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Un silencio atronador allana el avance de Maduro hacia su golpe final

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Venezuela se encamina hacia un nuevo salto al vacío en ese precipicio sin fondo en el que viene derrapando hace años y del que nada ni nadie parece poder rescatarla.

El último huevo de la serpiente acaba de ser fertilizado ante la indiferencia de los líderes regionales que todavía mantienen alguna sintonía con Nicolás Maduro.

Dejemos por un momento de lado los capítulos cotidianos de la hecatombe económica y social en que ha derivado el experimento bolivariano, con sus más de 5 millones de venezolanos en el exilio y el 80% de los que aun permanecen en el país sumidos en la pobreza y la lucha cotidiana por la subsistencia. Incluso en un continente acostumbrado a los altibajos constantes, la tragedia del desbarranco venezolano no registra antecedentes. La más reciente imagen del descalabro son las largas filas en las gasolineras para conseguir unas gotas del combustible importado de emergencia desde Irán, ante el desabastecimiento en un país que llegó a ser el segundo productor petrolero del mundo y donde la gasolina siempre fue mucho más barata que el agua.

Este drama sería más tolerable, por cierto, si en Venezuela funcionaran las instituciones de una república, si las libertades civiles no hubiesen sido conculcadas y no hubiera, al día de hoy, 424 presos políticos, según el conteo actualizado que lleva el Foro Penal Venezolano. Si una mayoría de los venezolanos hubiese elegido a Maduro en elecciones libres y democráticas y los partidos políticos pudieran funcionar con libertad y competir en igualdad de condiciones en los próximos comicios, habría una luz de esperanza al final del túnel. Pero nada de eso ocurre hace tiempo en la tierra de Simón Bolívar.

Para no remontarnos a la larga historia de la degradación paulatina de las libertades civiles bajo los gobiernos de Hugo Chávez y pasando por alto la oscura elección en la que su heredero menos lúcido retuvo el poder por algo más de un punto porcentual (según el escrutinio oficial) en 2013, sólo recordemos que hace dos años Maduro se hizo “reelegir” mientras los dirigentes opositores más reconocidos estaban proscriptos, presos o exiliados, los principales partidos políticos eran forzados a desertar de los comicios tras la imposición de requisitos absurdos para registrarse y con el ingreso prohibido para los veedores electorales internacionales de mayor prestigio. Aun en esas condiciones, menos del 30% de los venezolanos le habrían dado el 20 de mayo de 2018 su apoyo a Maduro de acuerdo al escrutinio oficial.

Como era lógico, aquellas elecciones no fueron reconocidas por la gran mayoría de las democracias occidentales. En enero de 2019, cuando Nicolás -como lo llaman en las calles de Caracas- quiso asumir su segundo mandato sostenido por el resultado de aquella parodia comicial, el quiebre fue inevitable. Como lo establece la Constitución Venezolana, la Asamblea Nacional erigió a su líder, Juan Guiadó, como presidente interino, a cargo de normalizar el funcionamiento institucional y convocar a nuevas elecciones democráticas. Desde entonces, Venezuela permanece en el limbo de un país partido en dos. Con un Presidente interino, reconocido por más de 60 naciones -incluidas casi todas las del continente americano, la Unión Europea y Japón- pero con ninguna capacidad real de acción. Y un gobernante de facto aferrado a su sillón en el Palacio de Miraflores con el respaldo de las Fuerzas Armadas, el apoyo ideológico en el continente de Cuba y Nicaragua y un último sostén económico de Rusia, China e Irán que esquivan como pueden las sanciones internacionales que va acumulando el régimen chavista.

