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Luego de 16 años, el Gobierno no renovó la ley de “emergencia económica”

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La norma había sido sancionada el 6 de  enero de 2002 y prorrogada ininterrumpidamente por el kirchnerismo. Le daba discrecionalidad al Ejecutivo por sobre el Congreso

La norma fue aprobada al inicio de la presidencia interina de Eduardo Duhalde, tras la caída de De la Rúa.

La norma fue aprobada al inicio de la presidencia interina de Eduardo Duhalde, tras la caída de De la Rúa.

Tras 16 años de “excepcionalidad transformada en regla”, el Gobierno decidió no renovar la ley de “emergencia pública y reforma del régimen cambiario”, más conocida como de “emergencia económica”.

Se trata de una norma sancionada el 6 de enero de 2002, que delegaba en el Ejecutivo una serie de facultades extraordinarias, como establecer el sistema que fija el tipo de cambio entre el peso y las divisas extranjeras. También permitía pautar retenciones a la exportación de  hidrocarburos, fijar tarifas y renegociar los contratos de  servicios públicos en manos de empresas privadas y hasta regular los precios de la canasta básica.

En septiembre pasado, el ministro de Energía, Juan José Aranguren, había anticipado en una entrevista la decisión del Gobierno de no prorrogar la vigencia de la ley mencionada.

Al referirse a la renegociación de todos los contratos pendientes entre el Estado y  el sector privado, en materia de servicios públicos y empresas concesionadas, el funcionario había asegurado: “Este año, la Ley de Emergencia Económica del 6 de enero del  2002 llega a su fin. Debemos recuperar los marcos regulatorios y  no volver a incumplirlos”.

El origen de la ley se remonta a la caída del gobierno de Fernando de la Rúa y a una crisis económica y social sin precedentes. Por entonces, la pobreza había aumentado del 35,4% al 49,7% de la población y la indigencia pasó del 12,2% en 2001 al 22,7% en 2002. El desempleo, según el Indec, había saltado al 40,2%. Los números actuales, en cambio, muestran una mejora en la situación social.

La vigencia de la “emergencia económica” era originalmente “por dos años”. Sin embargo, al momento de su vencimiento, el Congreso la extendía por otro período a pedido del Ejecutivo.

De esta forma, el Legislativo quedó atado a la discrecionalidad presidencial mucho más allá de lo permitido por la Constitución Nacional, cuyo artículo 76, que regula la delegación de facultades establece: “Se prohíbe la delegación legislativa en el Poder Ejecutivo, salvo en materias determinadas de administración o de emergencia pública, con plazo fijado para su ejercicio y dentro de las bases de la delegación que el Congreso establezca”.

La última prórroga de la polémica herramienta fue en los últimos meses de 2015, al cierre del gobierno de Cristina Kirchner.

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El camino seguro hacia el abismo

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En abril del 2009, el escritor español Javier Cercas publicó un libro fantástico llamado Anatomía de un Instante. El texto era una disección de ese momento clave de la historia española en el que un grupo de militares entró al Congreso y, durante algunas horas, pareció que la flamante democracia se derrumbaba. Cercas analizaba desde ese instante la historia de los personajes, el significado profundo de cada uno de sus gestos y de allí obtenía conclusiones sagaces, y hasta conmovedoras, sobre la transición que su país sortearía finalmente con éxito. Sin exagerar las proporciones, ni forzar demasiado las comparaciones, tal vez sirva analizar en detalle el momento en que Alberto Fernández anunció la expropiación de la empresa Vicentin, para entender todo lo que esos minutos iluminan sobre el drama que atraviesa su Gobierno.

A las siete de la tarde del lunes, en la Casa Rosada, Fernández anunció la expropiación. Fueron escuetos doce minutos, donde no se habilitaron preguntas de nadie, y que representaron, en múltiples sentidos, una ruptura de Fernandez consigo mismo. Hasta ese momento, por ejemplo, los anuncios trascendentes habían sido enmarcados en la liturgia del consenso político. Fernández aparecía rodeado por líderes territoriales de la oposición cada vez que se dirigía a la población para hablar sobre la angustiante crisis sanitaria. Pero también el día que anunció la propuesta que la Argentina llevaría a los acreedores privados, lo hizo sentado entre su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, y el jefe de Gobierno de la Capital, Horacio Rodríguez Larreta.

