entidades vinculadas a la temática, la Fundación “No me olvides” recibe recursos económicos de la fundación Franco Británica de Sillery, curiosamente presidida por Geoffrey Cardozo e integrada por conspicuos oficiales británicos y hasta funcionarios de Política Exterior del Commonwealth. También la Fundación Falkland Islands Association, que opera en Malvinas, asiste económicamente a la fundación de Aro. Y al Coronel Geoffrey Cardozo le otorgaron en diciembre de 2019 la distinción de Comendador de la Excelentísima Orden del Imperio Británico, que reconoce a personalidades que hayan tenido logros importantes en su vida pública y servido a Gran Bretaña.

Existe convencimiento de estar frente a una endeble construcción mediática pergeñada por la embajada británica junto a sectores que desvirtúan la historia para afianzar sus intereses, totalmente contrarios al justo reclamo soberano argentino; por lo que sólo cabría suponer que el Sr. Aro resulta extremadamente funcional a los intereses británicos en el socavamiento de la posición argentina, predisponiendo en su favor a la comunidad sin vislumbrar los solapados intereses permanentes británicos en desmedro de los intereses permanentes de nuestro país, más allá de toda bandería política.

Es por ello que se debería evitar promover acciones que pueden tener como consecuencia el afianzamiento de los intereses y de la presencia ilegal británica en el Atlántico Sur.

Cabe preguntarse finalmente, por qué toma mayor transcendencia pública esta candidatura, a más de un mes de haber anunciado el Comité del Premio Nobel de la Paz que el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas es el ganador del galardón para el 2020…

¿Acaso hay algún beneficio insospechado en mantener a rajatabla esta candidatura para el 2021?

Abogada Adriana Castelanelli

Docente de Derecho Internacional Público – Facultad de Derecho

Especialista en Docencia Universitaria – Facultad de Humanidades

Universidad Nacional de Mar del Plata

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Opinión

¿Macri ya fue?

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Bajo la batuta dura del legendario Felix Laiño, el vespertino “La Razón” tenía cuidadosamente organizada la sección “Necrológicas” al punto que en mis años en esa redacción era común escuchar que el autor del obituario de Charles Chaplin había muerto mientras el genial cómico gozaba aún de buena salud.

La práctica de extender certificados anticipados de defunción también es común en el terreno de la política.

Lo pueden confirmar los dos personajes que han encabezado los polos de la grieta en los últimos años y que hoy aparecen corridos del centro. Pero mientras Mauricio Macri fue expulsado del centro por la voluntad popular, Cristina Fernandez de Kirchner fue revalidada por esa misma voluntad, designó en los últimos cinco años a dos candidatos a presidente y eligió -y elige- correrse del centro, paradójicamente sin que nadie pueda desalojarla de ese lugar.

Y cada aparición suya –un libro, una movida política, una carta– sacude a todo el escenario, y genera, incluso, en una parte grande de la sociedad una reacción de amor que no se ve en el caso de Macri.

Como muestra, basta analizar qué hizo cada uno después de las respectivas derrotas electorales. Cuando el líder de Cambiemos se sentó en el sillón de Rivadavia, Cristina no agitó a las bases ni intentó encabezar un boycot al nuevo gobierno como hoy lo hace Macri.

Podría argumentarse que su silencio se debió a que estaba acosada y perseguida. En todo caso, eso mismo muestra una diferencia crucial con el líder de la derecha, que no es perseguido por el gobierno y que, lejos de sufrir el embate de los grandes medios, conserva su blindaje mediático.

Los medios persiguen, en cambio, al gobierno de Alberto Fernández, que fue votado por las mayorías.

Al contrario, Macri, mientras acumula una imagen negativa que supera el 70%, se muestra alegremente indiferente no sólo a las reglas del fair play –no atacar en sus primeros tramos a un gobierno ajeno-, sino a las elementales reglas sanitarias de una pandemia, celebrando los actos de boycot, viajando como no puede hacerlo la absoluta mayoría, aplaudiendo la “libertad” de los franceses, que hoy están en emergencia nacional por el incendio de contagios, blandiendo la reposera.

El silencio de Cristina en buena parte de la presidencia de Macri también se debió a que la pérdida de aliados la había debilitado políticamente y, sobre todo, a que los medios dominantes la “exiliaron” como no lo han hecho con Mauricio.

Pero apenas pasó un tiempo de gobierno cambiemita antes de que CFK reconstruyera esas alianzas, mientras que en estas últimas semanas los aliados dicen “Macri ya fue”. Efectivamente, lo dijo Elisa Carrió, lo afirmaron los radicales Cornejo y Guillermo Morales, y el ex ministro de Economía, Alfonso Prat Gay.

Obsérvese que son los aliados quienes dicen “Macri ya fue”, y no los principales referentes del PRO, Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Santilli, Ritondo.

No hace falta explicar que los silencios en política tienen un significado.

Los disidentes internos de Macri, de Larreta hacia abajo, saben que el núcleo de Juntos por el Cambio es macrista, que ve con aprobación el estilo cínico de su lider (nunca sugerir siquiera que se equivocó), su mirada criminalizadota de CFK, del kirchnerismo y el peronismo (aquello de “70 años de decadencia”), su perfil de contínuo transgresor, tanto por usar al Estado para sus negocios y los de sus amigos, como por el manejo abusivo de los espías y de la justicia. Su condición de perseguidor de opositores nunca estuvo en discusión, no levantó ninguna crítica en las propias filas.

La grieta no les molesta: no querrían un pacificador.

Es la naturaleza del PRO: una fuerza clasista que invoca la República pero, como se considera adelantada del antiperonismo, está convencida de que ella mísma tiene legitimidad para decidir cuáles reglas se aplican y cuáles no. Una derecha que pontifica sobre la gestión del flamante gobierno, sobre su manejo económico y sobre su gestión de la inédita pandemia como si sus cuatro años de gobierno hubieran sido de una gestión encomiable y no el alud de fracasos que fueron récords en una presidencia.

Con su líder no los une el amor sino el espanto.

Si Rodríguez Larreta muestra su perfil moderado y negociador, posee blindaje mediático y una imagen muy alta, Macri sigue contando con la misma protección de los medios – ClarínLa Nación y el grupo de periodistas “independientes” lo siguen bancando.

Y sabe que el de Alberto Fernández es hoy un gobierno acosado por los medios y una parte importante del establishment, y una suerte de isla en una región todavía copada por la derecha. Un gobierno que navega en un mar tumultuoso de crísis heredada y pandemia.

Cualquier indicio de debilidad del gobierno populista no hace más que cebarlo.

De cualquier modo, la oferta neoliberal de esta fuerza tiene dos versiones a gusto del consumidor, con lo cual también apunta a neutralizar la sangría que podrían provocarle los talibanes de derecha Espert o Milei.

Si a CFK le “alargaron” la vida política quienes como Rosendo Fraga ya en 2010 publicaban “Fin de ciKlo” –y eran muchos-, Macri tiene motivos para pensarse perdurable a partir del 40% de esos votos de 2019. Justamente sus apoyos han mostrado ser refractarios a cualquier evidencia de la realidad. Pero, si el cuadro no lo favorece, ¿será capaz de mover, como Ella, un gambito de dama? ¿Le alcanzará?

En realidad, ahora tiene la palabra Alberto.

FUENTE PAGINA 12

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