Indira Alfonzo, la nueva presidenta del Consejo Nacional Electoral designada por la Corte Chavista, fue sancionada por el gobierno de Canadá por haber facilitado junto a otros funcionarios la reelección fraudulenta de Maduro en 2018. (REUTERS/Manaure Quintero)Indira Alfonzo, la nueva presidenta del Consejo Nacional Electoral designada por la Corte Chavista, fue sancionada por el gobierno de Canadá por haber facilitado junto a otros funcionarios la reelección fraudulenta de Maduro en 2018. (REUTERS/Manaure Quintero)

Maduro aprendió a sacarle jugo a la grieta geopolítica mundial. Donald Trump, Angela Merkel, Vladimir Putin y Xi Jinping pueden tirar y aflojar de esa cuerda. Nicolás, no. Necesita extremar la disputa bipolar para utilizar a las potencias enemigas como justificativo retórico de sus desgracias y seducir a las amigas como pata sudamericana de sus proyectos expansionistas.

En el medio han quedado un puñado de gobernantes y dirigentes de peso en el continente que fueron muy cercanos a Chávez, que no sienten el mismo aprecio ni respeto por Maduro, pero apenas se atreven a reconocer entre susurros algunos “desvíos” en sus acciones. El involucramiento activo del progresismo democrático para tratar de enderezar el derrotero bolivariano tendría un valor innegable. Pero una y otra vez prefieren mirar hacia otro lado y hacerse los distraídos cuando las papas queman y el régimen avanza en nuevas tropelías. Se trata del cuarteto integrado por los presidentes de Argentina y México, Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador, y los ex mandatarios de Brasil y Ecuador, Lula da Silva y Rafael Correa, que aún conservan un amplio predicamento en sus países y entre las fuerzas progresistas.

Aferrado al sillón del Ejecutivo y con los jueces en su puño hace años, el Legislativo es el único poder del Estado que le presenta resistencia a Maduro desde que la oposición obtuvo la mayoría en las elecciones de 2015, las últimas con cierto grado de fair play. Nicolás, por supuesto, no lo puede tolerar. Ha intentado todo tipo de maniobras para licuar su poder y anular su funcionamiento, pero ahí siguen los legisladores resistiendo como pueden, obligados muchas veces a sesionar en otros edificios cuando las fuerzas de seguridad del régimen les impiden el acceso al Palacio Legislativo.

Pese a que el reclamo de la oposición y de la comunidad internacional es que en Venezuela se realicen de una vez elecciones presidenciales democráticas, Maduro sólo ha aceptado que se hagan este año comicios parlamentarios. Anunció que serán en diciembre -todavía sin fecha precisa- y empezó a montar su ingeniería para de una vez por todas acabar con esa piedra en el zapato y que el Parlmento quede en sus manos, aun cuando en ninguna encuesta el apoyo a su gobierno supera el 20% entre los venezolanos que aún viven en su país, ni hablar si se permitiera el voto de los que están en el exilio.

El plan ya quedó al descubierto. Hace dos semanas, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) chavista tomó para sí la atribución de designar a los integrantes del Consejo Nacional Electoral (la autoridad comicial) que por ley le corresponden al Congreso. ¿La justificación? Que los diputados todavía no habían llegado a un acuerdo para los nombramientos. Por supuesto, las cinco autoridades electorales designadas por el TSJ son fervientes chavistas o aliados confiables.

Como si fuera poco, a la semana siguiente el TSJ tomó otras dos resoluciones brutales: la intervención de los dos principales partidos opositores, Acción Democrática y Voluntad Popular, designando en ambos una nueva cúpula cercana al chavismo.

Nicolás Maduro asistió como invitado a la ceremonia en la que López Obrador asumió como presidente de México en diciembre de 2018 (Foto: Presidencia de México)Nicolás Maduro asistió como invitado a la ceremonia en la que López Obrador asumió como presidente de México en diciembre de 2018 (Foto: Presidencia de México)