Eso empezó a distinguirlo como un presidente con impronta propia, diferente a sus antecesores. Sus decisiones no eran raptos de un autócrata, o de un líder caprichoso, sino articulaciones sofisticadas entre distintos estamentos de la democracia. En pocas semanas, eso se reflejó en encuestas que le otorgaban un altísimo nivel de consenso. “Mi gobierno es el gobierno de los gobernadores”, proclamaba.

El anuncio del lunes obedece a una lógica inversa. La expropiación de Vicentin afecta a la provincia de Santa Fe. Sin embargo, su gobernador, Omar Perotti, un hombre muy parecido en sus convicciones a Fernández, no estuvo allí. Tampoco estuvo el ministro de Agricultura. El lugar de ambos fue ocupado por una senadora de otra provincia, Anabel Fernandez Sagasti, que fue derrotada de manera contundente en las últimas elecciones y que, según dijo Fernández, había acercado la idea hacía unos “días”. Fernandez Sagasti, como se sabe, es dirigente de La Cámpora y pertenece al entorno de la vicepresidenta, Cristina Kirchner. En esa presencia, y en las ausencias que la acompañaron, se puede ver uno de esos puntos de ruptura.

El segundo tiene que ver con la historia de las últimas décadas de democracia. Desde que el Estado entró en crisis, en la década del 80, se han producido muchos debates sobre cuál debe ser su participación en la economía. Todos ellos giraban alrededor de empresas que habían sido parte del patrimonio estatal, como el Correo, los ferrocarriles, YPF o Aerolíneas Argentinas. Esas empresas fueron privatizadas y luego estatizadas por el mismo partido político. Para encontrar un caso en el que un gobierno surgido del voto popular expropia una empresa que nunca había tenido relación con el Estado hay que remontarse a cuando el primer peronismo aplicó ese método contra el grupo Bemberg, la estancia de los Pereyra Iraola o el diario La Prensa.

De ese tamaño histórico es el anuncio que hizo Fernández, en apenas doce minutos, sin habilitar preguntas, sin hacer esfuerzos por explicar nada, rodeado solo por uno de sus ministros, el interventor designado y por la senadora camporista que llevó la idea apenas unos días antes.

Anabel Fernández Sagasti junto a Cristina Kirchner

Anabel Fernández Sagasti junto a Cristina Kirchner

La decisión de Fernández fue inesperada porque, además, contrasta de manera violenta -otro de los puntos de ruptura- con las cosas que él mismo venía diciendo horas antes. “No participamos de esa loca idea de quedarnos con las empresas”, había declarado. Había citado, además, una semana antes del anuncio a los principales empresarios del país a la quinta de Olivos para darles un mensaje de cercanía, como quien invita a recorrer un camino en común. Ese mismo día, había almorzado con el ex ministro Roberto Lavagna, uno de sus más destacados consejeros.

El anuncio del lunes dejó perplejos a sus interlocutores de la semana anterior. El primero que gritó fue Lavagna, quien recordó el fracaso de la política energética del kirchnerismo, que en nombre de la soberanía energética, justamente, logró que el país perdiera la soberanía energética. “No bastan el Estado y los amigos del poder para que las cosas salgan bien”, dijo. Y luego, uno a uno, se pronunciaron los empresarios que fueron a Olivos. Paolo Rocca, el titular de Techint, se lleva mal con el Presidente y no concurrió a aquel cónclave. ¿Cómo serán las discusiones con sus pares luego del anuncio de Fernández? El golpe de gracia llegó con la declaración de la Federación Agraria, que manifestaba su inquietud por el avance sobre la justicia y la propiedad.

Expropiar una empresa privada es una decisión muy delicada en cualquier país. En el mejor de los casos, puede solucionar un problema serio. Pero siempre va acompañada de efectos colaterales. La estatización de YPF puede mejorar la situación energética argentina, si es que lo llega a hacer. Pero, ¿cómo afectará la inversión en otras áreas de la economía el miedo a que ese método se imponga como moneda corriente? ¿Será suficiente un período de “dias” para analizar seriamente los efectos económicos, sociales y políticos de tamaña decisión? ¿Por qué no se articuló el suficiente consenso para respaldar la iniciativa?

Consciente del posible efecto dominó, el Presidente trató de aclarar que se trataba de un hecho excepcional, que él cree en el capitalismo, que el problema eran los desmanes de Vincentin y no la propiedad privada. Naturalmente, sus interlocutores tienen derecho a preguntarse por la fiabilidad de un presidente cuya palabra por momentos es muy volátil. “No me va a volver a suceder”, es un argumento para crédulos o para enamorados.

Para colmo, desde La Cámpora lo planteaban como parte de un programa más audaz de intervención sobre el capital privado y lo celebraban como un paso hacia la “soberanía alimentaria”. Es difícil entender a que se referían: Vicentin exporta básicamente alimentos para chanchos.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández (Prensa Senado)

Cristina Kirchner y Alberto Fernández (Prensa Senado)

En el centro de esta dinámica, naturalmente, aparece la relación entre Alberto Fernandez y Cristina Kirchner. ¿Era él quien anunció la expropiación o era su voz leyendo el libreto que se escribe en otra parte? Ese tipo de pregunta altera a la Casa Rosada, pero son procedentes dada la manera en que se hacen las cosas. “Veo con preocupación que Alberto no corta el bacalao”, dijo Juan Grabois esta semana. “En nuestro espacio la única que conduce es Cristina Kirchner. Cuando ella dice vamos para allá, a nadie se le ocurriría ir para otro lado”, agregó Sergio Berni. Alguien alimenta, o al menos no desalienta, estas provocaciones.

Cada vez que el kirchnerismo ubicó en algún puesto de poder a alguna persona sin el apellido Kirchner se sucedieron estos episodios: pueden atestiguarlo los ex gobernadores de Santa Cruz, Sergio Acevedo, Carlos Sancho y Daniel Peralta, y el ex candidato presidencial Daniel Scioli. Ninguno de ellos sobrevivió a la experiencia. Hay allí una tradición muy poderosa. Es difícil saber si Fernández le encontrará salida a ese laberinto, o si se trata de una encerrona con final cantado. En cualquier caso, le imprime al gobierno una dinámica exasperante, una marcha -como mínimo- imprecisa, trabada, latosa, poco clara.

Hay aún otro elemento de ruptura en el anuncio del lunes, quizás el más trascendente. Hasta ese momento, Fernández privilegiaba un tema casi excluyente en su relación con la sociedad: la crisis sanitaria. Era un orden de prioridades bastante criterioso. Desde el lunes, los ejes que dividen a la sociedad se superponen. “A favor o en contra de la cuarentena” es desplazado parcialmente por “a favor o en contra de la expropiación”. De repente, muchas personas que estaban de acuerdo con Fernández en el primer aspecto, se enojan o se asustan frente al barquinazo del lunes, y la autoridad presidencial se debilita, en un momento clave.

Durante las elecciones del año pasado, el peronismo más cercano a Cristina y a La Cámpora intentó varios experimentos electorales. Fue con candidato propio en las provincias de Neuquén, Río Negro y Mendoza. En los tres casos recibió una fuerte derrota. El peronismo, en cambio, ganó en todos los lugares donde llevó candidatos moderados. Peleó también con candidatos propios las intendencias de La Plata, Mar del Plata, Lanús y Quilmes. En todas ellas, aun donde ganó por un pelito, obtuvo entre 25 y 30 puntos menos que la fórmula presidencial: fue un corte de boleta casi sin antecedentes históricos. A medida que acentuó sus gestos de consenso, la imagen de Fernández creció violentamente, llegando a duplicar la de su compañera de fórmula. En el 2015, en cambio, el estilo “vamos por todo” derivó en la llegada de Mauricio Macri al poder. La sociedad ya había avisado que sucedería eso en las elecciones de 2009 y 2013.

Por alguna razón extraña, a muchos seres humanos nos cuesta aprender de la experiencia. Tenemos una extraña adicción por recorrer mil veces los mismos caminos. Aun aquellos que nos llevan hacia la frustración o el abismo.

fuente : Infobae

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MDP : El fuerte viento voló la cabina sanitizante del Cema Compartir

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La cabina sanitizante que se había instalada en el Centro de Especialidades Médicas Ambulatorias (Cema) terminó desplazada de su lugar después del fuerte viento que se registró durante la madrugada de este sábado.

Si bien se trata de una estructura de hierro con chapa de fibra de vidrio, la intensidad de las inclemencias climáticas hicieron que volara por el aire y ocasionó algunos daños.