En este punto, es inevitable recordar el caso boliviano. Aclaremos: Evo no es Nicolás. El gobierno de Morales logró un éxito económico, político y de integración social sin precedentes en Bolivia que le permitió gozar durante un largo período de un apoyo creciente entre los bolivianos. Pero en simultáneo, floreció durante su gestión un rasgo personalista y autocrático compartido con el chavismo y otros gobiernos de la llamada “marea rosa” latinoamericana. En plena efervescencia, Morales reformó la Constitución, logró su reelección, consiguió un aval judicial para convertir su segundo período en el primero con la nueva Carta Magna y así volver a presentarse para un tercer mandato. Y cuando llegaba finalmente el tiempo del relevo, organizó un referendo para modificar nuevamente la Constitución y volver a postularse a un cuarto período. Perdió. Pero decidió ignorarlo. Con el resultado electoral en contra, el desgaste de más de una década en el poder y su popularidad en baja consiguió igualmente que los jueces amigos lo habilitaran a presentarse. Así marchó, contra y viento marea, ante el descontento de una porción mayoritaria de los bolivianos que se sentía estafada y el silencio complaciente de sus aliados regionales, a buscar su re-re-reelecciónLa catástrofe estaba en marcha.

Que quede claro: el actual drama boliviano no comenzó ni en las elecciones del 20 de octubre pasado (que muchos veedores internacionales consideraron fraudulenta) ni el 10 de noviembre, cuando Evo Morales presentó su renuncia después de 20 días de protestas y enfrentamientos violentos en las calles y los pedidos de dimisión de sus históricos aliados de la Central Obrera Boliviana y el jefe de las Fuerzas Armadas (que muchos consideraron un golpe de Estado). Aquel fue el desenlace de un largo proceso en el que el ex presidente torció la ley y violó la voluntad popular sin que ninguno de los gobiernos cercanos le advirtiera que caminaba hacia un precipicio. ¿No es acaso ése el rol de los amigos? Aquí es donde la parábola venezolana parece hermanarse con la boliviana.

Tras las últimas maniobras del TSJ chavista, alzaron su voz con diferentes matices Estados Unidos, la OEA, la Unión Europea, el Grupo de Lima y el de Contacto. Todos advirtieron lo que es evidente: que este nuevo atropello apaga cualquier expectativa de una elección legislativa justa y transparente. Maduro ya parece cómodo con el desafío de esos contrincantes, a los que respondió con sus habituales sarcasmos.

Más angustiante es que, otra vez, no haya habido ninguna reacción de parte de los gobiernos de Argentina y México, los de mayor peso regional entre quienes conservan alguna confianza en que Maduro pueda conducir la crisis venezolana hacia una salida democrática. Nada se escuchó tampoco de parte de Lula da Silva y Correa, que se mantienen como voceros muy activos de la izquierda latinoamericana. Tampoco del Grupo de Puebla, que integran todo ellos junto a otros políticos e intelectuales progresistas del continente.

Hay un excusa que se repite por lo bajo en sus entornos: cualquier gesto público de condena a Maduro significa “hacerle el juego a la derecha”. Persiste también en sus frentes políticos, aunque se diga menos, un vínculo emocional y simbólico con lo que fue en sus inicios el sueño bolivariano. Todo aquello parece menor, de cualquier manera, ante la desgracia y la miseria a la que fueron arrojados millones de venezolanos por un clan gobernante que hace mucho abandonó cualquier proyecto progresista en pos de su propia supervivencia.

Alberto Fernández, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, en noviembre de 2005.Alberto Fernández, Néstor Kirchner y Hugo Chávez, en noviembre de 2005.

Si nada hace modificar la hoja de ruta trazada por el régimen, el destino ya está escrito: en diciembre tendrá lugar una nueva parodia electoral que le permitirá a Nicolás quedarse con el único poder del Estado que aún no controla. Los venezolanos verán cerrarse así el último resquicio de la democracia representativa en su país.

¿Se espera que lo toleren mansamente? ¿Hasta cuando podrán aguantar esa burla permanente? ¿No aprendimos nada del caso boliviano? ¿Otra vez jugamos con fuego en Sudamérica pensando que no nos vamos a quemar?

Hay silencios que se oyen. Algunos aturden. Alzar la voz tarde, cuando la situación se desmadre, será hipócrita. Apenas volver a llorar sobre la leche derramada.

lmindez@infobae.com
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FUENTE : INFOBAE

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Opinión

UNA ERA DE LOCURA TOTAL: LAS REPERCUSIONES DE LAS PASO

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A la derrota brutal sufrida en las PASO por el Frente de Todos en todo el país, se le sumó la blitz de la vice presidenta Cristina Fernández viuda de Kirchner con una carta incendiaria que volteó a medio gobierno.