0223 pudo acceder a imágenes que muestran el estado en el que quedó la cabina. Fuentes consultadas confiaron al respecto que se lograron rescatar distintas piezas internas y que el martes se avanzará con su reinstalación en las inmediaciones del centro que está en Pehuajo al 250.

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27 años sin Drazen Petrovic, razones por las que su leyenda sigue viva

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Murió de forma absurda. Dormido en el asiento del copiloto, en un coche manejado por su novia, una tarde de tormenta, mientras sus compañeros de selección, miles de metros por encima de su cabeza, volaban seguros rumbo a Zagreb. Un avión que también él debería haber tomado. Drazen Petrovic se marchó el 7 de junio de 1993. Tenía 28 años.

Drazen Petrovic, durante uno de sus últimos partidos con los Nets. EL MUNDO

El Mozart del baloncesto europeo nos dejaba aturdidos, sin respuestas. Hoy, un cuarto de siglo después, al menos podemos reunir un puñado. ¿Por qué fue el mejor? Por todo esto y por lo que no se explica. Por lo inefable.

1. Drazen fue un pionero, un tipo que, antes que nadie, miró hacia el otro lado del océano y vio algo llamado NBA. En 2012, el ex comisionado David Stern lo resumió así: “Lo perdurable de su legado fue su modo de allanar el camino a los jugadores del resto del mundo”.

2. Drazen fue hijo de un tiempo envenenado y símbolo de la caída de Yugoslavia. Su truncada amistad con Vlade Divac y el capítulo de la bandera croata durante el Mundial de 1990 sólo se pueden interpretar desde esta óptica perversa.

3. Drazen fue Dios el 14 de marzo de 1989. 62 puntos en la final de la Recopa ante el Snaidero Caserta (117-113). Aquel martes, en el Palacio de la Paz y la Amistad de Atenas, acertó con 12 de 14 en tiros de dos, 8 de 16 en triples y 14 de 15 en libres.

4. Drazen fue el reclamo comercial para una generación aún no arrasada por las corporaciones estadonidenses. Sus Kronos italianas de los tiempos en la Cibona hacían furor por toda Europa. Las Reebok BB 5600 de su estancia en Madrid aún son joyas de coleccionista.

5. Drazen fue el jugador por el que una vez Pat Riley, artífice entonces de los durísimos Knicks, se atrevió a proclamar: “Es justo lo que necesitamos para ganar el anillo”.

6. Drazen fue un visionario del show business, capaz de explotar mejor que nadie ese perfil mitad bufón, mitad iluminado. Un líder que llevaba al delirio a los fanáticos de la Cibona con sus aspavientos. Un tipo capaz de sacar de quicio a Corbalán con sus bicicletas o a Epi con sus irritantes invasiones en el 4,60.

7. Drazen fue un tímido y un raro que no salía de su casa de Herrera Oria. No le interesaban las cenas de confraternización. No respondía a los reclamos de la vida social. No quería saber nada de nadie, porque cualquier intrusión se consideraba un obstáculo hacia lo primordial: “No tengo aficiones. Sólo el basket”.

8. Drazen fue víctima de un personaje que le hizo pagar muy caros sus excesos. El escupitajo a Juanjo Neyro en el Torneo de Puerto Real se tradujo tres años después en un infame arbitraje en el quinto partido de la final de la ACB. Y los 62 puntos de Atenas supusieron una inevitable fractura con Fernando Martín.

9. Drazen fue un competidor nato, alguien incapaz de asumir la derrota. Así lo admitía hace poco Quique Villalobos, su más íntimo compañero en el Real Madrid: “Siempre tuve la sensación de que, con él en la pista, era imposible perder”.

10. Drazen fue el all star al que un niño de tres años llamado Stephen Curry admiraba de reojo. Durante aquel concurso de triples en Orlando, el futuro mejor tirador de la historia, a la vera de Dell, su padre, se quedó con los ojos como platos. Como tributo, en 2015, entregó al Museo Petrovic una camiseta con el dorsal 30 de los Warriors.

11. Drazen fue un fanático del 44, una cifra con muchos significados. En su debut en la Copa de Europa, allá por 1984, le hizó 44 puntos al Madrid. Al año siguiente, otros 44 al Maccabi. Cuando se aventuró en Portland escogió este dorsal, de muy mal fario entonces. No obstante, su más colosal noche en la NBA, un 24 de enero de 1993, terminó con 44 puntos ante Houston (73,9% en tiros de campo).