Esta semana se expuso como nunca la brutalidad de los actores de las tribus justicialistas, un remedo de ideologías en contraste que unen en un mismo cartabón a los conservadores populistas de las provincias, que son en la práctica los herederos del conservadurismo responsable del “fraude patriótico” de la “década infame” del ’30, con izquierdistas urbanos preocupados por el patriarcado, la libertad de consumo de drogas, o la legalización del aborto.

Quien condensa estas carnestolendas es Cristina Fernández. Tan enojada está la vice presidenta, que eliminó de su cuenta de Twitter su apellido paterno, y dejó sólo el «Kirchner». La carta de quien se siente la dueña del poder a su «presidente designado», es tremenda. Le exige que respete su determinación de ungirlo al cargo de presidente de la nación argentina y que actúe según sus deseos. Luego de amagar con ser él mismo y darle carnadura a la investidura presidencial, Alberto Fernández se allano por completo a sus demandas.

Las exigencias de Cristina son la consecuencia de lo inexorable de los hechos: Alberto Fernández no es un líder. Es un peón en un juego, y en ese juego, él, está en default. No pudo articular la caída de los juicios que pesan sobre Cristina y la conectan al latrocinio perpetrado entre 2002 y 2015 en el que millones fueron robados del erario público. La ciada electoral asumida por el resultado de las PASO es tan grande, que el animal político de olfato más sensible, “la justicia”, ya inició la movida para proceder en causas que están inmovilizadas desde 2019.

En un fallo del viernes 17 de Septiembre, los jueces Farah y Llorens le ordenaron al juez de primera instancia Sebastián Casanello que reviera la situación procesal de Cristina Fernández en la causa conocida como «La ruta del dinero K». Es la primera definición y, de cara a noviembre, ese avispero judicial se va a tornar cada vez más intenso.

En tanto, las definiciones del presidente en el armado del nuevo gabinete con Juan Manzur y Aníbal Fernández sólo aportan mayor negatividad a un gobierno que, con dos años aún por delante, está liquidado políticamente.

A como dé lugar, el fin de esta etapa marca, claramente, el fin de una era. Se terminó el mito de la invencibilidad del PJ unido y la idea peregrina contra todo dato cierto de que, sin el peronismo, no se puede gobernar. Un párrafo para la enorme derrota del gobernador Axel Kicillof: liquidó todo su capital político en sus discursos diletantes y sus torpezas ideológicas.

Sin embargo, la madre de todas las batallas no es en Buenos Aires. Es en las seis provincias que renuevan sus bancas al Senado. Por primera vez desde 1983, el PJ perdería el control de la cámara alta. Esa es la madre de todas las batallas. Fuente: Noticias y Protagonistas

 

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Politica

UN GABINETE QUE EVIDENCIA LA FALTA DE IDEAS Y PERSONAS

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Un gabinete que parece salido del arcón de los (peores) recuerdos terminó por ser la salida a una crisis que puso sobre la mesa la falta de ideas y nombres en la política argentina.

Vamos a tener que armarnos de calma los argentinos. De otra forma podríamos sumergirnos en ese espiral de histeria que arrastró la vida institucional del país en los últimos tres días.

Si algo dejó en claro la crisis es que la política argentina carece de dos protagonistas fundamentales para poder desarrollarse: ideas y personas.

Una Cristina desequilibrada emocional y racionalmente, histérica frente a un resultado electoral que no define otra cosa que no sean humores y candidatos, patea el tablero institucional y deja en evidencia la fragilidad de un gobierno que ella misma armó. ¿No comprendió la presidente que la bala que atravesaba el corazón de Alberto Fernández terminaba incrustada en su propio pie?. Tal vez para hacerlo debió estar dotada de una serenidad que desconoce y una vocación democrática de la que carece, por lo que le resulta imposible entender que la sociedad envió un mensaje que no es destituyente sino de alerta.