12. Drazen fue un profesional compulsivo que trabajaba más que nadie. “Cuando me siento mal voy al pabellón y hago 100, 200 o 500 tiros”, proclamaba tras aquellas sesiones en solitario después de cada entrenamiento. El legendario Moka Slavnik, su primer técnico en Sibenik, lo recordaba así: “No lo podías sacar de allí ni con un arma. Jamás en mi vida vi nada igual”.

13. Drazen fue un genio precoz, capaz de llevar él solo, con apenas 17 años, al Sibenka Sibenik a la final de la Copa Korac. Estamos hablando de un equipo que sólo cuatro años antes ni siquiera participaba en la máxima división yugoslava.

14. Drazen fue el agitador necesario del baloncesto europeo, el hombre que giró el timón y lo dirigió hacia los Balcanes. La tiranía de CSKA, Real Madrid y Varese cesó en seco con su advenimiento. La Cibona anticipó los títulos posteriores de la Jugoplastika y el Partizan.

15. Drazen fue el peor defensor posible en la peor época para defender mal. Rick Adelman, admirado más tarde por sus licencias ofensivas en los Kings, no le pudo perdonar semejante tara. Aquellos minutos de la basura en Portland dejarían, no obstante, hondo poso en el futuro.

16. Drazen fue el insolente que una vez enlazó seis pasos sin bote delante de un árbitro español y se marchó de rositas. Indignado, Aíto García Reneses alzó la voz ante el juez: “Por supuesto que son pasos, pero si no los pitan los demás tampoco lo voy a hacer yo”.

17. Drazen fue el tormento y el éxtasis del añorado Ramón Jaquotot, el directivo responsable de su llegada a Madrid. Para sacarlo de Zagreb, según admitió años después su representante, José Antonio Arízaga, hubo que tejer todo tipo de argucias: legales y no tanto.

18. Drazen fue el triplista que cerró su paso por la NBA con un 43,7% desde más allá del arco, el tercer mejor promedio de la historia, sólo peor que los de Steve Kerr (45,4%) y Hubert Davis (44,1%). Hasta ahora, Curry acumula un 43,6%.

19. Drazen fue el madridista capaz de sacar a la Demencia un grito como “¡Sí, sí, sí! ¡Me mola Petrovic!” Su único partido como visitante ante Estudiantes, el 21 de enero de 1989, lo cerró con 35 puntos. Javier García Coll, encargado de vigilarle, apenas aguantó 18 minutos antes de marcharse con cinco faltas.

20. Drazen fue el único enemigo capaz de desafiar a Michael Jordan en la final de Barcelona. “La próxima la meteré en tu cara”, espetó Su Majestad del Aire. “Yo haré lo mismo”, enmendó Petro, que aquel 8 de agosto de 1992 se permitió el lujo de superarle por dos puntos (24-22).

21. Drazen fue un amante obsesivo del balón, compañero para todo y casi único confidente. “Lo llevo a todas partes. Lo siento dentro y le doy todo lo que puedo. Es mi alma, la gran ilusión de mi vida”, afirmaba.

22. Drazen fue un héroe a medio camino entre dos naciones hermanas que terminaron matándose. Desde la época en que Ranko Zeravica le dejó fuera de la lista plavi para el Mundial de 1982 hasta la gloria olímpica con Croacia en Barcelona, donde sólo cedió ante el Dream Team.

23. Drazen fue el chaval rebelde que luchó contra una malformación congénita en sus caderas. Un cabezota que nunca aceptó el apodo de kamenko, por aquellas piedras que se tiraba, a edad tan temprana, en los gimnasios de Sibenik.

24. Drazen fue el mejor penetrador europeo, más decisivo incluso que Nikos Gallis. Escocido por la derrota en el Eurobasket de 1987, con 44 puntos del griego, tomó cumplida revancha dos años después, en una de las exhibiciones más fabulosas de aquella Yugoslavia inmortal (98-77).

25. Drazen fue el niño predilecto de Biserka y el hermano pequeño de Aleksandar, maestro por el reverso tenebroso de la fuerza. La madre, que le conocía mejor que nadie y que jamás pudo superar su pérdida, estampó una frase para la eternidad: “En casa era un ángel. En la pista, un demonio”.

  • MIGUEL A. HERGUEDAS
  • Madrid
  • foto tapa : la vanguardia

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