Y en este no saber que hacer, en la convulsión que siempre da el miedo -más si viene como aliado de la soberbia- y en la necesidad de borrar las huellas del propio estropicio, la vicepresidente resolvió una vuelta a las fuentes que, con pomposo vocabulario, prefiere definir como una peronización del gobierno. Claro que con peronistas que sean, ante todo, fieles a su persona…

Figuras que no despiertan por cierto la confianza del espectro independiente de la sociedad argentina -algunos de ellos más bien espantan a aquellos a los que la lógica política indica que el Frente de Todos debe ir a buscar si no quiere repetir y aún profundizar la derrota de las PASO- se amontonan ahora en esa zona gris en que se ha convertido el gabinete nacional: ¿responden al presidente o a Cristina?, ¿quién es el jefe a reportar?, ¿dónde pararse ante una nueva crisis?.

Juan Manzur cuestionado por sus relaciones con laboratorios siempre beneficiados en las licitaciones oficiales es elegido como jefe de gabinete, Julián Dominguez se sentará en la misma mesa con Aníbal Fernández con quien intercambiaron munición gruesa cuando Cristina resolvió que el conocido como «La Morsa» fuese el candidato a gobernador en la provincia de Buenos Aires para terminar perdiendo frente a María Eugenia Vidal, el todoterreno Daniel Filmus, encabezará Ciencia y Tecnología tras la salida de Roberto Salvarezza. Sus nombres serían suficiente muestra de la carencia de nuevas figuras y cuadros preparados para sostener una acción de gobierno.

Pero los récords los bate el anterior «premier» Santiago Cafiero, desplazado al Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, en una de las jugadas más absurdas del sainete oficialista. Más allá de una degradación que no se entiende -si no servís para coordinar las relaciones entre una docena de personas menos podrás hacerlo con las relaciones de Argentina con más de un centenar de naciones- no puede pasarse por alto un nuevo papelón de la estudiantina presidencial que deja a la Argentina muy mal parada: a la reunión de la CELAC en México, en la que Argentina debería asumir la presidencia Pro Tempore, fue enviado el canciller Felipe Solá pese a que ya se sabía que sería desplazado del gabinete en las próximas horas. El invitado principal, Alberto, falta a la cita y en su lugar envía a alguien que acaba de ser eyectado de su casa; difícil de comprender…

Todo muy desprolijo, todo muy mordido, pero suficientemente explícito para comprender la hondura de la crisis por la que atraviesa el peronismo y por lo tanto el país. La continuidad en el gabinete de figuras que encabezaron el levantamiento contra el presidente da cuenta del punto de debilidad al que ha llegado el hombre que representa el vértice de la institucionalidad argentina.

En la búsqueda de apoyos que lo sostengan Alberto Fernández viaja a La Rioja a reunirse con gobernadores. Y Cristina dispone que Wado de Pedro integre la comitiva y viaje junto al mandatario.

¿Cómo hace Alberto para hablar con tranquilidad con los convidados si tiene sentado a su lado a quien clavó el primer cuchillo en su espalda?.

Y así será todo de aquí en adelante. Sospechas, traiciones, trascendidos mal intencionados y un doble comando que amenaza con chocar la república. 

Los nombres viejos, gastados y desprestigiados que se asoman al nuevo esquema de poder pueden representar algo así adentro del peronismo y dar la imagen de una vuelta a las fuentes. Pero son solo nostalgia del fracaso al que durante una década pretendió convertirse en fiesta…

Por eso, repetimos, la sociedad tiene que estar tranquila y utilizar los medios que la democracia pone a su disposición para poner límites al delirio. Aunque a veces parezca que ya es tarde…

Por Adrián Freijo –

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Politica

CON UNA CARTA PÚBLICA, CRISTINA KIRCHNER INCREMENTÓ LA PRESIÓN CONTRA EL PRESIDENTE ALBERTO FERNÁNDEZ Y SE AGRAVA LA CRISIS POLÍTICA

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El fuerte cuestionamiento al rumbo económico y a algunas de las principales figuras que responden al Presidente dejaron todos los escenarios abiertos. En Olivos reinaba la reserva

En una jornada que empezó con la carga de tensión política que se arrastraba desde las 24 horas previas, Alberto Fernández fue emplazado anoche por Cristina Kirchner para que cambie el Gabinete y reforme el programa económico después de la derrota en las PASO, que desembocó en una ola de renuncias en el Gobierno incentivadas por la propia vicepresidenta. A pesar de los intentos del Presidente de imprimir cierta normalidad a la gestión, y de sus llamados a conciliar para mantener la unidad, anoche la exmandataria irrumpió en escena con una carta que sacudió al oficialismo y que podría derivar en la ruptura definitiva de la coalición del Frente de Todos. De todas formas, todos los escenarios eran posibles anoche, cuando Olivos y la Casa Rosada quedaron sumidos en un estado de hermetismo total.

El devenir político de ayer se inició con una tónica de forzada normalidad en el Gabinete por orden del presidente Alberto Fernández, que intentó sostener en pie cierto ritmo en la gestión de sus ministros y pidió la suspensión de la marcha que habían convocado las organizaciones sociales a su favor. Sin embargo, en paralelo mantenía una serie de reuniones frenéticas con gobernadores y funcionarios de su entorno, derivadas de la crisis por la embestida que emprendió el kirchnerismo, el miércoles, a través de la salida del Gobierno del ministro del Interior, el referente camporista Eduardo “Wado” de Pedro. Hacia el final de la tarde, la dinámica se enconó con la irrupción de Cristina Kirchner en la escena pública a través de una misiva repleta de cuestionamientos, que funcionó como un parteaguas en el conflicto político desatado por el revés del Frente de Todos en las PASO.

Antes de conocer el mensaje final de Cristina Kirchner, Alberto Fernández había permanecido durante el día entero en la quinta de Olivos. Por la mañana había evaluado su posición política y el estado de la economía en el contexto del cimbronazo político junto a su círculo más cercano, integrado por el vocero Juan Pablo Biondi y el secretario general de la Presidencia, Julio Vitobello. También se mantuvo en diálogo permanente con el ministro de Hacienda, Martín Guzmán, y su jefe de Gabinete, Santiago Cafiero.

Ceremonia de asunción y traspaso de mando presidencial, en el Congreso de la Nación, el 10 de Diciembre de 2019 en Buenos Aires, Argentina. Fotos: GABRIEL CANO/ Comunicación Senado.Ceremonia de asunción y traspaso de mando presidencial, en el Congreso de la Nación, el 10 de Diciembre de 2019 en Buenos Aires, Argentina. Fotos: GABRIEL CANO/ Comunicación Senado.

Se trata de los cuatro funcionarios que se encuentran en la cuerda floja desde el año pasado por los cuestionamientos del kirchnerismo, que recrudeció sus críticas en los últimos días debido al fracaso de la coalición que comandan Alberto Fernández y Cristina Kirchner en las urnas.

Mientras evaluaba el delicado contexto político y económico, el Presidente se preparó desde temprano para las dos reuniones más importantes de la jornada. Tenía previsto recibir a los gobernadores de San Juan, Sergio Uñac, y de Tucumán, Juan Manzur, dos de los jefes provinciales del PJ más cercanos, que el miércoles le habían manifestado su apoyo por vía telefónica.

No fueron los únicos. El miércoles, varios gobernadores que se encontraban en sus provincias analizando los resultados de las primarias del domingo se habían sumaron a la disputa política entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández para tomar partido por la postura de la Casa Rosada, con mensajes de apoyo al Presidente, tanto por vía pública como privada. Ese día, los voceros presidenciales dejaron conocer la lista de jefes locales que se habían comunicado con el primer mandatario, para fortalecer su figura ante la embestida del ala dura del Gobierno que está disconforme con la gestión nacional.

La centralidad y expectativa sobre los encuentros con Uñac y Manzur se debía a la posibilidad de que alguno de los dos, o ambos -dependía de la decisión final- pudieran reemplazar a Santiago Cafiero en la Jefatura de Gabinete y/o a De Pedro en el Ministerio del Interior, en pos de alcanzar un acuerdo interno en el Frente de Todos.

La duda, en tanto, giraba en torno a la aceptación de las salidas de los funcionarios kirchneristas del Gobierno. Presentadas hace dos días como una señal clara de desaprobación de la gestión nacional de parte del Instituto Patria y La Cámpora, las renuncias masivas dejaron al Presidente en una situación de debilidad. Frente a la embestida que se ejecutó a través del abandono de los ministros y secretarios cercanos a Cristina Kirchner, el primer mandatario se vio obligado a pensar en la remoción de su propia tropa: además de Guzmán y Cafiero, el titular de Desarrollo Productivo, Matías Kulfas, y de Seguridad, Sabina Frederic.

Gustavo GavottiGustavo Gavotti

El primer turno de los encuentros presenciales de ayer en Olivos le tocó al jefe provincial sanjuanino, Sergio Uñac, quien se trasladó a Buenos Aires específicamente para encontrarse con Alberto Fernández. Juntos analizaron los pasos a seguir, en conversación remota con Cafiero. Según describieron fuentes oficiales, el Presidente le pidió al gobernador una opinión sobre la crisis y le consultó si estaría dispuesto a dejar el Ejecutivo local para ocupar un puesto relevante en el Gobierno. Su interlocutor le contestó que estaba a disposición, pero puso reparos vinculados a su propia gestión, y quedaron en seguir conversando. Del desayuno no salió ninguna conclusión certera.

Antes de recibir al gobernador tucumano, Alberto Fernández emitió una serie de mensajes para plantear su postura por primera vez desde el desencadenamiento de la crisis, más allá de los trascendidos que filtró su entorno a la prensa. Al mediodía, a través de Twitter, el primer mandatario ratificó el plan post-derrota que había diseñado el domingo la noche de las PASE, pero envió, al mismo tiempo, una señal de recomposición de la unidad con el ala kirchnerista del Frente de Todos para evitar una ruptura de la coalición. En la Casa Rosada tradujeron sus mensajes: “Fue una demostración de autoridad pero sin quiebre”, dijo un funcionario a Infobae.

Mientras tanto, Cristina Kirchner se mantenía en silencio. La última vez que se había conocido su mirada de manera directa había sido una semana atrás, el jueves previo a las elecciones, con su discurso de cierre de campaña en Tecnópolis.

En sus tuits, el primer mandatario retomó, no casualmente, uno de los conceptos que la vicepresidenta le había elogiado en ese acto: aquel donde él mismo había planteado una diferencia entre “dos modelos de país” en contraposición a la gestión de Cambiemos, con Mauricio Macri a la cabeza, entre 2015 y 2019. La alusión fue un guiño a la presidenta del Senado: las referencias negativas a la oposición siempre sirven para aglutinar a los propios. Pero los tuits de Alberto Fernández, como se conocería más tarde en la carta de la vicepresidenta, no sirvieron para llegar a un consenso.

(Franco Fafasuli)(Franco Fafasuli)

Sin saber qué diría, ni cuándo, ni cómo se expresaría Cristina Kirchner, después de plantear su mirada el Presidente continuó con su agenda prevista para el resto del incierto jueves, que estuvo marcado por agitados encuentros y conversaciones políticas, al igual que el día previo.

Sin embargo, en el albor de la tarde, un cortocircuito puso en evidencia, una vez más, la permanencia y la gravedad de la crisis. Desde Presidencia dejaron trascender que Alberto Fernández había aceptado la renuncia de Wado de Pedro, pero de inmediato, en la cartera del Interior evitaron confirmar la información y pidieron “paciencia”. Minutos después, la secretaria de Legal y Técnica, Vilma Ibarra, una de las funcionarias de mayor confianza de Alberto Fernández, convocó a periodistas acreditados en la Casa Rosada para negar el dato de manera oficial. Fue un momento tenso, que duró alrededor de una hora. En el kirchnerismo leyeron la filtración como una operación de prensa para forzar a su espacio a ceder territorio en la disputa.

Después de ese cruce, pasadas las 15 se conoció que Alberto Fernández acababa de recibir a Manzur en la quinta presidencial. Allí, pudo reconstruir este medio, se repitió el cuadro de la reunión con Uñac: el Presidente le pidió al gobernador una perspectiva sobre la crisis, escuchó algún consejo, y lo tanteó para la Casa Rosada. Tampoco hubo definiciones y se despidieron con vistas a volver a conversar.

Una vez conocida la mirada de los jefes provinciales que Alberto Fernández evaluaba como figuras clave para el salvataje de la coalición en el complicado contexto político, el Presidente recibió a Cafiero y a Ibarra, que se trasladaron desde la Casa Rosada, donde se encontraban desde la mañana, a Olivos.

Hacia la misma hora, el jefe del Estado dejó conocer su preocupación al cancelar la visita que tenía programada con antelación a México para asumir la ansiada presidencia pro tempore de la CELAC. Había mantenido en pie hasta último momento su participación en la ceremonia que lo tendría como protagonista en tierras de su aliado Andrés Manuel López Obrador, para tomar posesión de un cargo que lo posiciona en la región por el cual su administración había negociado durante meses.

En contraste, los ministros de Obras Públicas, Gabriel Katopodis; de Turismo, Matías Lammens; y de Seguridad, Sabina Frederic, que responden a Alberto Fernández, retomaban las actividades oficiales programadas que el miércoles se habían visto obligados a suspender. Según pudo confirmar Infobae, desde la cúpula de la administración nacional les habían pedido a todos los ministros que siguieran con la gestión “con normalidad”.

(@JuanPabloBiondi)(@JuanPabloBiondi)

La advertencia de Cristina Kirchner, que se publicó pasadas las 19, sacudió la arena política y dio por tierra cualquier intento de mantener una continuidad en la administración. A través de una carta titulada “Como siempre… sinceramente”, la vicepresidenta cuestionó como nunca al presidente Alberto Fernández y a su gobierno, al disparar contra el manejo de la economía, contra el vocero presidencial -a quien acusó de realizar “operaciones de prensa”- y contra el propio primer mandatario por muchas de sus sus decisiones. Al final, le recordó que ella misma lo eligió como cabeza del Frente de Todos en 2019, en una especie de ultimátum para que se plegara a sus planteos de recalibración total del Gobierno y remoción de las figuras más leales al Presidente después de la derrota electoral.

Tras conocer la carta, Olivos se transformó en un lugar inescrutable y hermético. El Presidente, sus voceros y sus hombres y mujeres más cercanos evitaron realizar cualquier declaración sobre la postura de Cristina Kirchner. En la Casa Rosada, los pocos funcionarios que habían quedado también se abstuvieron de realizar comentarios.

Sin embargo, hubo una señal. Anoche, después de la disruptiva carta de Cristina Kirchner, uno de los voceros presidenciales envió la “Agenda de Presidencia y Ministerios del viernes 17 de septiembre”, a pesar de que el día previo había informado que la totalidad de las actividades oficiales del jefe del Estado y de sus ministros para el jueves se había suspendido, por motivos obvios.

En la lista de hoy, la primera actividad, prevista a las 9.30, tiene al primer mandatario como protagonista. “El Presidente Alberto Fernández participa de manera virtual del Foro de las Principales Economías sobre Energía y Clima (MEF, por sus siglas en inglés), una reunión convocada por el mandatario de los Estados Unidos, Joe Biden”, dice el único mensaje oficial que se conoció hasta la medianoche de parte de la Casa Rosada, después de la cargada misiva pública de Cristina Kirchner. Y nada más.

 

 

Brenda Struminger
FUENTE INFOBAE

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